Discurso en la primera Conferencia de trabajadores de la industria socialista de la U.R.S.S.14, 4 de febrero de 1931. Camaradas: Los trabajos de vuestra Conferencia tocan a su fin. A continuación, vais a adoptar las resoluciones pertinentes. No dudo de que van a ser tomadas por unanimidad. En estas resoluciones -yo las conozco algo- aprobáis las cifras control correspondientes al plan de la industria de 1931 y os comprometéis a llevarlas a la práctica. La palabra de un bolchevique es una cosa seria. Los bolcheviques tienen la costumbre de cumplir las promesas que hacen. Ahora bien, ¿qué significa el compromiso de ejecutar lo que representan las cifras control establecidas para el año 1931? Significa asegurar el incremento general de la producción industrial en un 45%. Pero esto es una enorme tarea. Todavía más. Tal compromiso no sólo quiere decir que hacéis la promesa de cumplir nuestro plan quinquenal en cuatro años -la cosa está resuelta y no precisa ninguna nueva resolución-, sino que prometéis realizarlo en tres años en las ramas fundamentales y decisivas de la industria.

Está bien que la Conferencia haga la promesa de cumplir el plan de 1931 y de ejecutar el plan quinquenal en tres años. Pero nosotros estamos aleccionados por una “amarga experiencia”. Sabemos que las promesas no siempre se cumplen. A principios de 1930 también se hizo la promesa de cumplir el plan anual. Se trataba entonces de aumentar la producción de nuestra industria en un 31 ó 32%. Sin embargo, esta promesa no fue íntegramente cumplida. El incremento efectivo de la producción industrial fue en 1930 de un 25%. Debemos preguntamos: ¿no sucederá otro tanto este año? Los dirigentes, los trabajadores de nuestra industria prometen ahora acrecentar la producción industrial de 1931 en un 45%. Pero ¿dónde está la garantía de que la promesa será cumplida? ¿Qué hace falta para alcanzar las cifras propuestas, para conseguir un aumento de la producción en un 45%, para llegar a cumplir el plan quinquenal no ya en cuatro, sino en tres años en las ramas fundamentales y decisivas? Dos condiciones fundamentales son necesarias. En primer, lugar, que existan posibilidades reales o, como decimos, “objetivas” para llevarlo a cabo.

En segundo lugar, que haya el deseo y la habilidad necesarios para dirigir nuestras empresas de modo que estas posibilidades se conviertan en realidad. ¿Teníamos el año pasado las posibilidades “objetivas” necesarias para la ejecución completa del plan? Sí, las teníamos. Hechos incontrovertibles lo atestiguan. Son los siguientes: en marzo y abril del año último, la industria incrementó la producción en un 31% respecto al año anterior. ¿Por qué, entonces - preguntamos-, no hemos cumplido el plan del año entero? ¿Qué nos lo impidió? ¿Qué nos ha faltado? Nos ha faltado saber utilizar las posibilidades existentes. Nos ha faltado saber dirigir adecuadamente las fábricas, las minas. Poseíamos la primera condición: las posibilidades “objetivas” para la ejecución del plan. Pero no disponíamos de la segunda condición en la medida suficiente: habilidad para dirigir la producción. Y precisamente por esto, porque nos faltó saber dirigir las empresas, es por lo que el plan quedó incumplido. En lugar de un 31 ó 32% de aumento, conseguimos sólo un 25%. Evidentemente, un 25% de incremento es una cosa importante.

No hay un solo país capitalista que haya tenido en 1930, ni que tenga ahora, aumento alguno en la producción. En todos los países capitalistas, sin excepción, se acusa un marcado descenso de la producción. En tales condiciones, un 25% de aumento es un gran paso adelante. Pero podíamos haber dado más. Para ello teníamos todas las condiciones “objetivas” necesarias. Así, pues, ¿qué garantía hay de que este año no se repita el caso del año pasado, de que el plan sea ejecutado por completo, de que utilicemos debidamente las posibilidades que existen y de que vuestra promesa no quede en parte en el papel? En la historia de los Estados, en la historia de los países, en la historia de los ejércitos, se han dado casos en los que concurrían todas las posibilidades para el éxito y la victoria; pero esas posibilidades quedaron sin utilizar, porque los dirigentes no supieron advertirlas ni aprovecharlas, y los ejércitos fueron derrotados. ¿Tenemos nosotros todas las posibilidades necesarias para alcanzar las cifras control de 1931? Sí, tenemos esas posibilidades.

¿En qué consisten?, ¿qué hace falta para que estas posibilidades se conviertan en realidad? Ante todo, se necesita suficientes riquezas naturales en el país: mineral de hierro, carbón, petróleo, grano, algodón. ¿Contamos con todo esto? Sí, contamos con ello y en mayor cantidad que cualquier otro país. Tomemos aunque no sea más que los Urales, donde existe una combinación de riquezas que no es posible encontrar en ningún país. Minerales, carbón, petróleo, cereales... ¡qué no habrá en los Urales! En nuestro país existe de todo, excepto, tal vez, caucho. Pero dentro de un año o dos tendremos también caucho a nuestra disposición. De este lado, del lado de las riquezas naturales, estamos provistos plenamente. Tenemos hasta más de lo necesario. ¿Qué hace falta además? Se necesita la existencia de un Poder que tenga el deseo y las fuerzas capaces de aprovechar estas inmensas riquezas naturales en beneficio del pueblo. ¿Tenemos ese Poder? Sí. Bien es verdad que nuestro trabajo para el aprovechamiento de las riquezas naturales no siempre transcurre sin rozamientos entre nuestro propio personal. Por ejemplo: el año pasado, el Poder Soviético tuvo que sostener cierta lucha en torno al problema de la creación de una segunda base hullera y metalúrgica, sin la cual no podemos continuar nuestro desarrollo. Pero ya hemos vencido estos obstáculos y dispondremos en corto plazo de esta base.

¿Qué hace falta además? Es necesario que este Poder goce del apoyo de las grandes masas de obreros y campesinos. ¿Dispone de ese apoyo nuestro Poder? Sí. En el mundo entero no encontraréis otro Poder que, como el Poder Soviético, goce de tal apoyo de los obreros y de los campesinos. No voy a referirme al desarrollo de la emulación socialista, al desarrollo del trabajo de choque, ni a la campaña por rebasar el plan industrial y financiero. Todos estos hechos, que tan claramente denotan el apoyo de las grandes masas al Poder Soviético, son del dominio público. ¿Qué hace falta, además, para alcanzar y sobrepasar las cifras control propuestas para 1931? Es preciso, además, que exista un régimen exento de las enfermedades incurables del capitalismo y que ofrezca serias ventajas sobre el capitalismo. La crisis, el paro forzoso, el despilfarro, la miseria de las grandes masas son las enfermedades incurables del capitalismo. Nuestro régimen no sufre estas enfermedades, porque el Poder está en nuestras manos, en manos de la clase obrera, porque nosotros planificamos la economía, acumulamos con arreglo a un plan los recursos y los distribuimos de forma adecuada entre las ramas de la economía nacional. Nosotros estamos exentos de las enfermedades incurables del capitalismo. Esto es lo que nos diferencia del capitalismo, ésta es nuestra superioridad decisiva respecto al capitalismo.

Ved cómo los capitalistas pretenden salir de la crisis económica: reducen hasta el mínimo los salarios de los obreros; reducen hasta el mínimo los precios de las materias primas. Pero no quieren reducir en medida apreciable los precios de los artículos manufacturados y de los productos alimenticios de vasto consumo. Esto significa que pretenden escapar de la crisis a expensas de los principales consumidores de mercancías, a expensas de los obreros, a expensas de los campesinos, a expensas de los trabajadores. Los capitalistas talan la rama que los sostiene. Y en lugar de salir de la crisis, lo que hacen es agravarla, acumular nuevas premisas conducentes a otra crisis todavía más cruel. Nuestra superioridad consiste en que nosotros no conocemos las crisis de superproducción, en que no tenemos ni tendremos millones de obreros sin trabajo, en que no tenemos anarquía en la producción porque nuestra economía está regida por un plan. Pero esto no es todo. Somos el país de la industria más concentrada. Lo que significa que podemos edificar nuestra industria sobre la base de la mejor técnica y, de este modo, garantizar una productividad del trabajo jamás conocida, un ritmo de acumulación sin precedente. Nuestra pasada debilidad consistía en que nuestra industria se basaba en una hacienda campesina pequeña y dispersa. Pero esto fue. Ahora esto ya no existe.

Mañana, tal vez dentro de un año, seremos el país en cuya agricultura prevalezcan más las grandes haciendas. Los sovjóses y koljóses - formas de la gran hacienda- han producido este año ya la mitad de nuestro grano destinado al mercado. Y esto significa que nuestro régimen, el régimen soviético, nos brinda unas posibilidades de rápido progreso con las que no puede soñar ningún país burgués. ¿Qué hace falta, además, para avanzar a pasos agigantados? Se necesita un partido suficientemente cohesionado y unido para orientar los esfuerzos de todos los mejores hombres de la clase obrera hacia un solo punto, y con la suficiente experiencia para no retroceder ante las dificultades y para aplicar sistemáticamente una política acertada, revolucionaria, bolchevique. ¿Existe en nuestro país un partido así? Sí, existe. ¿Es acertada su política? Sí, es acertada, por cuanto proporciona importantes éxitos. Ahora esto lo reconocen, no sólo los amigos de la clase obrera, sino incluso sus enemigos. Ved cómo aúllan y se enfurecen contra nuestro Partido los conocidos y “respetables” gentlemen: Fish, en Norteamérica; Churchill, en Inglaterra; Poincaré, en Francia. ¿Por qué aúllan y rabian? Porque la política de nuestro Partido es acertada, porque va de éxito en éxito. Esas son, camaradas, todas las posibilidades objetivas que nos facilitan la realización de las cifras previstas para 1931, que permiten ejecutar el plan quinquenal en cuatro años, e incluso en tres, en las ramas fundamentales. Así, pues, tenemos la primera condición para ejecutar el plan: las posibilidades “objetivas”. ¿Tenemos la segunda condición: la habilidad para utilizar estas posibilidades? O, dicho de otra manera, ¿tenemos una buena dirección de las fábricas, de las minas? ¿Marcha todo debidamente en este aspecto? Por desgracia, no todo marcha como es debido. Y nosotros, como bolcheviques, debemos decirlo clara y francamente. ¿Qué significa dirigir la producción? Entre nosotros, no siempre se enfoca a la manera bolchevique el problema de la dirección de las empresas. Muy a menudo se piensa que dirigir significa firmar papeles, órdenes. Es triste, pero es una realidad. Algunas veces, sin quererlo, se acuerda uno de los “pompadour” de Schedrín. Recordáis cómo la “pompadour” aleccionaba al joven “pompadour”: no te rompas la cabeza estudiando; no profundices en los asuntos; que los otros se tomen ese trabajo; eso no es cosa tuya: tu misión, es firmar papeles. Se debe reconocer, para vergüenza nuestra, que también entre nosotros, los bolcheviques, hay bastantes que dirigen firmando papeles. En cuanto a llegar al fondo de los asuntos, capacitarse técnicamente, ser maestros de su oficio, eso ni por pienso.

¿Cómo ha podido suceder que nosotros, los bolcheviques, que hemos hecho tres revoluciones, que vencimos en una guerra civil atroz, que hemos llevado a cabo la ingente tarea de crear una industria moderna, que hemos llevado a los campesinos al camino del socialismo, en cuanto se trata de dirigir la producción caigamos en el papeleo? La razón está en que firmar un papel es más fácil que dirigir la producción. Por ello, muchos dirigentes de la economía han tomado este camino de la menor resistencia. En esto hay también una falta nuestra, una falta del centro. Hace unos diez años se lanzó esta consigna: “Dado que los comunistas no conocen todavía como es debido la técnica de la producción y que todavía necesitan aprender a dirigir la economía, los viejos peritos e ingenieros, los especialistas dirigirán la producción, y vosotros, los comunistas, no os mezcléis en los asuntos técnicos; pero, sin mezclaros, estudiad la técnica, estudiad sin descanso la ciencia de dirigir la producción, para ser después, con los especialistas adictos, verdaderos dirigentes de la producción, verdaderos maestros en vuestro cometido”. Tal fue la consigna. Pero ¿qué sucedió de hecho? Se omitió la segunda parte de esta fórmula, porque aprender es más difícil que firmar papeles; en cuanto a la primera parte de la fórmula, se la ha vulgarizado interpretando la no ingerencia como la renuncia al estudio de la técnica de la producción.

De ello ha resultado un disparate, un disparate perjudicial y peligroso, del que cuanto antes nos libremos tanto mejor. La vida misma nos ha advertido más de una vez que las cosas iban mal a este respecto. El asunto de Shajti fue la primera advertencia seria. El asunto de Shajti puso de manifiesto que las organizaciones del Partido y los sindicatos han adolecido de falta de vigilancia revolucionaria, demostró que los dirigentes de nuestros organismos económicos están en un vergonzoso retraso en el aspecto técnico, que ciertos viejos ingenieros y peritos, trabajando sin control, caen con más facilidad en el sabotaje, tanto más cuanto que los enemigos los asedian sin cesar desde el extranjero con “proposiciones”. La segunda advertencia fue el proceso del “Partido Industrial”. No hay duda de que en el fondo del sabotaje se encuentra la lucha de clases. No hay duda de que el enemigo de clase opone una resistencia furiosa a la ofensiva socialista. Pero esto solo no basta para explicar un desarrollo tan amplio del sabotaje. ¿Cómo ha podido el sabotaje alcanzar tan grandes proporciones? ¿Quién tiene la culpa? La culpa es nuestra. Si hubiéramos organizado la dirección de la economía de otra manera, si nos hubiéramos puesto mucho antes a estudiar la técnica del trabajo, a dominar la técnica, si hubiéramos intervenido más frecuentemente y con conocimiento de causa en la dirección de la economía, los saboteadores no habrían podido hacer tanto daño.

Debíamos llegar a ser nosotros mismos los especialistas, los maestros del oficio, debíamos volvernos de cara a los conocimientos técnicos: en ese, sentido nos empujaba la vida. Pero ni la primera advertencia ni siquiera la segunda han conseguido que se produzca el cambio debido. Hora es ya, hace tiempo que es hora, de que nos volvamos hacia la técnica. Hora es ya de abandonar la vieja consigna, la consigna gastada de la no ingerencia en la técnica, y de convertirnos nosotros mismos en especialistas, en conocedores de nuestro trabajo, hora es ya de llegar a ser verdaderos maestros en el arte de dirigir la economía: Se pregunta con frecuencia por qué no tenemos una dirección unipersonal. No la tenemos ni la tendremos mientras no dominemos la técnica. Hasta que entre nosotros, los bolcheviques, no exista un número suficiente de hombres que conozcan bien los problemas técnicos, económicos y financieros, no habrá una verdadera dirección unipersonal. Escribid todas las resoluciones que os plazcan, haced todos los juramentos que queráis, pero si no domináis la técnica, la economía, las finanzas de la fábrica o de la mina, no resultará nada, no habrá dirección unipersonal. La tarea, por tanto, consiste en dominar nosotros mismos la técnica, en llegar a ser nosotros mismos verdaderos maestros del oficio. Sólo así tendremos la garantía de que nuestros planes serán ejecutados íntegramente y de que se establecerá la dirección unipersonal. La cosa, claro está, no es fácil; pero es perfectamente realizable. La ciencia, la experiencia técnica, el saber se pueden adquirir. Si hoy no los tenemos, los tendremos mañana. Lo esencial aquí es el deseo vehemente, bolchevique, de llegar a dominar la técnica, de dominar la ciencia de la producción. Cuando hay un deseo vehemente se puede obtener todo, se puede vencer todo. A veces se pregunta si no se podría amortiguar algo el ritmo, refrenar el movimiento. ¡No, no se puede camaradas! ¡No debe disminuir el ritmo! Al contrario, hay que acelerarlo en la medida de nuestras fuerzas y de nuestras posibilidades. Así lo exigen nuestros deberes para con los obreros y los campesinos de la U.R.S.S. Así lo exigen nuestros deberes para con la clase obrera del mundo entero. Amortiguar el ritmo significa quedarse atrás. Y los que se quedan atrás son batidos. Pero nosotros no queremos ser batidos, ¡No, no lo queremos! La historia de la vieja Rusia consistía, entre otras cosas, en que era constantemente batida por su atraso. La batieron los kanes mongoles. La batieron los beys turcos. La batieron los señores feudales suecos. La batieron los “panis” polacos y lituanos. La batieron los capitalistas ingleses y franceses. La batieron los barones japoneses.

La batieron todos, por su atraso. Por su atraso militar, por su atraso cultural, por su atraso estatal, por su atraso industrial y por su atraso agrícola. La batían porque ello era lucrativo y porque se podía hacer impunemente. Acordaos de las palabras de un poeta de antes de la revolución: “Eres mísera y opulenta, eres vigorosa e impotente, madrecita Rusia”. Estas palabras del poeta las aprendieron bien estos señores. La golpeaban diciendo: “¿Eres opulenta?” Luego se puede uno beneficiar a tus expensas. La golpeaban diciendo: “¿Eres mísera e impotente?” Luego se te puede maltratar y despojar con toda impunidad. Porque tal es la ley de los explotadores: golpear a los atrasados y a los débiles. Es la ley de la selva del capitalismo. ¿Eres atrasado, eres débil? Entonces no tienes razón y, por consiguiente, se te puede batir y sojuzgar. ¿Eres poderoso? Entonces tienes razón y, por consiguiente, eres de temer. De ahí que no podamos continuar atrasados. En el pasado no teníamos y no podíamos tener patria. Pero ahora, que hemos derribado el capitalismo y que el Poder está en nuestras manos, en manos del pueblo, tenemos patria y defenderemos su independencia. ¿Queréis que nuestra patria socialista sea derrotada y que pierda su independencia? Pues si no lo queréis, debéis acabar con su atraso en el plazo más corto posible y desarrollar un verdadero ritmo bolchevique en la edificación de su economía socialista.

No hay otro camino. Por esto, Lenin decía en vísperas de Octubre: “Perecer o alcanzar y sobrepasar a los países capitalistas adelantados”. Marchamos con un atraso de cincuenta o cien años respecto a los países adelantados. En diez años tenemos que salvar esta distancia. O lo hacemos, o nos aplastan. Esto es lo que nos dictan nuestros compromisos con los obreros y los campesinos de la U.R.S.S. Pero nosotros tenemos, además, otros compromisos, más serios y más importantes todavía. Se trata de los compromisos ante el proletariado del mundo entero. Estos coinciden con los compromisos del primer género, pero nosotros los valoramos más alto todavía. La clase obrera de la Unión Soviética es una parte de la clase obrera mundial. Nosotros vencimos no solamente gracias a los esfuerzos de la clase obrera de la U.R.S.S., sino gracias también al apoyo de la clase obrera mundial. Sin esa ayuda, hace ya tiempo que nos habrían descuartizado. Se dice que nuestro país es la brigada de choque del proletariado de todos los países. Y está bien dicho. Pero ello nos impone obligaciones muy serias. ¿Por qué razón el proletariado internacional nos apoya y por qué merecemos tal ayuda? Porque nosotros fuimos los primeros en lanzarnos al combate contra el capitalismo, porque fuimos los primeros en instaurar el Poder obrero, porque fuimos los primeros en emprender la edificación del socialismo.

Porque nosotros trabajamos en una empresa que, si consigue el éxito, trastrocará el mundo entero y liberará a toda la clase obrera. ¿Y qué hace falta para alcanzar el éxito? Acabar con nuestro atraso y desarrollar un ritmo acelerado, verdaderamente bolchevique, en la construcción. Debemos avanzar de tal modo, que la clase obrera del mundo entero pueda decir al contemplarnos: ése es mi destacamento de vanguardia, ésa es mi brigada de choque, ése es mi Poder obrero, ésa es mi patria; y su obra, nuestra obra la hacen bien; apoyémosles contra los capitalistas e impulsemos la causa de la revolución mundial. ¿Debemos justificar las esperanzas de la clase obrera mundial, cumplir los compromisos contraídos ante ella? Sí, debemos hacerlo, si no queremos cubrirnos de oprobio. Tales son nuestras obligaciones interiores e internacionales. Como veis, ellas nos dictan un ritmo bolchevique de desarrollo. No diré que respecto a la dirección de la economía no hayamos hecho nada en estos últimos años. Se ha hecho, e incluso mucho. Hemos duplicado la producción de la industria en comparación con la de antes de la guerra. Hemos creado la producción agrícola más grande del mundo. Pero habríamos podido hacer todavía más si nos hubiéramos preocupado durante este tiempo de dominar verdaderamente la producción, su técnica, su aspecto económico y financiero. En un período máximo de diez años debemos salvar la distancia que nos separa de los países capitalistas adelantados. En nuestro país se dan todas las posibilidades “objetivas” para ello. Lo único que nos hace falta es saber aprovechar verdaderamente estas posibilidades. Y esto depende de nosotros, ¡Y solamente de nosotros! Es hora ya de que aprendamos a aprovechar estas posibilidades. Es hora ya de acabar con ese punto de vista podrido de no intervenir en la producción. Es hora ya de adoptar otro punto de vista, un punto de vista nuevo, en armonía con el período actual: el de intervenir en todo. El director de una fábrica debe intervenir en todos los asuntos, escrutarlo todo, no perder de vista nada, aprender y aprender siempre. Los bolcheviques deben dominar la técnica. Es hora ya de que los bolcheviques se conviertan ellos mismos en especialistas. La técnica, en el período de reestructuración, lo decide todo. Y un dirigente de la economía que no quiera estudiar la técnica, que no aspire a dominarla, eso no es un dirigente, eso es una parodia. Se dice que es difícil llegar a dominar la técnica. ¡Eso es falso! No existe fortaleza que los bolcheviques no puedan tomar. Hemos resuelto muchos problemas extraordinariamente difíciles. Hemos derrocado el capitalismo. Hemos tomado el Poder. Hemos montado una industria socialista gigantesca. Hemos llevado al campesino medio al camino del socialismo. Lo más importante en el terreno de la construcción lo hemos hecho ya. Nos queda sólo una parte pequeña: estudiar la técnica, dominar la ciencia. Y cuando lo hayamos conseguido, marcharemos a un ritmo con el que ahora no nos atrevemos ni a soñar siquiera. ¡Y si lo queremos de verdad, lo haremos!

Publicado el 5 de febrero de 1931 en el núm. 35 de “Pravda”.