(Fragmentos de una carta) He recibido su carta del 8-XII. Por lo visto, necesita usted mi respuesta. Allá va, pues. Me ocuparé, ante todo, de algunas de sus pequeñas y nimias frases y alusiones. Si esas ruines “nimiedades” fueran un elemento casual, podrían pasarse por alto. Pero son tantas, “manan” con tanta abundancia, que dan el tono a toda su carta. Y, como se sabe, el tono hace la música. Entiende usted la decisión del C.C. como un “dogal”, como el indicio de que “ha llegado la hora de mi hundimiento” (es decir, del de usted). ¿Por qué? ¿Con qué motivo? ¿Qué calificativo merece el comunista que, en vez de reflexionar en el fondo de una decisión del C.C. y de rectificar sus propios errores, interpreta esa decisión como si fuera un “dogal”?.. Decenas de veces le ha elogiado a usted el C.C. cuando había que elogiarle. Decenas de veces le ha defendido el C.C. (¡no sin forzar un tanto la cosa!) de los ataques de algunos grupos y camaradas de nuestro Partido. A decenas de poetas y escritores ha llamado al orden el C.C. cuando han cometido algún error. A usted le parecía todo eso natural y lógico.

Y ahora, cuando el C.C. se ha visto precisado a criticar sus errores, usted, de pronto, se pone a bufar y a decir a gritos que se le quiere poner un “dogal”. ¿Con qué motivo? ¿Quizá el C.C. no tiene derecho a criticar sus errores? ¿Quizá la decisión del C.C. no es obligatoria para usted? ¿Quizá sus poesías están por encima de toda crítica? ¿No le parece que está contagiado de cierta desagradable enfermedad llamada “presunción”? Más modestia, camarada Demián... ¿En qué consiste la esencia de sus errores? Consiste en que la crítica de los defectos de la vida y de las costumbres en la U.R.S.S., crítica imprescindible y necesaria, y que usted desarrolló al principio con bastante acierto y habilidad, le ha llevado a excederse y, en consecuencia, comenzó a convertirse en sus obras en calumnia contra la U.R.S.S., contra su pasado y su presente. Eso son sus trabajos “¡Despierta, amigo!” y “Sin compasión”. Eso es su “Pererva”, que por consejo del camarada Mólotov he leído hoy. Usted dice que el camarada Mólotov había elogiado la poesía satírica “¡Despierta, amigo!”. Es muy posible.

Quizá yo no la haya elogiado menos que el camarada Mólotov, porque en ella (como en otras poesías satíricas) hay excelentes pasajes que dan en el blanco. Pero en ella hay también una cucharada de acíbar que lo echa a perder todo y la convierte en una “Pererva” de arriba abajo. Ese es el quid de la cuestión y eso es lo que hace la música en estas poesías satíricas. Juzgue usted por sí mismo. El mundo entero reconoce ahora que el centro del movimiento revolucionario se ha trasladado de la Europa Occidental a Rusia. En todos los países, los revolucionarios miran con esperanza a la U.R.S.S. como foco de la lucha emancipadora de los trabajadores del mundo entero, viendo en ella a su única patria. En todos los países, los obreros revolucionarios aplauden unánimes a la clase obrera soviética, y, ante todo, a la clase obrera rusa, vanguardia de los obreros soviéticos, como a su guía reconocido que sigue la política más revolucionaria y más activa que jamás soñaran los proletarios de los demás países.

En todos los países, los dirigentes de los obreros revolucionarios estudian con afán la instructiva historia de la clase obrera de Rusia, su pasado, el pasado de Rusia, conscientes de que, además de la Rusia reaccionaria, existía la Rusia revolucionaria, la Rusia de los Radíschev y los Chernishevski, de los Zheliábov y los Uliánov, de los Jalturin y los Alexéiev. Todo esto llena (¡y no puede dejar de llenar!) el corazón de los obreros rusos de un orgullo nacional revolucionario capaz de remover montañas, capaz de hacer milagros. ¿Y qué dice usted? En lugar de comprender este grandioso proceso de la historia de la revolución y de elevarse a la altura de cantor del proletariado de vanguardia, se ha ido por una cañada y, enredándose en tediosísimas citas de las obras de Karamzín y no menos aburridos aforismos del “Domostrói”, se ha puesto a proclamar ante el mundo entero que en el pasado Rusia era un recipiente de abominación y desidia, que la Rusia actual es una “Pererva” de arriba abajo, que la “pereza” y el deseo de “tumbarse a la bartola” son poco menos que el rasgo nacional de los rusos en su totalidad, y por lo tanto, de los obreros rusos, quienes, después de hacer la Revolución de Octubre, no han dejado de ser, claro está, rusos. ¡Y a eso le llama usted crítica

bolchevique! No, respetable camarada Demián, eso no es crítica bolchevique; eso es calumniar a nuestro pueblo, difamar a la U.R.S.S., difamar al proletariado de la U.R.S.S., difamar al proletariado ruso. ¡Y después de todo esto quiere usted que el C.C. calle! ¿Por quién toma usted a nuestro C.C.? ¡Y quiere usted que yo calle porque resulta que siente por mi “ternura biográfica”! Qué ingenuo es usted y qué poco conoce a los bolcheviques... Quizá no se niegue usted, como “hombre instruido”, a escuchar las siguientes palabras de Lenin: “¿Podemos decir que el sentimiento de orgullo nacional nos sea ajeno a nosotros, proletarios conscientes de nacionalidad gran rusa? ¡Claro que no! Amamos nuestro idioma y nuestra patria, nos esforzamos con todo nuestro empeño para que sus masas trabajadoras (es decir, las nueve décimas partes de su población) se eleven a una vida consciente de demócratas y socialistas. Nada nos duele más, que ver y sentir las violencias, la opresión y el escarnio a que los verdugos zaristas, los aristócratas y los capitalistas someten a nuestra hermosa patria. Tenemos el orgullo de que esas violencias hayan originado resistencia en nuestro medio, entre los grandes rusos, de que ese medio haya destacado a un Radíschev, a los decembristas, a los revolucionarios plebeyos de los años del 70, de que la clase obrera gran rusa formara en 1905 un poderoso partido revolucionario de masas, de que el mujik gran ruso haya empezado a convertirse, al mismo tiempo, en un demócrata, a barrer al pope y al terrateniente. Recordamos que hace medio siglo el demócrata gran ruso Chernishevski, al consagrar su vida a la causa de la revolución, dijo: “Mísera nación, nación de esclavos; de arriba abajo, todos son esclavos”. Los grandes rusos, esclavos francos o encubiertos (esclavos respecto a la monarquía zarista), no recuerdan con agrado estas palabras.

A nuestro juicio, en cambio, son palabras de verdadero amor a la patria, de amor nostálgico por la ausencia de espíritu revolucionario en la masa de la población gran rusa. Entonces no lo había. Ahora, aunque no mucho, lo hay ya. Nos invade el sentimiento de orgullo nacional, porque la nación gran rusa ha formado también una clase revolucionaria, ha demostrado también que es capaz de dar a la humanidad ejemplos formidables de lucha por la libertad y por el socialismo, y no sólo formidables pogromos, hileras de patíbulos, mazmorras, hambres formidables y un formidable servilismo ante los popes, los zares, los terratenientes y los capitalistas” (v. Lenin, “El orgullo nacional de los grandes rusos”). Ahí tiene usted cómo sabía hablar Lenin, el primer internacionalista del mundo, del orgullo nacional de los grandes rusos. Y hablaba así porque sabía que: “El interés del orgullo nacional (no entendido servilmente) de los grandes rusos coincide con el interés socialista del proletariado gran ruso (y de todos los demás proletarios”) (v. lugar citado). Ese es el “programa” claro y audaz de Lenin. Ese “programa” es enteramente lógico y natural para los revolucionarios compenetrados con su clase obrera, con su pueblo. No es comprensible ni natural para los degenerados como Lelévich, que no están ni pueden estar ligados a su clase obrera, a su pueblo. ¿Acaso es compatible este “programa” revolucionario de Lenin con esa tendencia malsana que se advierte en las últimas poesías satíricas de usted? Por desgracia, no. Y no lo es, porque entre ellos no hay nada de común. En esto consiste la cuestión y eso es lo que no quiere comprender usted. Por lo tanto, debe usted volver, a pesar de todo, al camino viejo, al camino leninista. En esto reside el quid, y no en las vacuas lamentaciones de un intelectual acobardado, que, en su miedo prorrumpe en frases de que se quiere “aislar” a Demián, que “ya no publicarán más” las cosas de Demián, etc. J. Stalin. 12 de diciembre de 1930.

Se publica por primera vez.