En el XII aniversario de Octubre. El año transcurrido ha sido el año del gran viraje en todos los frentes de la edificación socialista. Este viraje se ha producido y transcurre bajo el signo de la ofensiva resuelta del socialismo contra los elementos capitalistas de la ciudad y del campo. El rasgo característico de esta ofensiva consiste en que nos ha reportado ya éxitos decisivos en los aspectos fundamentales de la reestructuración socialista de nuestra economía nacional. De ahí se desprende que el Partido supo aprovechar convenientemente nuestro repliegue, operado en las primeras fases de la nueva política económica, para luego, en las fases subsiguientes, organizar el viraje y mantener una ofensiva victoriosa contra los elementos capitalistas. Lenin dijo al implantarse la Nep: “Ahora nos replegamos, parece que retrocedemos; pero lo hacemos para, después del repliegue inicial, tomar impulso y saltar adelante con mayor fuerza. Sólo bajo esta condición nos hemos replegado en la aplicación de nuestra nueva política económica..., para luego, después del repliegue, empezar con el mayor tesón la ofensiva” (t. XXVII, págs. 361-362). El balance del año transcurrido indica, sin dejar lugar a dudas, que el Partido está cumpliendo con éxito en su labor esta indicación decisiva de Lenin. * * * Si nos fijamos en el balance del año transcurrido en lo que se refiere a la edificación económica, de importancia decisiva para nosotros, vemos que los éxitos de nuestra ofensiva en este frente, que nuestras realizaciones durante el año se podrían resumir en tres aspectos fundamentales.

I. En la productividad del trabajo. No creo que pueda dudarse de que uno de los hechos más importantes de nuestra edificación en el año último es que hemos conseguido un viraje decisivo en la productividad del trabajo. Este viraje lo vemos en el desarrollo de la iniciativa creadora y en el potente entusiasmo en el trabajo de las masas de millones de obreros en el frente de la edificación socialista. Tal es nuestra primera y fundamental realización en el año que acaba de transcurrir. El desarrollo de la iniciativa creadora y del entusiasmo en el trabajo de las masas ha sido estimulado en tres direcciones fundamentales: a) la lucha contra el burocratismo, que entorpece la iniciativa y la actividad de trabajo de las masas, por medio de la autocrítica; b) la lucha contra las faltas o tardanzas injustificadas al trabajo y contra los que relajan la disciplina proletaria en el trabajo, por medio de la emulación socialista; c) la lucha contra la rutina y el estancamiento en la producción, por medio de la organización de la semana de trabajo ininterrumpida. Como resultado de todo esto, tenemos realizaciones formidables en el frente del trabajo, como son el entusiasmo y la emulación de las grandes masas de la clase obrera en todos los confines de nuestro inmenso país.

La importancia de esta conquista es verdaderamente incalculable, pues sólo el fervor en el trabajo y el entusiasmo que por él sienten las masas de millones de seres pueden asegurar ese avance progresivo de la productividad del trabajo sin lo cual es inconcebible el triunfo definitivo del socialismo sobre el capitalismo en nuestro país. “La productividad del trabajo -dice Lenin- es, en última instancia, lo más importante, lo principal para el triunfo del nuevo régimen social. El capitalismo consiguió una productividad del trabajo sin precedentes bajo el feudalismo. El capitalismo podrá ser y será definitivamente derrotado porque el socialismo logra una productividad del trabajo nueva, muchísimo más alta” (t. XXIV, pág. 342). Partiendo de esto, Lenin afirma que: “Debemos penetrarnos de ese entusiasmo por el trabajo, de esa voluntad y de ese tesón en el trabajo de que ahora depende la más rápida salvación de los obreros y campesinos, la salvación de la economía nacional” (t. XXV, pág. 477). Tal es la tarea que Lenin planteó al Partido. El año que acaba de transcurrir revela que el Partido cumple con éxito esta tarea, venciendo resueltamente las dificultades que se alzan en este camino. Así están las cosas con relación a la primera conquista importante del Partido en el año que acaba

de transcurrir.

II. En la edificación industrial. Inseparablemente unida a esta primera conquista del Partido, se halla la segunda. Consiste esta segunda conquista en que, durante el año transcurrido, hemos logrado resolver favorablemente, en lo fundamental, el problema de la acumulación para las obras básicas de la industria pesada, consiguiendo un ritmo acelerado de desarrollo de la producción de medios de producción y creando las premisas necesarias para convertir nuestro país en un país metalúrgico. Tal es nuestra segunda y más importante realización en el año transcurrido. El problema de la industria ligera no ofrece grandes dificultades. Lo resolvimos hace ya unos años. Más difícil y más importante es el problema de la industria pesada. Más difícil, porque requiere inversiones gigantescas, para las cuales, como nos enseña la historia de los países industrialmente atrasados, la industria pesada tiene que recurrir a formidables empréstitos a largo plazo. Más importante, porque sin impulsar la industria pesada no podemos construir industria alguna ni llevar adelante ninguna industrialización. Y como nosotros no hemos contado ni contamos con empréstitos a largo plazo ni con créditos a plazo más o menos largo, el problema se nos plantea con caracteres agudos más que evidentes. Esta es, precisamente, la razón de que los capitalistas de todos los países nos nieguen empréstitos y créditos, suponiéndonos incapaces de resolver con nuestras propias fuerzas el problema de la acumulación, esperando que fracasaremos en el problema de la reestructuración de la industria pesada y que nos veremos obligados a doblar la cerviz y someternos a su vasallaje. ¿Y qué indica, a este respecto, el balance del año que acaba de transcurrir? La importancia de ese balance es que ha echado por tierra los cálculos de los señores capitalistas. El año último revela que, a pesar del bloqueo financiero franco y encubierto contra la U.R.S.S., no nos hemos sometido al vasallaje de los capitalistas y hemos resuelto con éxito, movilizando nuestras propias fuerzas, el problema de la acumulación y sentado las bases de la industria pesada. Eso no pueden negarlo ya ni los enemigos más rabiosos de la clase obrera.

En efecto, si, en primer término, el año último las inversiones para las obras básicas en la gran industria pasaron de 1.600 millones de rublos, de los cuales se emplearon en la industria pesada unos 1.300 millones, y las inversiones de la misma clase en la gran industria exceden este año de 3.400 millones de rublos, de los cuales más de 2.500 millones se destinan a la industria pesada; si, en segundo término, el año último la producción global de la gran industria arrojó un aumento del 23%, siendo el aumento de la industria pesada del 30%, y si la producción global de la gran industria de este año debe registrar un aumento del 32%, con un alza del 46% en la industria pesada, ¿no es evidente que el problema de la acumulación para la construcción de la industria pesada no nos ofrece ya dificultades invencibles? ¿Cómo es posible dudar de que avanzamos a paso rápido por la senda del desarrollo de nuestra industria pesada, sobrepasando el viejo ritmo y dejando atrás nuestro “secular” atraso? ¿Tiene algo de extraño, después de todo lo dicho, que los cálculos del plan quinquenal hayan sido rebasados en el año que acaba de transcurrir, y que la variante óptima del plan, que los plumíferos burgueses calificaban de “fantasía irrealizable” y producía espanto en nuestros oportunistas de derecha (grupo de Bujarin), se haya convertido de hecho en la variante mínima? “Para Rusia -dice Lenin-, la salvación no está sólo en una buena cosecha en la economía campesina -esto es insuficiente-, ni, tampoco, sólo en el buen estado de la industria ligera, que proporciona al campesinado artículos de consumo -esto también es insuficiente-; necesitamos, además, industria pesada...

Sin salvar la industria pesada, sin restaurarla, no podremos construir ninguna industria, y sin industria pereceremos como país independiente... La industria pesada necesita subsidios del Estado. Si no los encontramos, sucumbiremos, no ya como Estado socialista, sino como Estado civilizado” (t. XXVII, pág. 349). Véase en qué términos tan categóricos plantea Lenin el problema de la acumulación y la tarea del Partido en la creación de una industria pesada. El año que acaba de transcurrir revela que el Partido ha afrontado con éxito esa tarea, venciendo resueltamente todas y cada una de las dificultades que se alzaban en este camino. Esto no quiere decir, naturalmente, que la industria no vaya a tropezar ya con dificultades serias. La tarea de crear una industria pesada no tiene que solucionar únicamente el problema de la acumulación. Tiene que solucionar también el de los cuadros, el problema: a) de incorporar a la edificación del socialismo a decenas de miles de técnicos y de especialistas de ideología soviética y b) de formar nuevos técnicos rojos y especialistas rojos salidos de la clase obrera. Si el problema de la acumulación se puede considerar, en lo fundamental, resuelto, el problema de los cuadros está pendiente aún de solución. Y éste es hoy, en la fase de la reestructuración técnica de la

industria, el problema decisivo de la edificación socialista. “Nada necesitamos tanto como cultura -dice Lenin-, saber gobernar... Económica y políticamente, la NEP nos asegura por completo la posibilidad de sentar los fundamentos de la economía socialista. Lo “único” que hace falta es que el proletariado y su vanguardia cuenten con hombres cultos” (t. XXVII, pág. 207). Es evidente que se trata, ante todo, del problema de los “hombres cultos”, del problema de los cuadros para la edificación económica en general, y para la construcción y la administración de la industria en particular. Pero de ahí se desprende que, a pesar de los importantísimos éxitos logrados en la acumulación, cosa de importancia esencial para la industria pesada, el problema de la construcción de la industria pesada no puede considerarse resuelto por completo mientras no se resuelva el problema de los cuadros. De ahí la tarea del Partido: acometer de lleno el problema de los cuadros y tomar esta fortaleza, cueste lo que cueste. Así están las cosas con relación a la segunda realización del Partido en el año que acaba de transcurrir.

III. En la edificación de la agricultura. Pasemos, finalmente, a la tercera realización del Partido en el año transcurrido, realización que se halla orgánicamente vinculada a las dos anteriores. Me refiero al viraje radical producido en el desarrollo de nuestra agricultura, al paso de la pequeña y atrasada hacienda individual a la grande y adelantada agricultura colectiva, al laboreo en común de la tierra, a las estaciones de máquinas y tractores, a los arteles, a los koljóses, basados en la nueva técnica, y, finalmente, a los gigantescos sovjoses, dotados de cientos de tractores y segadoras- trilladoras. La conquista del Partido, en este aspecto, consiste en que hemos logrado hacer virar a las masas fundamentales campesinas de numerosas zonas, de la vieja trayectoria capitalista de desarrollo -que sólo favorece a un puñado de ricachos capitalistas y hunde en la miseria y arruina a la gran mayoría de los campesinos- a la nueva trayectoria de desarrollo, a la trayectoria socialista, que elimina a los ricachos capitalistas y equipa de una manera nueva a los campesinos medios y pobres, dotándolos de nuevos instrumentos de trabajo, dotándolos de tractores y de maquinaria agrícola para arrancarles de la miseria y de la servidumbre del kulak y encauzarles por el ancho camino del cultivo cooperativo, del cultivo colectivo de la tierra.

La conquista del Partido consiste en que hemos logrado organizar este viraje radical en el seno del propio campesinado y llevar tras de sí a las grandes masas de campesinos pobres y medios a pesar de las tremendas dificultades, a pesar de la oposición desesperada de toda clase de fuerzas tenebrosas, desde los kulaks y los popes hasta los filisteos y los oportunistas de derecha. He aquí algunas cifras. En 1928, la superficie de siembra de los sovjoses era de 1.425.000 hectáreas, con una producción para el mercado de más de seis millones de quintales de cereales (más de 36 millones de puds); la superficie de siembra de los koljóses era de 1.390.000 hectáreas, con una producción para el mercado de cerca de tres millones y medio de quintales de cereales (más de 20 millones de puds).

En 1929, la superficie de siembra de los sovjoses es de 1.816.000 hectáreas, con una producción mercantil de cerca de ocho millones de quintales de cereales (unos 47 millones de puds), y la superficie de siembra de los koljóses, de 4.262.000 hectáreas, con una producción para el mercado de unos trece millones de quintales de cereales (78 millones de puds, aproximadamente). En el próximo año de 1930, la superficie de siembra de los sovjoses ascenderá, probablemente, según las cifras control, a 3.280.000 hectáreas, con una producción para el mercado de dieciocho millones de quintales de cereales (unos 110 millones de puds), y la superficie de siembra de los koljóses será, sin duda, de 15.000.000 de hectáreas, con una producción de cereales para el mercado de unos cuarenta y nueve millones de quintales (unos 300 millones de puds). Con otras palabras: el próximo año de 1930, la producción de cereales para el mercado pasará, en los sovjoses y koljóses, de 400 millones de puds, o sea, más del 50% de la producción de cereales para el mercado de toda la agricultura (para el comercio fuera del campo). Hay que reconocer que este impetuoso ritmo de desarrollo no tiene precedente ni aun en nuestra gran industria socializada, cuyo ritmo de desarrollo se caracteriza, en general, por sus grandes proporciones. Es evidente que ante nuestra joven gran agricultura socialista (koljósiana y sovjosiana) se abre un ancho horizonte, que en su crecimiento hará milagros. Este éxito sin precedentes en la organización de koljóses lo explican numerosas causas, entre las que se debería señalar, por lo menos, las siguientes: Lo explica, ante todo, que el Partido ha aplicado la política leninista de educar a las masas, atrayendo consecuentemente a las masas campesinas a los koljóses, gracias a la difusión de las organizaciones cooperativas. Lo explica que el Partido ha luchado con éxito tanto contra quienes intentaban rebasar el movimiento e imponer por decreto el desarrollo de los koljóses (contra los charlatanes de “izquierda”) como contra quienes intentaban retrotraer al Partido

y quedarse a la cola del movimiento (contra los atolondrados de derecha). Sin esta política, el Partido no habría podido convertir el movimiento koljósiano en un verdadero movimiento de masas de los propios campesinos. “Cuando el proletariado de Petrogrado y los soldados de la guarnición de Petrogrado tomaron el Poder -dice Lenin-, sabían perfectamente que, para construir en el campo, tropezarían con grandes dificultades; que ahí habría que proceder gradualmente; que el querer implantar por decretos y por leyes el cultivo en común de la tierra, sería el mayor de los absurdos; que por este camino podría marchar un puñado insignificante de campesinos conscientes, pero que la inmensa mayoría de los campesinos no se marcaba este objetivo. Por eso nos limitamos a hacer lo estrictamente necesario en interés del desarrollo de la revolución: no adelantamos en modo alguno al avance de las masas, sino aguardar a que de la experiencia de éstas, de su misma lucha, surgiese el movimiento de avance” (t. XXIII, pág. 252). Si el Partido pudo lograr una victoria tan formidable en el frente de la organización de los koljóses, fue por haber aplicado con toda exactitud esta indicación táctica de Lenin.

Este éxito sin igual en la esfera de la agricultura se explica, en segundo lugar, porque el Poder Soviético comprendió acertadamente las crecientes necesidades de los campesinos en lo que se refiere a nuevos instrumentos de trabajo, a nuevos medios técnicos; porque supo comprender acertadamente la situación desesperada de los campesinos mientras subsistieran las viejas formas de cultivo de la tierra, y, teniendo en cuenta todo ello, organizó oportunamente la ayuda a los campesinos en forma de estaciones de alquiler de maquinaria, de columnas de tractores y de estaciones de máquinas y tractores, organizando el cultivo en común de la tierra, constituyendo koljóses y, por último, ayudando en todos los aspectos a la hacienda campesina a través de los sovjoses. Era la primera vez que en la historia de la humanidad existía un Poder, el Poder de los Soviets, que demostraba prácticamente que estaba dispuesto a ayudar y que era capaz de prestar a las masas trabajadoras del campo una ayuda sistemática y constante en materia de producción. ¿Acaso no está claro que las masas campesinas trabajadoras, secularmente necesitadas de instrumentos de labranza, no podían por menos de aferrarse a esta ayuda que se les dispensaba, entrando por la senda del movimiento koljósiano? ¿Y puede extrañar que la vieja consigna de los obreros, “de cara al campo”, se complemente hoy, quizá, con la nueva consigna de los campesinos koljósianos: “de cara a la ciudad”? Este éxito sin precedentes en la organización de los koljóses lo explica, finalmente, el que fueran los obreros avanzados de nuestro país quienes tomaran el asunto en sus manos.

Me refiero a las brigadas obreras, que se lanzaron a decenas y a centenares por las zonas más importantes de nuestro país. Hay que reconocer que, de todos los propagandistas habidos y por haber del movimiento koljósiano entre las masas campesinas, los mejores son los propagandistas obreros. No tiene, pues, nada de extraño que los obreros consiguiesen convencer a los campesinos de las ventajas de la gran hacienda colectiva sobre la pequeña hacienda individual, tanto más que los koljóses y sovjoses ya existentes son un ejemplo palmario de esas ventajas. Tales son las causas de nuestras realizaciones en la organización de los koljóses, las más importantes y decisivas, a mi juicio, entre todas las de estos últimos años. Se han derrumbado y hecho añicos las objeciones de la “ciencia” a la posibilidad y a la conveniencia de montar grandes fábricas de grano de 40 a 50 mil hectáreas. La práctica ha refutado las objeciones de la “ciencia”, demostrando una vez más que no es sólo la práctica la que tiene que aprender de la “ciencia”, sino que a ésta no le vendría mal aprender de la práctica. En los países capitalistas no cuajan esas fábricas gigantescas de cereales. Pero nuestro país es un país socialista. Es necesario no olvidar esta “pequeña” diferencia.

En los países capitalistas no es posible organizar grandes fábricas de grano sin adquirir un buen número de tierras o pagar la renta absoluta del suelo, cosa que grava forzosamente la producción con gastos colosales, pues en esos países la tierra es de propiedad privada. En la U.R.S.S., en cambio, no hay renta absoluta del suelo ni compraventa de tierras, lo cual no puede por menos de favorecer el desarrollo de la producción de grano en gran escala, puesto que la tierra no es de propiedad privada. En los países capitalistas, la finalidad de las grandes haciendas cerealistas es obtener un máximo de ganancias o, por lo menos, las equivalentes a la llamada cuota media de ganancia, sin lo cual el capital no tiene, hablando en términos generales, el menor interés en lanzarse a organizar explotaciones cerealistas. En la U.R.S.S., en cambio, las grandes explotaciones cerealistas, que son, al propio tiempo, explotaciones del Estado, no necesitan, para desarrollarse, ni ganancias máximas ni cuota media de ganancia, sino que pueden satisfacerse con una ganancia mínima y, a veces, desenvolverse incluso sin obtener ganancia alguna, lo cual favorece también el desarrollo de la gran producción cerealista. Finalmente, bajo el capitalismo, las grandes explotaciones cerealistas no tienen ventajas especiales de créditos y de impuestos, como ocurre y seguirá ocurriendo con el régimen soviético, que

apoya al sector socialista. Todo esto es lo que olvidaba esa venerable “ciencia”.

Se han derrumbado y hecho añicos las afirmaciones de los oportunistas de derecha (grupo de Bujarin) en el sentido de que: a) los campesinos no entrarían en los koljóses; b) el ritmo acelerado de desarrollo de los koljóses sólo podía provocar el descontento de las masas y la desunión entre los campesinos y la clase obrera; c) el “camino real” del desarrollo socialista en el campo no eran los koljóses, sino la cooperación; d) el desarrollo de los koljóses y la ofensiva contra los elementos capitalistas del campo podía dejar al país sin pan. Todo eso se ha hundido y hecho añicos como vieja hojarasca liberal-burguesa. En primer lugar, los campesinos han acudido a los koljóses; han acudido aldeas, subdistritos y distritos enteros. En segundo lugar, el movimiento koljósiano en masa, lejos de debilitar la ligazón la refuerza, dándole una nueva base, una base de producción. Hoy hasta los ciegos ven que si las grandes masas campesinas están ahora descontentas seriamente de algo, no es de la política koljósiana del Poder Soviético, sino de que éste no alcanza a seguir el ritmo de desarrollo del movimiento koljósiano en cuanto al suministro a los campesinos de maquinaria agrícola y tractores. En tercer lugar, la polémica acerca del “camino real” del desarrollo socialista del campo es una discusión escolástica, buena para jóvenes liberales pequeñoburgueses del tipo de Eichenwald y Slepkov.

Es evidente que, mientras no existía un movimiento koljósiano de masas, el “camino real” eran las formas inferiores de cooperación, las cooperativas de consumo y de venta; pero cuando apareció la forma superior de cooperación, la forma koljósiana, ésta pasó a ser el “camino real” de desarrollo. El camino real -sin comillas- del desarrollo socialista del campo es el plan de cooperación de Lenin, que abarca todas las formas de cooperación agrícola, desde las inferiores (cooperativas de consumo y de venta) hasta las superiores (cooperativas de producción, koljóses). Contraponer los koljóses a la cooperación significa mofarse del leninismo y acreditar la propia ignorancia de quien lo hace. En cuarto lugar, hoy hasta los ciegos ven que, sin la ofensiva contra los elementos capitalistas del campo y sin el desarrollo del movimiento koljósiano y sovjosiano, ni habríamos conseguido los éxitos decisivos de este año en el acopio de cereales, ni se habrían reunido esas decenas de millones de puds de reservas intangibles de cereales acumuladas en manos del Estado. Más aún: puede afirmarse con certeza que, gracias al desarrollo del movimiento koljósiano y sovjosiano, vamos saliendo, si no hemos salido ya definitivamente, de la crisis de cereales.

Y si el avance de los koljóses y los sovjoses toma un ritmo acelerado, no cabe la menor duda de que, a la vuelta de unos tres años, nuestro país será uno de los primeros productores de grano, si no el primero del mundo. ¿Qué hay de nuevo en el actual movimiento koljósiano? Lo nuevo y decisivo del actual movimiento koljósiano es que ahora los campesinos no ingresan en los koljóses por grupos sueltos, como ocurría antes, sino por aldeas enteras, por subdistritos, por distritos y hasta por comarcas. ¿Qué significa esto? Significa que el campesino medio ha empezado a acudir a los koljóses. Tal es la base de ese viraje radical en el desarrollo de la agricultura y que constituye la realización más importante del Poder Soviético durante el año que acaba de transcurrir. Se hunde y se hace añicos la “concepción” menchevique del trotskismo de que la clase obrera es incapaz de arrastrar consigo a las grandes masas campesinas para la edificación socialista. Hoy hasta los ciegos ven que el campesino medio ha abrazado la senda koljósiana. Hoy es evidente para todos que el plan quinquenal de la industria y de la agricultura es el plan quinquenal de edificación de la sociedad socialista, y que quienes no tengan fe en la posibilidad de llevar a cabo la edificación del socialismo en nuestro país, no tienen derecho a aclamar nuestro plan quinquenal.

Se hunde y se hace añicos la última esperanza de los capitalistas de todos los países, que sueñan con restaurar en la U.R.S.S. el capitalismo, el “sacrosanto principio de la propiedad privada”. Los campesinos, en quienes ven un material que abona el terreno para el capitalismo, abandonan en masa la tan ensalzada bandera de la “propiedad privada” y pasan al cauce del colectivismo, al cauce del socialismo. Se hunde la última esperanza de restauración del capitalismo. Así se explican, entre otras razones, los intentos desesperados de los elementos capitalistas de nuestro país para levantar contra el socialismo en ofensiva todas las fuerzas del viejo mundo, intentos que conducen al recrudecimiento de la lucha de clases. El capital no quiere “integrarse” en el socialismo. Y esto explica también esos aullidos rabiosos contra el bolchevismo que en estos últimos tiempos lanzan los perros de presa del capital, todos los Struve y los Guessen, los Miliukov y los Kerenski, los Dan y los Abramóvich. Ahí es nada: desaparece la última esperanza de restauración del capitalismo. ¿Qué indica esta irritación rabiosa de los enemigos de clase y esos ladridos furiosos de los lacayos del capital sino que el Partido ha alcanzado realmente una victoria decisiva en el frente más difícil de la edificación socialista?

“Sólo -dice Lenin- si se consigue hacer ver prácticamente a los campesinos las ventajas del cultivo en común, colectivo, en cooperativas y arteles; sólo si se logra ayudar al campesino por medio de la hacienda cooperativa, colectiva, sólo entonces la clase obrera, dueña del Poder del Estado, demostrará realmente al campesino que ella tiene razón y atraerá realmente a su lado, de un modo sólido y auténtico, a la masa de millones y millones de campesinos” (t. XXIV, pág. 579). Así plantea Lenin la forma de atraer las masas de millones y millones de campesinos al lado de la clase obrera, la forma para que los campesinos pasen a la vía de la organización de los koljóses. El año transcurrido revela que el Partido afronta con éxito esa tarea, venciendo resueltamente todas y cada una de las dificultades que se alzan en este camino. “En la sociedad comunista -dice Lenin-, los campesinos medios sólo vendrán a nuestro lado cuando aliviemos y mejoremos las condiciones económicas de su vida. Si mañana pudiéramos suministrar 100.000 tractores de primera clase, abastecerlos de gasolina y dotarlos de mecánicos (y sabéis de sobra que, por ahora, esto es una fantasía), los campesinos medios dirían: “Voto por la comuna” (es decir, por el comunismo).

Mas, para poder hacer esto, tenemos que vencer antes a la burguesía internacional, obligarla a suministrarnos esos tractores, o elevar nuestra productividad hasta el punto de que podamos suministrarlos nosotros mismos. Sólo así quedará certeramente planteado este problema” (t. XXIV. pág. 170). Así es como plantea Lenin la cuestión del camino a seguir para renovar el instrumental técnico del campesino medio y para atraerle al lado del comunismo. El año que acaba de transcurrir revela que el Partido afronta también con éxito esta tarea. Es sabido que en la primavera del próximo año de 1930 tendremos en nuestros campos más de 60.000 tractores; al año siguiente serán más de 100.000, y dos años después pasarán de 250.000. Hoy estamos, pues, en condiciones de hacer de sobra realidad lo que unos años atrás se consideraba “fantasía”. Esa es la causa de que el campesino medio haya abrazado la senda de la “comuna”. Así están las cosas con relación a la tercera realización del Partido. Tales son las principales realizaciones del Partido en el año que acaba de transcurrir.

Conclusiones: Marchamos a todo vapor por el camino de la industrialización, hacia el socialismo, dejando a la espalda el atraso secular de la “vieja Rusia”. Nos convertimos en un país metalúrgico, en un país de automóviles, en un país de tractores. Y cuando pongamos a la U.R.S.S. al volante del automóvil y al mujik al volante del tractor, ¡que prueben a alcanzamos esos honorables capitalistas, que tanto se envanecen de su “civilización”! ¡Ya veremos entonces qué países pueden “clasificarse” de atrasados y cuáles de adelantados! 3 de noviembre de 1929.

Publicado con la firma de J. Stalin el 7 de noviembre de 1929 en el núm. 259 de “Pravda”.