Discurso en la Conferencia de dirigentes de la economía, 23 de junio de 1931. Camaradas: De los elementos de juicio que ofrece la Conferencia se desprende que, desde el punto de vista de la ejecución del plan, nuestra industria presenta un cuadro bastante variado. Existen industrias que han acrecentado la producción durante los últimos cinco meses en un 40 ó 50% respecto al año pasado. El incremento en otras no excede de un 20 ó 30%, y finalmente, en algunas se ha conseguido un aumento mínimo, alrededor de un 6 ó 10% y hasta menos. Entre estas últimas se encuentran la industria hullera y la siderúrgica. El cuadro, como veis, es variado. ¿Cómo se explica esta diversidad? ¿Cuál es la razón del retraso de ciertas industrias? ¿Cuál es la razón de que algunas industrias no acusen en total más que un 20 ó 25% de aumento y de que en la hullera y en la siderúrgica sea menor todavía, lo que les hace quedarse a la zaga de las otras? La razón es que, en los últimos tiempos, las condiciones del desarrollo de la industria han cambiado radicalmente; ha surgido una situación nueva que reclama nuevos métodos de dirección. Pero algunos de nuestros dirigentes de la economía, en lugar de modificar los métodos de trabajo, siguen trabajando con métodos anticuados. Ocurre, pues, que las nuevas condiciones de desarrollo de la industria exigen que el trabajo sea ejecutado de un modo nuevo, y sucede que algunos de nuestros dirigentes de la economía no lo comprenden. y no ven que ahora hay que dirigir de una manera nueva. Esta es la razón del atraso de algunas ramas de nuestra industria. ¿En qué consisten estas nuevas condiciones de desarrollo de nuestra industria? ¿De dónde provienen? Estas nuevas condiciones son, por lo menos, seis. Examinémoslas.

I. La mano de obra. Se trata ante todo de proveer de mano de obra a las empresas. Antes, generalmente, los obreros venían por sí solos a las fábricas; existía, pues, una especie de movimiento espontáneo en este asunto. Tal movimiento espontáneo debíase al desempleo, al proceso de diferenciación en el campo, a la miseria y al miedo al hambre, que empujaba a la gente del campo a la ciudad. ¿Recordáis la fórmula de la “huída del mujik del campo a la ciudad”? ¿Qué obligaba al campesino a huir del campo a la ciudad? El miedo al hambre, la falta de trabajo, la circunstancia de que, para él, la aldea era una madrastra y estaba dispuesto a huir de ella hasta el fin del mundo, con tal de conseguir algún trabajo. Así ocurría, poco más o menos, en un pasado reciente. ¿Se puede decir que la situación sea ahora idéntica? No, no se puede decir. Al contrario, la situación ha cambiado ahora de un modo radical. Y precisamente porque la situación ha cambiado, no hay ya afluencia espontánea de mano de obra. ¿Qué ha cambiado, en rigor, durante este tiempo? En primer lugar, hemos acabado con el paro forzoso; por consiguiente, hemos eliminado la fuerza que gravitaba sobre el “mercado de trabajo”.

En segundo lugar, hemos socavado en su raíz la diferenciación en el campo; por consiguiente, hemos puesto fin a la miseria de las masas, que echaba al labriego del campo a la ciudad. Finalmente, hemos provisto al campo de decenas de miles de tractores y de máquinas agrícolas, hemos vencido al kulak, hemos organizado koljóses y hemos hecho posible que los campesinos vivan y trabajen como seres humanos. Ahora no se puede decir que la aldea sea para el labriego una madrastra. Y precisamente por esto, se queda en el campo, y no hay ya ni “huída del mujik del campo a la ciudad” ni afluencia espontánea de mano de obra. Como veis, tenemos ahora una situación completamente nueva y nuevas condiciones para proveer de mano de obra a las empresas. ¿Qué resulta de esto? En primer lugar, resulta que no se puede contar ya con la afluencia espontánea de la mano de obra. Por lo tanto, de la “política” de la afluencia espontánea hay que pasar a la política de reclutamiento organizado de obreros para la industria. Ahora bien, para esto existe solamente un camino: el de los contratos de las entidades económicas con los koljóses y los koljósianos. Vosotros sabéis que algunas entidades económicas y algunos koljóses siguen ya este caminó y que la experiencia ha demostrado que la práctica de estos contratos

produce resultados de importancia, tanto para los koljóses como para las empresas industriales. En segundo lugar, resulta que es necesario pasar inmediatamente a la mecanización de las operaciones más pesadas de trabajo, desarrollándola al máximo (industria forestal, construcción, industria hullera, carga y descarga, transporte, siderurgia, etc.). Esto no quiere decir, claro está, que se deba abandonar el trabajo manual. Al contrario, el trabajo manual todavía desempeñará durante largo tiempo un papel muy importante en la producción. Lo que esto quiere decir es que la mecanización de las operaciones de trabajo constituye para nosotros esa fuerza nueva y decisiva sin la cual no es posible sostener ni nuestro ritmo ni la nueva magnitud de la producción. Hay todavía un número considerable de dirigentes de la economía que “no creen” en la mecanización ni en los contratos con los koljóses. Son los mismos dirigentes que no comprenden la nueva situación, no quieren trabajar de una manera nueva y añoran los “viejos y buenos tiempos”, en los que la mano de obra “acudía por sí misma” a las empresas. Huelga decir que tales dirigentes están tan alejados como el cielo de la tierra de las nuevas tareas que la nueva situación nos impone en el terreno de la edificación económica. Por lo visto, creen que las dificultades en cuanto a la mano de obra son un fenómeno casual; que la escasez de mano de obra desaparecerá ella sola, como si dijéramos, de una manera espontánea. Esto es un error, camaradas. Las dificultades relacionadas con la mano de obra no pueden desaparecer por sí mismas. No pueden desaparecer más que a costa de nuestros propios esfuerzos. Así, pues, reclutar de manera organizada la mano de obra por medio de contratos con los koljóses, mecanizar el trabajo: tal es la tarea. En esto consiste la primera nueva condición del desarrollo de nuestra industria. Pasemos al examen de la segunda condición.

II. Los salarios de los obreros. Acabo de hablar del reclutamiento organizado de los obreros para nuestras empresas. Pero reclutar obreros no es todo. Para asegurar mano de obra a nuestras empresas, es necesario estabilizar a los obreros en las fábricas y hacer que el contingente obrero en la empresa sea más o menos fijo. No creo que sea necesario demostrar que sin un contingente constante de obreros, que hayan dominado en mayor o menor grado la técnica de la producción y estén familiarizados con los nuevos mecanismos, es imposible marchar hacia adelante, es imposible ejecutar los planes de producción. De lo contrario, cada vez habría que instruir de nuevo a los obreros y malgastar la mitad del tiempo en su aprendizaje, en lugar de utilizarlo en la producción. ¿Pero qué pasa, en realidad, ahora? ¿Se puede decir que el contingente obrero en las empresas sea más o menos constante? No, por desgracia, no se puede decir. Al contrario, existe todavía en las empresas lo que se llama la fluctuación de la mano de obra.

Es más: en diversas empresas, la fluctuación de la mano de obra, lejos de desaparecer, aumenta y se acentúa. En todo caso, encontraréis pocas empresas en las que el contingente obrero no cambie en el curso de un semestre y hasta de un trimestre, por lo menos en proporción de un 30 ó 40%. Antes, en el período de restauración de la industria, cuando nuestro utillaje técnico no era complicado y el volumen de la producción no era grande, se podía “tolerar” más o menos la llamada fluctuación de la mano de obra. Ahora es otra cosa. Ahora, la situación ha cambiado radicalmente. Ahora, en el período de la reconstrucción desplegada, cuando la magnitud de la producción es inmensa y el utillaje técnico complicado en extremo, la fluctuación de la mano de obra se ha convertido en un azote de la producción, que desorganiza nuestras empresas. “Tolerar” ahora la fluctuación de la mano de obra significa desorganizar nuestra industria, matar la posibilidad de ejecutar los planes de producción, socavar la posibilidad de mejorar la calidad de la producción.

¿Cuál es la causa de la fluctuación de la mano de obra? La organización defectuosa de los salarios, el defectuoso sistema de tarifas, la nivelación “izquierdista” de los salarios. En diversas empresas, las tarifas de salarios están establecidas de tal manera, que la diferencia entre el trabajo calificado y el no calificado, entre el trabajo pesado y el trabajo fácil casi desaparece. La nivelación conduce a que el obrero sin calificación no tenga interés en pasar a la categoría de los obreros calificados, a que carezca, por tanto, de la perspectiva de progreso, en vista de lo cual se siente como “ave de paso” en la fábrica, donde no trabaja más que temporalmente para “hacerse” con un poco de dinero y marchar a otra parte a “buscar fortuna”. La nivelación conduce a que el obrero calificado vaya de empresa en empresa para encontrar por fin una donde se sepa apreciar debidamente el trabajo calificado. De aquí el movimiento “general” de empresa en empresa, la fluctuación de la mano de obra. Para cortar este mal, es necesario suprimir la nivelación y acabar con el viejo sistema de tarifas. Para cortar este mal, es necesario organizar un sistema de tarifas que tenga en cuenta la diferencia entre el trabajo calificado y el trabajo no calificado, entre el trabajo pesado y el trabajo ligero. No se puede tolerar que un laminador de la siderurgia gane lo mismo que un barrendero. No se puede tolerar que un maquinista tenga igual salario que un copista, Marx y Lenin dicen que la diferencia entre el trabajo calificado y el no calificado existirá aún en la sociedad socialista, incluso después de la

desaparición de las clases, que solamente en el comunismo habrá de desaparecer esta diferencia y que, por tanto, incluso en la sociedad socialista, el “salario” debe establecerse según el trabajo, y no según las necesidades. Pero nuestros igualitaristas de entre los dirigentes de la economía y los sindicatos no están de acuerdo y piensan que esta diferencia ha desaparecido ya en nuestro régimen soviético. ¿Quién está en lo cierto: Marx y Lenin o los igualitaristas? Es de suponer que Marx y Lenin sean los que tienen razón. Así, pues, de esto se infiere que quien establezca ahora el sistema de tarifas según los “principios” igualitaristas, sin tener en cuenta la diferencia entre el trabajo calificado y el no calificado, rompe con el marxismo, rompe con el leninismo. En cada industria, en cada empresa, en cada taller existen grupos destacados de obreros más o menos calificados, a los que hay que estabilizar en las fábricas, ante todo y sobre todo, si queremos de verdad asegurar un contingente obrero constante en la empresa. Estos grupos destacados de obreros constituyen el eslabón fundamental de la producción. Estabilizarlos en la empresa, en el taller, significa estabilizar todo el contingente de los obreros, significa atacar en la raíz la fluctuación de la mano de obra.

Pero ¿cómo se puede estabilizarlos en la empresa? Ello es solamente posible con ascensos, elevando los salarios, organizando éstos de manera que se tenga debidamente en cuenta la calificación del trabajador. ¿Y qué significa ascender a los obreros y elevar el nivel de su salario?, ¿a qué puede conducir esto respecto a los obreros no calificados? Entre otras cosas, significa abrir perspectivas a los obreros no calificados y estimularlos a progresar, a pasar a la categoría de obreros calificados. Todos sabéis que ahora necesitamos cientos de miles, millones de obreros calificados. Mas, para formar obreros calificados, hay que estimular a los obreros que todavía no lo son y abrir ante ellos perspectivas de avance en su trabajo, de ascenso. Y cuanto más decididamente emprendamos este camino, tanto mejor, porque es el medio fundamental para acabar con la fluctuación de la mano de obra. Economizar en este aspecto es cometer un crimen, es atentar a los interese de nuestra industria socialista. Pero esto no es todo. Para estabilizar a los obreros en la empresa, es necesario continuar mejorando el abastecimiento y sus condiciones de vivienda.

No se puede negar que en la esfera de la construcción de viviendas y en la del abastecimiento de los obreros se ha hecho mucho durante estos últimos años. Pero lo hecho no basta en absoluto para cubrir las necesidades de los obreros, las cuales aumentan rápidamente. No se puede alegar que antes había menos viviendas que ahora y que, por tanto, podemos contentarnos con lo obtenido. Tampoco se puede alegar que antes los obreros estaban mucho peor abastecidos que ahora y que, por tanto, podemos contentarnos con la situación existente. Sólo gentes podridas y viciadas hasta la médula pueden consolarse invocando el pasado. No se debe tomar como punto de partida el pasado, sino las crecientes necesidades de los obreros en la actualidad. Es necesario comprender que las condiciones de existencia de los obreros han cambiado radicalmente. El obrero de hoy no es el que era antes. El obrero de hoy, nuestro obrero soviético, quiere vivir con todas sus demandas materiales y culturales satisfechas, tanto en su aprovisionamiento de productos alimenticios, como en el sentido de la vivienda o en el de la atención a sus exigencias culturales y de todo otro género.

El obrero tiene derecho a ello, y nosotros debemos proporcionarle estas condiciones. Es verdad que ahora no es víctima del desempleo, que está libre del yugo capitalista, que ya no es esclavo, sino dueño y señor. Pero esto no es bastante. El obrero quiere que todas sus demandas materiales y culturales sean atendidas, y nosotros debemos dar satisfacción a tales deseos. No olvidéis que nosotros tenemos con él ciertas exigencias: le exigimos disciplina en el trabajo, un esfuerzo intenso, la emulación, el trabajo de choque. No olvidéis que la abrumadora mayoría de los obreros ha aceptado estas exigencias del Poder Soviético con gran entusiasmo y las cumple heroicamente. Por eso, no os extrañéis si los obreros, que cumplen las exigencias del Poder Soviético, exigen a su vez de él que cumpla sus compromisos en cuanto al mejoramiento continuo de su situación material y cultural. Así, pues, eliminar la fluctuación de la mano de obra, suprimir la nivelación, organizar de una manera acertada los salarios, mejorar las condiciones de existencia de los obreros: tal es la tarea. En esto consiste la segunda nueva condición del desarrollo de nuestra industria. Pasemos al examen de la tercera condición.

III. La organización del trabajo. He hablado antes de la necesidad de acabar con la fluctuación de la mano de obra y de su estabilización en las empresas. Pero la estabilización del personal no agota todo el problema. No basta con lograr que desaparezca la fluctuación. Hay que colocar, además, a los obreros en condiciones de trabajo que les permitan trabajar con los cinco sentidos, elevar el rendimiento, mejorar la calidad de la producción. Es preciso, por tanto, organizar el trabajo en las empresas de tal manera, que el rendimiento aumente de mes en mes, de trimestre en trimestre. ¿Puede decirse que la organización del trabajo, tal como hoy existe en nuestras empresas, responda a las exigencias modernas de la producción?

Desgraciadamente, no puede afirmarse. En todo caso, tenemos todavía diversas empresas donde la organización del trabajo es pésima; donde, en lugar de orden y coordinación en el trabajo, hay desorden y confusión; donde, en lugar de responsabilidad en el trabajo, reinan la irresponsabilidad absoluta y la ausencia de responsabilidad personal. ¿Qué es la ausencia de responsabilidad personal? Es la falta de toda responsabilidad en el trabajo encomendado, la falta de responsabilidad por los mecanismos, las máquinas y las herramientas. Por supuesto, sin responsabilidad personal no puede ni hablarse de un aumento apreciable en la productividad del trabajo, de la mejora de la calidad de la producción, del cuidado de los mecanismos, las máquinas y las herramientas. Todos sabéis las consecuencias de la falta de responsabilidad personal en el transporte ferroviario. A los mismos resultados conduce en la industria. Hemos terminado con la ausencia de responsabilidad personal en los ferrocarriles y mejorado su funcionamiento. Debemos hacer otro tanto en la industria, con el fin de elevar su funcionamiento a un grado superior. Antes podíamos “contentarnos” bien que mal con esta defectuosa organización del trabajo, que se aviene a las mil maravillas con la ausencia de responsabilidad personal y con la falta de responsabilidad de cada uno en un trabajo concreto. Ahora es otra cosa.

Ahora, la situación es completamente distinta. Con la formidable magnitud de la producción actual y con la existencia de empresas gigantes, la ausencia de responsabilidad personal es un azote de tal importancia para la industria, que pone en peligro todos nuestros adelantos en la producción y en la organización de las empresas. ¿Cómo ha podido arraigar la ausencia de responsabilidad personal en algunas de nuestras empresas? Se ha introducido en ellas como una compañera ilegítima de la semana ininterrumpida. Sería equivocado decir que la semana ininterrumpida lleva consigo forzosamente a la ausencia de responsabilidad personal en la producción. Con una adecuada organización del trabajo, con el establecimiento de la responsabilidad personal por un trabajo concreto, con la asignación de determinados grupos de obreros a determinados mecanismos y máquinas-herramientas, con una acertada organización de relevos que no cedan unos a otros en la calidad ni en la calificación de sus componentes, con todas estas condiciones reunidas, la semana ininterrumpida supone un aumento enorme de la productividad y el mejoramiento de la calidad del trabajo, a la par que elimina la ausencia de responsabilidad personal. Así sucede, por ejemplo, en los ferrocarriles, donde en la actualidad se practica la semana de trabajo ininterrumpida, y en los que ya no existe ausencia de responsabilidad personal.

¿Podemos decir que en las empresas industriales tengamos una situación tan halagüeña en lo que respecta a la semana ininterrumpida? Desgraciadamente, no se puede decir tal cosa. La verdad es que diversas empresas nuestras adoptaron la semana ininterrumpida demasiado a la ligera, sin preparar previamente las condiciones necesarias, sin organizar como es debido los relevos, iguales en lo posible por su calidad y por su calificación, sin responsabilizar a cada uno en un trabajo concreto. De ahí que la semana ininterrumpida, abandonada a la espontaneidad, se haya convertido en ausencia de responsabilidad personal. Como resultado tenemos en diversas empresas una semana ininterrumpida ficticia, verbal, y una ausencia de responsabilidad no ficticia, sino auténtica. Como resultado tenemos: falta del sentido de la responsabilidad en el trabajo, trato descuidado de los mecanismos, deterioro generalizado de máquinas-herramientas y carencia de estímulo para elevar la productividad del trabajo. Por eso, no les falta razón a los obreros, cuando dicen: “Nosotros elevaríamos el rendimiento del trabajo y lo mejoraríamos; pero ¿quién apreciaría nuestro esfuerzo, si nadie responde de nada?”. De esto se infiere que algunos de nuestros camaradas se han apresurado demasiado aquí y allá en implantar la semana ininterrumpida y, en su precipitación, la han desnaturalizado y la han convertido en ausencia de responsabilidad personal.

Para poner fin a esta situación y acabar con la ausencia de responsabilidad personal, existen dos soluciones, a bien modificar las condiciones de la semana ininterrumpida, siguiendo el ejemplo de lo hecho en el transporte ferroviario, de modo que no pueda convertirse en ausencia de responsabilidad personal; o bien allí donde no existen las condiciones oportunas para tal experiencia, abandonar la semana ininterrumpida, que sólo existe en el papel, y volver provisionalmente a la semana de seis días, como se ha hecho recientemente en la fábrica de tractores de Stalingrado, mientras se preparan las condiciones para volver, si es necesario, a una semana ininterrumpida no ficticia, sino real; para volver, quizá, a la semana ininterrumpida, pero sin ausencia de responsabilidad personal. No existen otras soluciones. Sin duda, nuestros dirigentes de la economía lo comprenden bastante bien. Pero se callan. ¿Por qué? Porque, al parecer, temen la verdad. Pero ¿desde cuándo los bolcheviques temen la verdad? ¿No es cierto, acaso, que en diversas empresas la semana ininterrumpida se ha convertido en ausencia de responsabilidad personal, que la semana ininterrumpida se ha desnaturalizado así hasta un grado extremo? Uno se pregunta: ¿para qué puede servir tal semana ininterrumpida? ¿Quién osará afirmar que el interés por mantener esta ficticia y desnaturalizada semana ininterrumpida es superior al

interés de una organización acertada del trabajo, superior al interés del desarrollo de la productividad del trabajo, superior al interés de una semana ininterrumpida real, superior al interés de nuestra industria socialista? ¿No es evidente que cuanto antes enterremos la semana ininterrumpida ficticia, antes lograremos una organización acertada del trabajo? Algunos camaradas creen que la ausencia de responsabilidad personal puede suprimirse con exorcismos, por medio de discursos grandilocuentes. Yo conozco, en todo caso, a dirigentes de la economía que, en su lucha contra la ausencia de responsabilidad personal, se limitan a intervenir a menudo en las reuniones denostando contra ella; creen, por lo visto, que, después de tales discursos, la ausencia de responsabilidad personal va a desaparecer por sí sola o, como si dijéramos, de manera espontánea. Se equivocan profundamente si piensan que se la puede eliminar en la práctica por medio de discursos y exorcismos. No, camaradas, la ausencia de responsabilidad personal no desaparecerá nunca por sí sola. Somos nosotros mismos quienes podemos y debemos remediarla, porque estamos en el Poder y respondemos de todo, incluso de la ausencia de responsabilidad personal. Yo creo que sería mucho mejor que nuestros dirigentes de la economía, en lugar de ocuparse de discursos y exorcismos, se instalasen durante un mes o dos, pongo por caso, en la mina o en la fábrica y estudiasen todos los detalles y “pequeñeces” de la organización del trabajo, que suprimieran allí prácticamente la ausencia de responsabilidad y después extendieran la experiencia de esa empresa a otras empresas. Esto valdría mucho más. Esto sería una lucha efectiva contra la ausencia de responsabilidad personal, un esfuerzo por conseguir una acertada organización bolchevique del trabajo, una lucha por la distribución acertada de las fuerzas de la empresa. Así, pues, acabar con la ausencia de responsabilidad personal, mejorar la organización del trabajo, distribuir acertadamente las fuerzas en la empresa: tal es la tarea. En esto consiste la tercera nueva condición del desarrollo de nuestra industria. Pasemos al examen de la cuarta condición.

IV. La cuestión de los intelectuales técnicos salidos de la clase obrera. La situación ha cambiado igualmente en lo que concierne a los dirigentes de la industria en general, y del personal de ingenieros y peritos en particular. Antes la fuente principal de toda nuestra industria era la base hullera y metalúrgica de Ucrania. Ucrania proveía de metales a todas nuestras regiones industriales tanto al Sur como a Moscú y Leningrado. También era ella la que abastecía de carbón a nuestras principales empresas de la U.R.S.S. No menciono aquí los Urales, dado que su importancia era insignificante en comparación con la de la cuenca del Donetz. De este modo contábamos con tres centros principales para la formación de dirigentes de la industria: el Sur, la región de Moscú y la de Leningrado. Se comprende que, con tal estado de cosas, podíamos arreglarnos de un modo o de otro con el mínimo de ingenieros y peritos del que podía entonces disponer nuestro país. Así ocurría en un pasado reciente. Pero ahora, la situación es muy distinta. Ahora es evidente, a mi entender, que, con el ritmo actual de desarrollo y la gigantesca magnitud de la producción, no puede ya bastarnos sólo la base hullera y metalúrgica de Ucrania. Vosotros sabéis que no son suficientes ya la hulla y el metal de Ucrania, a pesar del aumento de su producción. Sabéis que, por ello, debemos crear una nueva base hullera y metalúrgica en el Este: Ural-Kuzbáss. Sabéis que la estamos creando no sin éxito. Pero esto no es suficiente. Necesitamos crear también la metalurgia en la misma Siberia, para dar satisfacción a sus crecientes necesidades; y la estamos creando.

Debemos crear, además de esto, una nueva base de metalurgia no ferruginosa en el Kazajstán, en el Turkestán. Y, finalmente, debemos realizar grandes trabajos de tendido de líneas férreas. Así nos lo imponen los intereses de toda la U.R.S.S. en su conjunto: los de las repúblicas periféricas y los del centro. Ahora bien, de esto se desprende que no podemos ya arreglarnos con el escaso número de ingenieros, de peritos y de dirigentes de la industria con que nos bastaba antes. De ello se desprende que los viejos centros de formación de ingenieros y peritos son ya insuficientes y que es necesario crear toda una red de nuevos centros en los Urales, en Siberia, en el Asia Central. Nos es imprescindible ahora asegurarnos el triple, el quíntuple de ingenieros, peritos y dirigentes de la industria, si queremos de verdad realizar el programa de industrialización socialista de la U.R.S.S. Pero no necesitamos cualquier dirigente, ingeniero o perito. Necesitamos unos dirigentes, ingenieros y peritos capaces de comprender la política de la clase obrera de nuestro país, de compenetrarse de esta política y con aptitudes para aplicarla a conciencia. ¿Qué significa esto? Significa que nuestro país ha entrado en una fase de desarrollo en la cual la clase obrera debe formar sus propios intelectuales técnicos de la producción, capaces de defender sus intereses en la producción como intereses de la clase dominante. Ninguna clase dominante ha podido prescindir de sus propios intelectuales. No hay, por tanto, razón para pensar que la clase obrera de la U.R.S.S. pueda prescindir de sus propios intelectuales técnicos en la producción. El Poder Soviético tuvo en cuenta esta

circunstancia y abrió las puertas de las escuelas superiores en todas las ramas de la economía nacional a los hombres de la clase obrera y del campesinado trabajador. Como sabéis, decenas de miles de jóvenes obreros y campesinos estudian ahora en las escuelas superiores. Si antes, bajo el capitalismo, las escuelas superiores constituían un monopolio de los señoritos, ahora, bajo el régimen soviético, la juventud obrera y campesina es en ellas la fuerza dominante. No hay duda de que pronto saldrán de nuestras escuelas miles de nuevos peritos e ingenieros, de nuevos dirigentes de nuestra industria. Pero esto no es más que un aspecto de la cuestión. El otro estriba en que la intelectualidad técnica de la clase obrera se formará no solamente con hombres procedentes de las escuelas superiores, sino que será reclutada también entre los trabajadores prácticos de nuestras empresas, entre los obreros calificados, entre los hombres cultos de la clase obrera de la fábrica y de la mina. Los iniciadores de la emulación, los jefes de las brigadas de choque, los inspiradores prácticos del entusiasmo en el trabajo, los organizadores de los trabajos en tales o cuales sectores de la edificación constituyen la nueva capa de la clase obrera, que, con los camaradas salidos de las escuelas superiores, debe formar el núcleo de la intelectualidad de la clase obrera, el núcleo de los dirigentes de nuestra industria. La cuestión consiste en no hacer sombra a estos camaradas llenos de iniciativa, que vienen de “abajo”, en promoverlos más resueltamente a los puestos de mando, ofrecerles la oportunidad de poner de manifiesto su capacidad de organización, darles ocasión de enriquecer sus conocimientos y crear para ellos el ambiente propicio, sin escatimar recursos.

Entre estos camaradas hay un buen número de hombres sin-partido. Pero esto no puede ser un obstáculo para promoverlos más decididamente a los puestos de dirección. Por el contrario, precisamente a ellos, a estos camaradas sin-partido, es a quienes se debe rodear de una atención particular, ayudarles a llegar a los puestos de mando para que se persuadan prácticamente de que el Partido sabe apreciar a los trabajadores capaces y de talento. Algunos camaradas creen que para los puestos de dirección de las fábricas no se puede designar más que a camaradas del Partido. Por ello rechazan frecuentemente a camaradas sin-partido capaces y emprendedores, para colocar en los primeros puestos a camaradas del Partido, aunque sean menos aptos y carezcan de iniciativa. Huelga decir que nada hay más estúpido y más reaccionario que tal “política”, si cabe llamarla así. Apenas es necesario demostrar que, con una “política” de tal naturaleza, lo único que se consigue es desacreditar al Partido y alejar de él a los obreros sin-partido. Nuestra política no consiste en absoluto en convertir el Partido en una casta cerrada. Nuestra política consiste en crear una atmósfera de “confianza mutua”, una atmósfera de “control mutuo” (Lenin) entre los obreros miembros del Partido y los obreros sin-partido. Nuestro Partido es fuerte entre la clase obrera, aparte de otras cosas, porque aplica precisamente esta política. Así, pues, lograr que la clase obrera de la U.R.S.S.; cuente con sus propios intelectuales técnicos en la producción: tal es la tarea. En esto consiste la cuarta nueva condición del desarrollo de nuestra industria. Pasemos al examen de la quinta condición.

V. Indicios de un viraje en los antiguos intelectuales técnicos. La cuestión de la actitud que debe observarse con respecto a los antiguos intelectuales técnicos burgueses se plantea también de otra manera. Hace unos dos años, la situación era la siguiente: la parte más calificada de los antiguos intelectuales técnicos estaba contaminada de la enfermedad del sabotaje. Más aún: el sabotaje era entonces una especie de moda. Unos saboteaban, otros encubrían a los saboteadores, aquéllos se lavaban las manos y permanecían neutrales, y otros, por último, vacilaban entre el Poder Soviético y los saboteadores. Naturalmente, la mayoría de los antiguos intelectuales técnicos continuó trabajando con más o menos lealtad. Pero aquí no se trata de la mayoría, sino de la parte más calificada de los intelectuales técnicos. ¿Qué fue lo que provocó el movimiento de sabotaje y qué fue lo que le dio calor? La acentuación de la lucha de clases dentro de la U.R.S.S., la política de ofensiva del Poder Soviético contra los elementos capitalistas de la ciudad y del campo, la resistencia de éstos a la política del Poder Soviético, la complejidad de la situación internacional, las dificultades en la organización de los koljóses y sovjóses.

Si la labor de la parte activa de los saboteadores estaba respaldada por los planes de intervención que tramaban los imperialistas de los países del capital y por las dificultades cerealistas en el interior del país, la inclinación de la otra parte de los antiguos intelectuales técnicos hacia los saboteadores activos era reforzada por los rumores en boga entre los charlatanes trotskistas-mencheviques acerca de que “de todos modos no saldrá nada positivo de los koljóses y sovjóses”, “de todos modos el Poder Soviético degenera y no tardará en caer”, “los bolcheviques mismos favorecen con su política la intervención”, etc., etc. Además, si hasta ciertos viejos bolcheviques, de entre los desviacionistas de derecha, no resistieron la “epidemia”, y durante este período sus vacilaciones lo alejaron del Partido, no puede asombrar que determinada parte de los antiguos intelectuales técnicos, que jamás había olido el bolchevismo, vacilase también, Dios mediante. Se comprende que, en esa situación, el Poder

Soviético no podía practicar más que una sola política en relación con los viejos intelectuales técnicos: la política de aplastamiento de los saboteadores activos, de diferenciación de los neutrales y de atracción de los adictos. Así ocurría hace un par de años. ¿Se puede decir que nuestra situación sea hoy exactamente la misma? No, no puede decirse. Al contrario, ahora existe una situación absolutamente distinta. En primer término, hemos derrotado y estamos reduciendo con éxito a los elementos capitalistas de la ciudad y del campo. Claro que esto no puede alegrar a los intelectuales de viejo cuño. Es muy probable que éstos continúen expresando su condolencia a sus derrotados amigos. Pero no sucede nunca que los simpatizantes, y menos aún los neutrales y los vacilantes, estén dispuestos a compartir la suerte de sus amigos activos, cuando éstos han sufrido una derrota aplastante, irreparable. Además, hemos superado las dificultades cerealistas, y no solamente superado, sino que exportamos cereales en una cantidad que no había sido alcanzada todavía desde que existe el Poder Soviético.

Por lo tanto, este “argumento” de los vacilantes desaparece también. Además, ahora hasta los ciegos ven que en el frente de la organización de los koljóses y sovjóses hemos vencido decididamente, alcanzando éxitos inmensos. Por lo tanto, lo más importante en el “arsenal” de los antiguos intelectuales se ha esfumado. En cuanto a las esperanzas de los intelectuales burgueses en una intervención, hay que convenir en que, por lo menos hasta ahora, han sido castillos en el aire. En efecto, durante seis años se les ha prometido la intervención y ni una vez se ha intentado llevarla a cabo. Es hora ya de reconocer que a nuestros perspicaces intelectuales burgueses los han llevado sencillamente de la nariz. No hablo ya de que la conducta misma de los saboteadores activos durante el conocido proceso de Moscú debía desprestigiar y, en efecto, desprestigió la idea del sabotaje. Es lógico que estas nuevas circunstancias no hayan podido por menos de influir en nuestros antiguos intelectuales técnicos. La nueva situación debía forzosamente crear, y creó en efecto, un nuevo estado de ánimo entre los viejos intelectuales técnicos.

Esto es precisamente lo que explica que existan indicios seguros de un viraje hacia el Poder Soviético en cierta parte de estos intelectuales, que antes simpatizaba con los saboteadores. El hecho de que no sólo este sector de viejos intelectuales, sino cierta parte -una parte considerable- de indudables saboteadores de ayer comience a trabajar en diversas fábricas al lado de la clase obrera, atestigua incuestionablemente que el viraje entre los antiguos intelectuales técnicos ha comenzado ya. Lo que no significa, claro está, que en nuestro país se hayan acabado los saboteadores. De ninguna manera. Saboteadores hay y habrá mientras perduren las clases en nuestro país y mientras subsista el cerco capitalista. Lo que ocurre es que, desde el momento en que una parte considerable de los viejos intelectuales técnicos, que tiempos atrás simpatizaba de una manera o de otra con los saboteadores, se ha vuelto ahora hacia el Poder Soviético, los saboteadores activos han quedado reducidos a un número muy pequeño, están aislados y deberán por el momento pasar a la clandestinidad rigurosa. Ahora bien, de ello se deduce que a este tenor debe cambiar asimismo nuestra política respecto a los antiguos intelectuales técnicos. Si en el apogeo del sabotaje nuestra actitud hacia los viejos intelectuales técnicos se expresaba principalmente en una política de aplastamiento, ahora, en el momento de viraje de estos intelectuales hacia el Poder Soviético, nuestro proceder para con ellos debe consistir, principalmente, en una política que tienda a atraerlos y a rodearlos de atenciones. Sería erróneo y antidialéctico continuar la vieja política en las condiciones nuevas, modificadas. Sería estúpido e insensato ver ahora casi en cada especialista o ingeniero de la vieja escuela un criminal o saboteador no convicto. La “especialistofobia” ha sido siempre y sigue siendo considerada como un fenómeno perjudicial y oprobioso. Así, pues, modificar la actitud hacia los ingenieros y técnicos de la vieja escuela, prestarles más atención y solicitud, atraerlos más decididamente al trabajo: tal es la tarea. En esto consiste la quinta nueva condición del desarrollo de nuestra industria. Pasemos al examen de la última condición.

VI. El principio del cálculo económico. El cuadro resultaría incompleto si no me refiriese a otra nueva condición. Se trata de las fuentes de acumulación para la industria, para la economía nacional, y de la intensificación del ritmo de esta acumulación. ¿En qué consiste lo nuevo y particular en el desenvolvimiento de nuestra industria, desde el punto de vista de la acumulación? En que las viejas fuentes de acumulación empiezan ya a ser insuficientes para seguir desarrollando la industria. En que, por lo tanto, es necesario encontrar nuevas fuentes de acumulación e incrementar las antiguas, si queremos de verdad mantener y desarrollar el ritmo bolchevique de industrialización. Por la historia de los países capitalistas se sabe que no ha habido ni un solo Estado joven deseoso de elevar su industria a un grado superior, que haya podido hacerlo sin la ayuda exterior en forma de créditos y o empréstitos a largo plazo. Partiendo de esto, los capitalistas de los países occidentales negaron a rajatabla a nuestro país créditos y

empréstitos, creyendo que la falta de créditos y empréstitos malograría a ciencia cierta la industrialización de nuestro país. Pero los capitalistas se equivocaron. No tuvieron en cuenta que nuestro país, a diferencia de los países capitalistas, dispone de algunas fuentes peculiares de acumulación suficientes para restablecer y desarrollar la industria. Y, en efecto, no sólo hemos restablecido la industria, no sólo hemos restablecido la agricultura y el transporte, sino que hemos logrado poner en pie la obra grandiosa de la reestructuración de la industria pesada, de la agricultura y del transporte. Naturalmente, en esta obra hemos consumido decenas de miles de millones de rublos. ¿De dónde hemos sacado estos miles de millones? De la industria ligera, de la agricultura, de las acumulaciones presupuestarias. Así han marchado las cosas hasta el último tiempo. Pero ahora la cuestión se presenta de una manera completamente distinta. Si antes las viejas fuentes de acumulación bastaban para la reestructuración de la industria y del transporte, ahora empiezan, evidentemente, a no bastar.

Ahora no se trata de reestructurar la vieja industria. Se trata de crear en los Urales, en Siberia y en el Kazajstán una industria nueva, una industria técnicamente equipada. Se trata de crear en las regiones cerealistas, ganaderas y proveedoras de materias primas de la U.R.S.S. una nueva y gran producción agropecuaria. Se trata de crear una nueva red de ferrocarriles entre el Este y el Oeste de la Unión Soviética. Es lógico que las viejas fuentes de acumulación no puedan bastar para esta obra ingente. Pero esto no es todo. A lo citado hay que añadir la circunstancia de que, como consecuencia de una mala gestión administrativa, en diversas empresas y entidades económicas se ha hecho fracasar los principios del cálculo económico. Es un hecho que en diversas empresas y entidades económicas hace tiempo que se dejó de contar, de calcular, de establecer balances razonados de los ingresos y de los gastos. Es un hecho que en diversas empresas y entidades económicas los conceptos de “régimen de economías”, “reducción de gastos improductivos”, “racionalización de la producción” hace mucho que ya no están de moda.

Por lo visto, esperan que el Banco del Estado “de todas maneras librará las cantidades necesarias”. Es un hecho que, en el último tiempo, el coste de producción en diversas empresas ha empezado a subir. Se les señaló la tarea de bajar el coste de producción en un 10% y más; y, en lugar de eso, lo elevan. ¿Qué significa bajar el coste de producción? Todos sabéis que cada tanto por ciento menos en el coste de producción significa para la industria una acumulación interior de 150 a 200 millones de rublos. Está, pues, claro que elevar el coste de producción en estas condiciones es perder para la industria y para el conjunto de la economía nacional centenares de millones de rublos. De todo esto se infiere que no podemos ya seguir adelante sólo con la industria ligera, sólo con las acumulaciones presupuestarias, sólo con los ingresos de la agricultura. La industria ligera es una riquísima fuente de acumulación y tiene ahora todas las probabilidades de desarrollarse, pero la capacidad de esta fuente no es ilimitada.

La agricultura es una fuente de acumulación no menos rica, pero ella también precisa ahora, en el período de su reestructuración, de la ayuda financiera del Estado. En cuanto a las acumulaciones presupuestarias, vosotros sabéis bien que no pueden y no deben ser ilimitadas. ¿Qué queda entonces? Queda la industria pesada. Hay, pues, que procurar que la industria pesada -y ante todo la construcción de maquinaria- produzca también acumulaciones. Por consiguiente, al tiempo que se refuerzan y desarrollan las viejas fuentes de acumulación, hay que conseguir que la industria pesada -y ante todo la construcción de maquinaria- produzca también acumulación. Esta es la salida. ¿Qué hace falta para esto? Acabar con el desbarajuste administrativo, movilizar los recursos interiores de la industria, aplicar y fortalecer el sistema del cálculo económico en todas nuestras empresas, bajar de manera sistemática el coste de producción, intensificar la acumulación interior en todas las industrias, sin excepción. Esta es la salida. Así, pues, aplicar y fortalecer el sistema del cálculo económico, intensificar la acumulación interior de la industria: tal es la tarea.

VII. Trabajar de manera nueva, dirigir de forma nueva. Estas son, camaradas, las nuevas condiciones del desarrollo de nuestra industria. La importancia de estas nuevas condiciones estriba en que crean una situación nueva en la industria, una situación que exige nuevos procedimientos de trabajo, nuevos métodos de dirección. Así, pues: a) Resulta, por lo tanto, que no se puede contar ya, como antes, con la afluencia espontánea de mano de obra. Para asegurar mano de obra a la industria, es preciso reclutada de un modo organizado, hay que mecanizar el trabajo. Creer que se puede prescindir de la mecanización con nuestro ritmo de trabajo y la magnitud de nuestra producción, significa creer que es posible vaciar el océano a cucharadas. b) Resulta, también, que no se puede tolerar por más tiempo la fluctuación de la mano de obra en la industria. Para vernos libres de éste mal, es necesario organizar los salarios de forma nueva y hacer que el contingente de trabajadores en las empresas sea más o menos estable. c) Resulta, además, que no se puede seguir

tolerando la ausencia de responsabilidad personal en la producción. Para librarnos de este mal, es necesario organizar de forma nueva el trabajo, es necesario distribuir la mano de obra de tal manera, que cada grupo de obreros sea responsable de su trabajo, de las máquinas, del utillaje, de la calidad del trabajo. d) Resulta, además, que es imposible seguir contentándonos, como antes, con el mínimo de viejos ingenieros y peritos que heredamos de la Rusia burguesa. Para aumentar el ritmo y la magnitud actuales de la producción, es necesario lograr que la clase obrera disponga de sus propios intelectuales técnicos en la producción. e) Resulta, además, que no se puede ya medir con el mismo rasero, como antes, a los especialistas, ingenieros y peritos de la vieja escuela en su conjunto. Para responder al cambio de la situación, hay que modificar nuestra política y prestar la máxima solicitud a los especialistas, ingenieros y peritos de la vieja escuela que se orientan decididamente hacia la clase obrera. f) Resulta, por último, que no se puede seguir, como antes, con las viejas fuentes de acumulación. Para garantizar el desarrollo de la industria y de la agricultura, es necesario recurrir a nuevas fuentes de acumulación, acabar con el desbarajuste administrativo, implantar el sistema del cálculo económico, disminuir el coste de producción y elevar la acumulación en el seno de la industria.

Estas san las nuevas condiciones del desarrollo de la industria, que exigen nuevos procedimientos de trabajo, nuevos procedimientos de dirección en la edificación económica. ¿Qué es preciso para organizar la dirección de una forma nueva? Ante todo, se necesita que nuestros dirigentes de la economía comprendan la nueva situación, estudien concretamente las nuevas condiciones del desarrollo de la industria y reorganicen su trabajo según las exigencias de la nueva situación. Se necesita, asimismo, que los dirigentes de nuestra economía dirijan las empresas no de una manera “general”, no “desde las nubes”, sino concretamente, prácticamente; que aborden cada problema no desde el punto de vista de las disquisiciones generales, sino de una manera estrictamente práctica; que no se reduzcan a expedientes formales o a frases y consignas de tipo general, sino que profundicen en la técnica del oficio, que penetren en los detalles del trabajo, que analicen hasta las “cosas pequeñas”, porque precisamente con estas “cosas pequeñas” se hacen ahora las grandes. Se necesita, también, que nuestros voluminosos trusts actuales, que agrupan a veces de cien a doscientas empresas, sean reducidos, fraccionándolos inmediatamente en varios trusts. Está claro que el presidente de un trust, que tiene que entenderse con cien y más fábricas, no puede conocerlas a fondo, no puede conocer ni sus posibilidades ni su funcionamiento.

Está claro que si no conoce las fábricas, no puede dirigirlas. En consecuencia, para que los presidentes de los trusts puedan estudiar las fábricas y dirigidas efectivamente, es necesario descargados de una parte de ellas, es necesario dividir los trusts en varios trusts y aproximados a las fábricas. Se necesita, asimismo, que nuestros trusts pasen de la dirección por juntas de administración a la dirección unipersonal. Ahora sucede que en las juntas de administración de los trusts hay diez o quince personas que escriben papeles y discuten. No se puede seguir dirigiendo así, camaradas. Hay que acabar con la “dirección” basada en el papeleo y entrar de lleno en un trabajo real, práctico, bolchevique. Que al frente del trust quede el presidente y algunos adjuntos. Esto bastará por completo para administrar el trust. En cuanto a los otros miembros de la junta de administración, más valdría que bajasen a las fábricas. Sería mucho más provechoso para ellos y para el trabajo. Se necesita, asimismo, que los presidentes de los trusts y sus adjuntos visiten más a menudo las fábricas y permanezcan más tiempo en ellas desempeñando sus funciones, que conozcan mejor al personal de las fábricas y no sólo lo aleccionen, sino que también aprendan de él. Creer que se puede dirigir ahora desde una oficina, desde un despacho, lejos de las fábricas, es confundir las cosas.

Para dirigir las fábricas, hay que tener un trato más frecuente con el personal de las empresas, hay que mantener con él un contacto vivo. Finalmente, dos palabras sobre nuestro plan de producción para 1931. Alrededor del Partido hay ciertos filisteos que aseguran que nuestro programa de producción es irreal, impracticable. Son algo semejante al “prudentísimo gobio” descrito por Schedrín, siempre dispuesto a extender a su alrededor el “vacío de la estulticia”. ¿Es real nuestro programa de producción? Indudablemente, sí. Es real, aunque sólo sea porque disponemos de todas las condiciones necesarias para cumplirlo. Es real, aunque sólo sea porque su ejecución depende ahora exclusivamente de nosotros mismos, de nuestra capacidad, de nuestro deseo de utilizar las riquísimas posibilidades de que disponemos. Si no, ¿por qué múltiples empresas y ramas de la industria han sobrepasado ya el plan? Por lo tanto, otras empresas y ramas de la industria también pueden cumplir y sobrepasar el plan. Sería estúpido pensar que el plan de producción se reduce a una lista de cifras y tareas. En realidad, el plan de producción es la actividad viva y práctica de millones de hombres. La realidad de nuestro plan de producción son los millones de trabajadores que crean una vida nueva. La realidad de nuestro programa son los hombres de carne y hueso, somos

todos nosotros, nuestra voluntad de trabajo, nuestra disposición de trabajar de forma nueva, nuestra decisión de ejecutar el plan. ¿Tenemos esta decisión? Sí, la tenemos. Por consiguiente, nuestro programa de producción puede y debe ser cumplido. (Prolongados aplausos.)

Publicado el 6 de julio de 1931 en el núm. 183 de “Pravda”.