El 18 de abril, hacia las 6-7 de la tarde, él (Bulgákov —
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.) llegó corriendo, agitado, a nuestro piso (con Shilovski) en Bolshói Rzhevski, y nos contó lo siguiente. Se había acostado después del almuerzo, como siempre, a dormir, pero en ese momento sonó el teléfono, y Liuba (L.E. Belozerská, esposa del escritor —
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.) lo llamó, diciéndole que llamaban del CC.

M.A. no lo creyó, decidiendo que era una broma (entonces eso se hacía), y erizado, irritado, tomó el auricular y escuchó:

— ¿Mijaíl Afanásievich Bulgákov?

— Sí, sí.

— Ahora hablará con usted el camarada Stalin.

— ¿Qué? ¿Stalin? ¿Stalin?

Y enseguida oyó una voz con evidente acento georgiano.

— Sí, con usted habla Stalin. Buenos días, camarada Bulgákov (o Mijaíl Afanásievich, no recuerdo exactamente).

— Buenos días, Iósif Vissariónovich.

— Hemos recibido su carta. La hemos leído con los camaradas. Recibirá usted una respuesta favorable… Y, quizás, ¿es verdad que usted pide ir al extranjero? ¿Tanto le hemos fastidiado?

(M.A. dijo que él no esperaba semejante pregunta —ni esperaba en absoluto la llamada— y que se desconcertó y no respondió de inmediato):

— Últimamente he pensado mucho en si un escritor ruso puede vivir fuera de su patria. Y me parece que no puede.

— Tiene usted razón. Yo también pienso así. ¿Dónde quiere trabajar? ¿En el Teatro del Arte?

— Sí, me gustaría. Pero hablé de ello, y me rechazaron.

— Presente usted una solicitud allí. Me parece que aceptarán. Deberíamos encontrarnos, hablar con usted.

— ¡Sí, sí! Iósif Vissariónovich, necesito mucho hablar con usted.

— Sí, hay que encontrar tiempo y reunirnos, sin falta. Y ahora le deseo todo lo mejor.

De los recuerdos de E.S. Bulgákova.

Bulgákov M. Obras completas: En 10 t. T. 10. M., 2000. P. 260–261.