En torno a las cuestiones del movimiento koljósiano. Todo el mundo habla hoy de los éxitos del Poder Soviético en el movimiento koljósiano. Hasta nuestros enemigos se ven obligados a reconocer que hemos conseguido éxitos importantes. Y esos éxitos son verdaderamente grandes. Es una realidad que el 20 de febrero de este año se había colectivizado ya el 50% de las haciendas campesinas de la U.R.S.S. Esto quiere decir que el 20 de febrero de 1930 habíamos rebasado en más del doble el plan quinquenal de colectivización. Es una realidad que el 28 de febrero de este año los koljóses habían conseguido ya reunir más de 36 millones de quintales de simiente para la siembra de primavera, o sea, más del 90% del plan, o, lo que es lo mismo, unos 220 millones de puds. No se puede por menos de reconocer que estos 220 millones de puds reunidos solamente entre los koljóses -después de haber cumplido con buen éxito el plan de acopio de cereales- es una realización formidable. ¿Que indica todo eso? Indica que se puede considerar ya asegurado el viraje radical del campo hacia el socialismo. No hace falta demostrar que esos éxitos son de una importancia gigantesca para los destinos de nuestro país, para toda la clase obrera como fuerza dirigente de nuestro país y, en fin, para el mismo Partido. Sin hablar de los resultados prácticos inmediatos, esos éxitos son de una importancia inmensa para la vida interna y la educación del propio Partido, al que le infunden ánimos y fe en sus propias fuerzas. Esos éxitos estimulan en la clase obrera la fe en el triunfo de nuestra causa y acercan a nuestro Partido nuevas reservas de millones de hombres. De ahí la tarea del Partido: consolidar los éxitos conseguidos y utilizarlos metódicamente para seguir avanzando. Pero los éxitos tienen también su contra, sobre todo cuando se consiguen con relativa “facilidad”, “inesperadamente”, por decirlo así. Tales éxitos inducen a veces a la presunción y a la fanfarronería: “¡Todo lo podemos!”, “¡No se nos resiste nada!”.

Estos éxitos embriagan muchas veces a la gente, que empieza a marearse con ellos, perdiendo el sentido de la medida y la capacidad de comprender la realidad; surge la tendencia a exagerar las fuerzas propias y a menospreciar las fuerzas del adversario y los intentos aventureros de resolver “en un dos por tres” todos los problemas de la edificación del socialismo. Cuando así ocurre, no hay ni que hablar de preocuparse de consolidar los éxitos conseguidos ni de utilizarlos metódicamente para seguir avanzando. ¿Para qué vamos a consolidar los éxitos conseguidos, si somos capaces de llegar “en un dos por tres” a la victoria completa del socialismo, si “todo lo podemos” y “no se nos resiste nada?” De ahí la tarea del Partido: combatir enérgicamente esos estados de ánimo, peligrosos y perjudiciales para la causa, y limpiar de ellos al Partido. No se puede decir que esos estados de ánimo, peligrosos y perjudiciales para la causa, hayan llegado a extenderse de modo más o menos amplio en las filas de nuestro Partido. Pero se dan, y no hay razón ninguna para afirmar que no vayan a ganar terreno.

Y si esos estados de ánimo llegasen a arraigar en nuestro Partido, no cabe duda de que el movimiento koljósiano saldría considerablemente debilitado y podría hacerse realidad el peligro de fracaso de este movimiento. De ahí la tarea de nuestra prensa: denunciar sistemáticamente esos estados de ánimo antileninistas y todo cuanto se le parezca. Algunos casos. 1. Los éxitos de nuestra política koljósiana se explican, entre otras razones, porque esta política se basa en el carácter voluntario del movimiento koljósiano y tiene en cuenta la diversidad de condiciones existentes en las distintas zonas de la U.R.S.S. Los koljóses no se pueden imponer a la fuerza. Eso sería estúpido y reaccionario. El movimiento koljósiano debe descansar en el apoyo activo de las grandes masas campesinas. No es posible trasplantar mecánicamente los esquemas de organización koljósiana propios de las zonas desarrolladas a las zonas que no lo están. Eso sería estúpido y reaccionario. Esta “política” desacreditaría en el acto la idea de la colectivización. Hay que tener en cuenta con todo detalle la diversidad de condiciones existentes en las distintas zonas de la U.R.S.S. cuando se determina el ritmo y los métodos de organización de los koljóses.

A la cabeza del movimiento koljósiano tenemos las zonas cerealistas. ¿Por qué? En primer lugar, porque en ellas existe el mayor número de sovjoses y koljóses ya consolidados, que permitieron a los campesinos convencerse de la fuerza y la importancia de los nuevos medios técnicos, de la fuerza y la importancia de la nueva organización, de la organización colectiva de la economía. En segundo lugar, porque esas zonas han cursado ya una escuela de dos años de lucha contra los kulaks, durante las campañas de acopio de cereales, lo cual no podía por menos de allanar el camino del movimiento koljósiano. Y, por último, porque se ha proporcionado a esas zonas, con particular intensidad durante estos últimos años, los mejores cuadros de los centros industriales. ¿Se puede afirmar que estas condiciones especialmente favorables se dan también en otras zonas, por ejemplo, en las consumidoras, por el estilo de nuestras regiones del Norte, o en las zonas de nacionalidades todavía atrasadas, como es, pongamos por caso, el Turkestán? No, no se puede afirmar. Está claro que la regla de tener en cuenta la diversidad de condiciones existentes en las distintas zonas de la U.R.S.S., a la par que el principio de la voluntariedad, constituye una de las premisas más importantes para un sano movimiento koljósiano.

¿Y qué nos ocurre a veces en la práctica? ¿Puede decirse que el principio de la voluntariedad y la atención a las particularidades locales no son infringidos en bastantes zonas? No, por desgracia, no puede decirse. Es sabido, por ejemplo, que en bastantes zonas septentrionales consumidoras, donde se dan relativamente menos condiciones favorables para proceder a la organización inmediata de koljóses que en las zonas cerealistas, se propende con frecuencia a suplantar la labor preparatoria de organización de los koljóses por decretos burocráticos imponiendo la colectivización, por resoluciones sobre el papel acerca del desarrollo de los koljóses, por la organización sobre el papel de koljóses que no existen aún en la realidad, pero de cuya “existencia” hablan montañas de jactanciosas resoluciones. O tomemos algunas zonas del Turkestán, donde las condiciones favorables para proceder a la organización inmediata de koljóses son todavía menores que en las zonas septentrionales consumidoras. Es sabido que en bastantes zonas del Turkestán se ha tratado ya de “alcanzar y sobrepasar” a las zonas adelantadas de la U.R.S.S., amenazando con emplear la fuerza militar y con privar de agua para el riego y de artículos industriales a los campesinos que no quieren todavía entrar en los koljóses.

¿Qué puede haber de común entre esta “política”, propia del brigada Prishibéiev, y la política del Partido, que se basa en el carácter voluntario y en la consideración de las particularidades locales de la organización de koljóses? Es claro que entre ellas no hay ni puede haber nada de común. ¿A quién pueden favorecer esas deformaciones, esas imposiciones burocráticas por decreto del movimiento koljósiano, esas amenazas indignas contra los campesinos? ¡A nadie más que a nuestros enemigos! ¿Qué pueden acarrear esas deformaciones? El fortalecimiento de nuestros enemigos y el descrédito de la idea del movimiento koljósiano. ¿No es evidente que los autores de esas deformaciones, que se creen estar a la “izquierda”, lo que en realidad hacen es llevar el agua al molino del oportunismo derechista? 2. Uno de los más grandes méritos de la estrategia política de nuestro Partido consiste en saber encontrar, en cada momento dado, el eslabón fundamental del movimiento, asiéndose al cual tira después para poner en marcha toda la cadena hacia un solo objetivo y lograr, de este modo, la solución del problema de que se trate. ¿Puede decirse que el Partido ha sabido encontrar ya el eslabón fundamental del movimiento koljósiano en el sistema de la organización de los koljóses? Sí, puede y debe decirse.

¿Cuál es este eslabón fundamental? ¿Es, tal vez, la asociación para el cultivo en común de la tierra? No, no es eso. Las asociaciones para el cultivo en común de la tierra, en las que no están aún socializados los medios de producción, representan una fase ya superada del movimiento koljósiano. ¿Es, tal vez, la comuna agrícola? No, no es la comuna. Esta representa todavía, de momento, un fenómeno aislado dentro del movimiento koljósiano. Aun no han madurado las condiciones necesarias para las comunas agrícolas como forma predominante, entendiendo por comuna el sistema en que se socializa no sólo la producción, sino también la distribución. El eslabón fundamental del movimiento koljósiano, su forma predominante en estos momentos, a la que hay que asirse ahora, es el artel agrícola. En el artel agrícola se socializan los medios más importantes de producción, principalmente en el cultivo de cereales: el trabajo, el usufructo de la tierra, las máquinas y los aperos de labranza, el ganado de labor y las dependencias. En él no se socializan el terreno contiguo a la casa (los pequeños huertos de legumbres y de frutales), la vivienda, cierta parte del ganado lechero, el ganado menor, las aves de corral, etc. El artel es el eslabón fundamental del movimiento koljósiano, porque es la forma que mejor responde a la solución del problema de los cereales. Y el problema de los cereales es el eslabón fundamental en el sistema de toda la agricultura, porque, sin resolverlo, no sería posible solucionar ni el problema de la cría de ganado (menor y mayor) ni el problema de las plantas industriales y especiales, que producen las materias primas más importantes para la industria. Por eso, el artel agrícola es, en estos momentos, el eslabón fundamental en el sistema del movimiento koljósiano. De estas consideraciones parte el “Estatuto modelo” de los koljóses, cuyo texto definitivo se publica hoy*. Y de estas consideraciones deben partir también nuestros funcionarios del Partido y de los Soviets, uno de cuyos deberes consiste en estudiar el Estatuto a fondo y aplicado íntegramente. Tal es la orientación del Partido en estos momentos. ¿Cabe afirmar que esta orientación del Partido se observa en la práctica sin infracciones ni falseamientos? No, por desgracia no puede afirmarse. Es sabido que en bastantes zonas de la U.R.S.S., donde la lucha por la existencia de los koljóses dista todavía mucho de haber terminado y donde los arteles no están aún consolidados, se hacen intentos para rebasar el marco del artel y saltar de golpe a la comuna agrícola.

Y sin que los arteles estén todavía consolidados, se procede a “socializar” las viviendas de los campesinos, el ganado menor y las aves de corral; y al no darse todavía las condiciones que la hacen necesaria, esta “socialización” degenera en una burocrática fábrica de decretos. Podría pensarse que está ya resuelto en los koljóses el problema de los cereales, que este problema es ya una fase superada, que la tarea fundamental del momento no es la solución del problema cerealista, sino la solución del problema de la ganadería y de la avicultura. ¿A quién favorece, preguntamos, esa “labor” atolondrada, que consiste en mezclar en un mismo montón las diversas formas del movimiento koljósiano? ¿A quién puede convenir esas estúpidas y dañosas anticipaciones? ¿Acaso no es evidente que la “política” de irritar al campesino koljósiano con la “socialización” de su vivienda, de todo el ganado lechero, de todo el ganado menor y de las aves de corral, cuando aun no está resuelto el problema de los cereales y cuando el artel, como forma koljósiana, no está consolidado aún, sólo puede convenir y favorecer a nuestros enemigos jurados? Uno de estos celosos “socializadores” ha llegado incluso a dar una orden a su artel prescribiendo “inventariar en el plazo de tres días todas las aves de corral de cada hacienda”, instituyendo el cargo de “jefes” especiales para este inventario y vigilancia y mandando “ocupar las posiciones dominantes en los arteles”, “dirigir el combate socialista, sin abandonar su puesto”, y -naturalmente- meter a todo el artel en un puño. ¿Qué es esto: una política de dirección del koljós o una política para su descomposición y descrédito? Y no hablemos de esos “revolucionarios” –con perdón sea dicho- que comienzan a organizar los arteles quitando las campanas de las iglesias. Quitar las campanas de las iglesias: ¡fijaos qué cosa más revolucionaria! ¿Cómo han podido surgir entre nosotros esos ensayos atolondrados de “socialización”, esos intentos ridículos de saltar sobre uno mismo, intentos cuya finalidad es eludir las clases y la lucha de clases, y que de hecho llevan el agua al molino de nuestros enemigos de clase? Estos ensayos sólo podían surgir en la atmósfera de nuestros “fáciles” e “inesperados” éxitos en el frente de la organización de los koljóses. Sólo podían surgir a consecuencia del estúpido estado de ánimo existente en las filas de un sector del Partido: “¡Todo lo podemos!”, “¡No se nos resiste nada!”. Sólo podían surgir a causa de que a algunos de nuestros camaradas se les han subido los éxitos a la cabeza y han perdido por un instante la lucidez de espíritu y la clara visión de las cosas. Para corregir la línea de nuestro trabajo en lo que se refiere a la organización de los koljóses, es necesario acabar con ese estado de ánimo. Esta es ahora una de las tareas inmediatas de nuestro Partido. El arte de dirigir es una cosa seria. No hay que quedarse atrás del movimiento, pues retrasarse significa separarse de las masas. Pero tampoco hay que anticiparse, pues ello significa perder el contacto con las masas y quedarse aislado. El que quiera dirigir un movimiento y mantener, al mismo tiempo, los vínculos con las masas de millones de hombres, deberá luchar en dos frentes: lo mismo contra los que se retrasan que contra los que se anticipan. Nuestro Partido es fuerte e invencible porque, al dirigir el movimiento, sabe mantener y multiplicar sus vínculos con las masas de millones de obreros y campesinos.

Publicado con la firma de J. Stalin el 2 de marzo de 1930 en el núm. 60 de “Pravda”.

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Notes:

* “Pravda”, 2 de marzo de 1930.