13 de diciembre de 1931. Ludwig: Le agradezco en extremo que haya tenido a bien recibirme. Llevo más de veinte años estudiando la vida y la actividad de eminentes personalidades históricas. Creo que conozco bien a la gente, pero, en cambio, no entiendo nada de las condiciones sociales y económicas. Stalin: Es usted modesto en exceso. Ludwig: No; es exactamente como lo digo. Por esta precisa razón le haré preguntas que quizá le parezcan extrañas. Hoy mismo he visto aquí, en el Kremlin, algunas reliquias de Pedro el Grande, y la primera pregunta que quiero hacerle es la siguiente: ¿Admite usted un paralelo entre su persona y Pedro el Grande? ¿Se considera usted como el continuador de la obra de Pedro el Grande? Stalin: De ningún modo. Los paralelos históricos son siempre aventurados. Ese paralelo carece de sentido. Ludwig: Pero Pedro el Grande hizo mucho por el desarrollo de su país, para trasplantar a Rusia la cultura occidental. Stalin: Sí, naturalmente, Pedro el Grande hizo mucho para elevar a la clase de los terratenientes y para desarrollar a la naciente clase de los comerciantes.

Pedro el Grande hizo mucho por crear y consolidar el Estado nacional de los terratenientes y de los comerciantes. Tengo que añadir que la elevación de la clase de los terratenientes, la ayuda prestada a la clase naciente de los comerciantes y la consolidación del Estado nacional de esas clases se efectuaron a costa de los campesinos siervos, que eran esquilmados implacablemente. En cuanto a mí, no soy más que un discípulo de Lenin, y el fin de mi vida es ser su digno discípulo. El objetivo a que he consagrado mi vida es la elevación de otra clase: la clase obrera. Mi objetivo no es consolidar un Estado “nacional” cualquiera, sino consolidar un Estado socialista y, por lo tanto, un Estado internacional, cuyo robustecimiento contribuye siempre a fortalecer a toda la clase obrera internacional. Si cada uno de mis pasos en la labor para elevar a la clase obrera y consolidar el Estado socialista de esta clase no persiguiera el fin de asegurar y mejorar la situación de la clase obrera, estimaría que mi vida no tenía sentido.

Ya ve usted que su paralelo no es acertado. En cuanto a Lenin y a Pedro el Grande, este último fue una gota de agua en el mar, y Lenin, todo un océano. Ludwig: El marxismo niega que las personalidades desempeñen un gran papel en la historia. ¿No ve usted una contradicción entre la concepción materialista de la historia y el hecho de que usted reconozca, a pesar de todo, el gran papel de las personalidades históricas? Stalin: No, no hay en esto ninguna contradicción. El marxismo no niega, en modo alguno, el papel de las personalidades eminentes, como tampoco niega que los hombres hacen la historia. En la “Miseria de la filosofía” y en otras obras de Marx, puede usted hallar la afirmación de que son precisamente los hombres quienes hacen la historia. Pero, naturalmente, los hombres no hacen la historia obedeciendo a su fantasía, como les viene a la cabeza. Cada nueva generación encuentra condiciones determinadas, ya dadas cuando ella aparece. Y el valor que representan los grandes hombres depende de en qué medida saben comprender estas condiciones y cómo modificarlas.

Si no comprenden estas condiciones y quieren modificarlas según les sugiere su fantasía, hacen el Quijote. Así, pues, y exactamente según Marx, no se debe oponer los hombres a las condiciones. Son precisamente los hombres los que hacen la historia, pero sólo en la medida en que comprenden bien las condiciones dadas con que se encontraron y sólo en la medida en que comprenden cómo se debe modificarlas. Así es, por lo menos, como comprendemos a Marx nosotros, los bolcheviques rusos. Y lo hemos estudiado durante decenios. Ludwig: Hace aproximadamente treinta años, cuando estudiaba yo en la Universidad, muchos profesores alemanes, que se consideraban partidarios de la concepción materialista de la historia, nos inculcaban la idea de que el marxismo niega el papel de los héroes, el papel de las personalidades heroicas en la historia. Stalin: Eran vulgarizadores del marxismo. El marxismo nunca ha negado el papel de los héroes. Por el contrario, reconoce que el papel que desempeñan es considerable, pero con las reservas que acabo de hacer. Ludwig: En torno a esta mesa a la que estamos

sentados hay 16 sillas. En el extranjero se sabe, por un lado, que la U.R.S.S. es un país en el que todo debe decidirse colectivamente y, por otro lado, se sabe que todo se decide unipersonalmente. ¿Quién decide, pues? Stalin: No, no se puede decidir unipersonalmente. Las decisiones unipersonales siempre o casi siempre son unilaterales. En toda colectividad hay personas cuya opinión es necesario tener en cuenta. En toda colectividad hay personas que pueden sustentar también opiniones equivocadas. Por la experiencia de tres revoluciones sabemos que de cien decisiones unipersonales, que no se comprueben y enmienden colectivamente, alrededor de noventa son unilaterales. Nuestro órgano directivo, el Comité Central de nuestro Partido, que dirige todas nuestras organizaciones de los Soviets y del Partido, lo integran unos setenta miembros. Entre estos setenta miembros del Comité Central se encuentran nuestros mejores industriales, nuestros mejores cooperadores, nuestros mejores intendentes, nuestros mejores militares, nuestros mejores propagandistas, nuestros mejores agitadores, nuestros mejores conocedores de los sovjóses, nuestros mejores conocedores de los koljóses, nuestros mejores conocedores de la hacienda campesina individual, nuestros mejores conocedores de las naciones de la Unión Soviética y de la política nacional.

En este areópago está concentrada la sabiduría de nuestro Partido. Cada uno puede corregir la opinión o la propuesta personal de cualquiera. Cada uno puede aportar su experiencia. Si no fuera así, si las decisiones se tomasen unipersonalmente, cometeríamos grandísimos errores en nuestro trabajo. Pero, como cada cual puede corregir los errores en que incurran unos u otros, y como nosotros tenemos en cuenta estas correcciones, nuestras decisiones resultan más o menos acertadas. Ludwig: Usted ha actuado decenas de años en la clandestinidad. Tuvo que transportar clandestinamente armas, publicaciones, etc. ¿No cree usted que los enemigos del Poder Soviético pueden adoptar su experiencia y luchar contra el Poder Soviético por los mismos métodos? Stalin: Naturalmente, es muy posible. Ludwig: ¿No es ése el motivo del rigor y del espíritu implacable del Poder de ustedes en la lucha contra sus enemigos? Stalin: No, ése no es el motivo principal. Se pueden citar varios ejemplos históricos. Cuando los bolcheviques llegaron al Poder, al principio dieron muestras de blandura para con sus enemigos. Los mencheviques seguían existiendo legalmente y publicaban su periódico. Los eseristas también seguían existiendo legalmente y tenían su periódico. Hasta los demócratas constitucionalistas seguían editando su periódico.

Cuando el general Krasnov organizó la marcha contrarrevolucionaria sobre Leningrado y cayó en nuestras manos, las condiciones de tiempo de guerra nos permitían, por lo menos, retenerlo como prisionero; más aún, debíamos haberlo fusilado. Pero nosotros lo pusimos en libertad “bajo palabra de honor”. ¿Y qué sucedió? No tardó en verse bien claro que esta blandura no hacía sino socavar la solidez del Poder Soviético. Cometimos un error dando muestras de semejante blandura con los enemigos de la clase obrera. Si hubiésemos continuado repitiendo este error, habríamos cometido un crimen para con la clase obrera, habríamos traicionado sus intereses. Y esto no tardó en manifestarse con absoluta claridad. Muy pronto se vio que, cuanto mayor era la blandura para con nuestros enemigos, tanta mayor resistencia ofrecían estos enemigos. Poco después, los eseristas de derecha Gots y otros y los mencheviques de derecha organizaron en Leningrado una acción contrarrevolucionaria de los cadetes, que costó la vida a muchos de nuestros marinos revolucionarios. El propio Krasnov, a quien habíamos puesto en libertad “bajo palabra de honor”, organizó a los guardias blancos cosacos. Se unió a Mámontov y durante dos años sostuvo una lucha armada contra el Poder Soviético. No tardó en comprobarse que estos generales blancos estaban respaldados por agentes de los Estados capitalistas occidentales: Francia, Inglaterra, Norteamérica, y asimismo el Japón.

Nos persuadimos de que nos habíamos equivocado dando muestras de blandura. Comprendimos por experiencia que sólo podríamos meter en cintura a esos enemigos empleando con ellos la política más implacable de represión. Ludwig: A mí me parece que una parte considerable de la población de la Unión Soviética experimenta temor, miedo al Poder Soviético, y que, en cierto grado, la estabilidad del Poder Soviético descansa en este sentimiento de temor. Quisiera saber qué sensación experimenta usted ante la idea de que es preciso atemorizar para fortalecer el Poder. Lo pregunto porque con sus camaradas, con sus amigos usted procede con métodos completamente distintos a los de la intimidación, en tanto que a la población se la atemoriza. Stalin: Se equivoca. Por cierto que su error es el de muchos. ¿De verdad cree usted que habríamos podido mantenernos en el Poder catorce años y contar con el apoyo de ingentes masas merced al método de intimidación, de amedrentamiento? No, eso es imposible. Nadie sabía atemorizar mejor que el gobierno zarista. En este terreno tenía una enorme y vieja experiencia. La burguesía europea, en particular la francesa, ayudaba por todos los medios, en este sentido, al zarismo y le enseñaba a amedrentar al pueblo. A pesar de esa experiencia, a pesar de la ayuda de la burguesía europea, la política de amedrentamiento llevó a la derrota del zarismo.

Ludwig: Pero los Románov se mantuvieron trescientos años. Stalin: Sí, pero ¿cuántas insurrecciones y alzamientos hubo en el transcurso de esos trescientos años? La insurrección de Stepán Razin, la insurrección de Emelián Pugachov, la insurrección de los decembristas, la revolución de 1905, la revolución de febrero de 1917, la revolución de Octubre. No hablo ya de que media una diferencia radical entre las condiciones actuales de la vida política y cultural del país y las condiciones de los viejos tiempos, cuando la ignorancia, la incultura, la sumisión y el atraso político de las masas permitían a los “gobernantes” de entonces permanecer en el Poder durante un plazo más o menos prolongado. En cuanto al pueblo, en cuanto a los obreros y a los campesinos de la U.R.S.S., no son, ni mucho menos, tan apacibles, tan sumisos ni se hallan tan atemorizados como usted se los imagina. En Europa, muchos se figuran a la gente de la U.R.S.S. a lo antiguo, creyendo que en Rusia viven hombres, en primer lugar, sumisos y, en segundo lugar, perezosos. Es un concepto anticuado y profundamente inexacto que se formó en Europa desde que comenzaron a frecuentar París los terratenientes rusos, que despilfarraban allí el dinero saqueado y holgazaneaban. Aquella gente sí que era de verdad abúlica e inútil. De ahí partían las deducciones acerca de la “pereza rusa”.

Pero eso no concierne en absoluto a los obreros y a los campesinos rusos, que siempre se han ganado y se ganan la vida con su propio trabajo. Es muy extraño considerar sumisos y perezosos a los campesinos y a los obreros rusos, que han hecho tres revoluciones en un breve lapso, han arrojado por la borda al zarismo y a la burguesía y ahora edifican victoriosamente el socialismo. Usted me preguntaba hace un momento si en nuestro país todo lo decide una persona. Jamás, en ninguna circunstancia tolerarían hoy nuestros obreros el Poder de una sola persona. En nuestro país, los prestigios de mayor magnitud quedan anulados, se reducen a la nada en cuanto las masas obreras les retiran su confianza, en cuanto pierden el contacto con las masas obreras. Plejánov gozaba de excepcional prestigio. ¿Y qué? En cuanto comenzó a cojear políticamente, los obreros le olvidaron, se apartaron de él y le olvidaron. Otro ejemplo: Trotski, Trotski también gozaba de gran prestigio; claro está, ni mucho menos como el de Plejánov. ¿Y qué? En cuanto se apartó de los obreros, le olvidaron. Ludwig: ¿Le olvidaron por completo? Stalin: Le recuerdan a veces con rencor. Ludwig: ¿Todos le recuerdan con rencor? Stalin: Por lo que atañe a nuestros obreros, recuerdan a Trotski con rencor, con irritación con odio. Naturalmente, hay una pequeña parte de la población que, en efecto, teme al poder Soviético y lucha contra él.

Me refiero a los restos de las clases agonizantes, de las clases que vamos liquidando y, ante todo, a una parte insignificante del campesinado: a los kúlaks. Pero no se trata sólo de la política dé intimidación de estos grupos, que existe realmente. Todo el mundo sabe que los bolcheviques no nos limitamos en este aspecto a intimidar y vamos más lejos, orientándonos a la liquidación de esta capa burguesa. Ahora bien, la población trabajadora de la U.R.S.S., los obreros y los campesinos trabajadores, que constituyen, por lo menos, el 90% de la población, son partidarios del Poder Soviético y la abrumadora mayoría de ellos apoya activamente al régimen soviético. Y apoyan al régimen soviético porque este régimen atiende los intereses vitales de los obreros y de los campesinos. Esa es la base de la solidez del Poder Soviético, y no la llamada política de intimidación. Ludwig: Muchas gracias por su respuesta. Le ruego que me disculpe si la pregunta que le voy a hacer le parece extraña. En su biografía hay elementos de acciones “bandidescas”, por decido así. ¿Se ha interesado usted por la personalidad de Stepán Razin? ¿Qué opinión le merece como “bandido ideológico”? Stalin: Los bolcheviques siempre nos hemos interesado por personalidades históricas cómo Bolótnikov, Razin, Pugachov, etc.

Hemos visto en las acciones de estos hombres el reflejo de la indignación espontánea de las clases oprimidas, la insurrección espontánea del campesinado contra el yugo feudal. Para nosotros siempre ha ofrecido interés el estudio de la historia de los primeros intentos de insurrecciones campesinas de este género. Pero, naturalmente, en este terreno no puede establecerse ninguna analogía con los bolcheviques. Las insurrecciones campesinas aisladas, aun en el caso de que no sean “bandidescas” y desorganizadas como la de Stepán Razin, no pueden conducir a nada serio. Las insurrecciones campesinas pueden tener éxito únicamente si se combinan con insurrecciones obreras y si los obreros dirigen las insurrecciones campesinas. Sólo la insurrección combinada, con la clase obrera al frente, puede conducir al objetivo. Además, hablando de Razin y Pugachov, no hay que olvidar nunca que eran partidarios del zarismo: estaban contra los terratenientes, pero por un “zar bueno”. Ese era su lema. Cómo ve usted, la analogía con los bolcheviques es por entero inadecuada. Ludwig: Permítame unas cuantas preguntas acerca de su biografía. Cuando me entrevisté con Masaryk, éste me dijo que se consideraba socialista desde los seis años de edad. ¿Cuándo se hizo usted socialista y que fue lo que le indujo a ello? Stalin: No puedo afirmar que a los seis años sintiera ya atracción por el socialismo. Y ni siquiera a

los diez o a los doce. Ingresé en el movimiento revolucionario a los quince años de edad, cuando me relacioné con los grupos clandestinos de los marxistas rusos que vivían entonces en la Transcaucasia. Estos grupos ejercieron gran influencia en mí y me aficionaron a la literatura marxista clandestina. Ludwig: ¿Qué le llevó a usted a la oposición? ¿Tal vez malos tratos de los padres? Stalin: No. Mis padres carecían de instrucción, pero no me trataban nada mal. La cosa era distinta en el seminario religioso ortodoxo en el que yo estudiaba entonces. Llevado de la protesta contra el régimen escarnecedor y los métodos jesuíticos que existían en el seminario, yo estaba dispuesto a hacerme y, en efecto, me hice revolucionario, partidario del marxismo, como doctrina verdaderamente revolucionaria. Ludwig: Pero ¿acaso no reconoce usted las cualidades positivas de los jesuitas? Stalin: Sí, tienen sistema y perseverancia en el trabajo para alcanzar malos fines. Pero su método fundamental es la vigilancia, el espionaje, el sonsacamiento, el escarnio; ¿qué puede tener esto de positivo? Por ejemplo, la vigilancia en la residencia: a las nueve de la mañana sonaba el timbre para el té, íbamos al comedor y, cuando volvíamos a nuestras habitaciones, resultaba que nos habían registrado y revuelto ya todas nuestras cosas...

¿Qué puede tener esto de positivo? Ludwig: Observo en la Unión Soviética una estima excepcional por todo lo norteamericano, yo diría incluso admiración a todo lo norteamericano, es decir, al país del dólar, al país más consecuentemente capitalista. Estos sentimientos existen también en la clase obrera de ustedes y no se refieren solamente a los tractores y automóviles, sino a los norteamericanos en general. ¿A qué obedece esto, según usted? Stalin: Usted exagera. No sentimos ninguna admiración especial por todo lo norteamericano, pero admiramos el espíritu práctico norteamericano en todo: en la industria, en la técnica, en la literatura y en la vida. No olvidamos nunca que los Estados Unidos son un país capitalista. Pero entre los norteamericanos hay mucha gente sana en el aspecto espiritual y físico, sana por todo su modo de abordar el trabajo, los asuntos. Este espíritu práctico, esta sencillez es lo que nos gusta. A pesar de que Norteamérica es un país capitalista altamente desarrollado, allí los usos en la industria, los hábitos en la producción tienen algo de democratismo, cosa que no se puede decir de los viejos países capitalistas europeos, donde perdura aún en todo el espíritu señoril de la aristocracia feudal. Ludwig: Usted no sospecha siquiera la razón que tiene. Stalin: ¿Quién sabe? Quizá lo sospeche.

Aunque en Europa hace mucho que se acabó con el feudalismo como régimen social, subsisten considerables pervivencias suyas en la vida y en las costumbres. El medio feudal sigue dando peritos, especialistas, hombres de ciencia y escritores que introducen los hábitos señoriales en la industria, en la técnica, en la ciencia y en la literatura. Las tradiciones feudales no han sido extirpadas por completo. Esto no puede decirse de Norteamérica, el país de los “colonizadores libres”, sin terratenientes, sin aristócratas. Eso explica los hábitos norteamericanos en la producción, hábitos sólidos y relativamente sencillos. Nuestros obreros dirigentes de la economía que han estado en Norteamérica han captado inmediatamente este rasgo. Contaban, no sin cierta agradable sorpresa, que, en Norteamérica, en el proceso de la producción es difícil distinguir por el aspecto al ingeniero del obrero. Y esto les gusta, naturalmente. En Europa es muy distinto. Pero, si se habla de nuestras simpatías por alguna nación, o, mejor dicho, por la mayoría de una nación, naturalmente hay que hablar de nuestras simpatías por los alemanes. Con estas simpatías no pueden compararse nuestros sentimientos hacia los norteamericanos. Ludwig: ¿Por qué precisamente por la nación alemana? Stalin: Aunque sólo sea porque ha dado al mundo hombres como Marx y Engels.

Basta consignar este hecho, precisamente como hecho. Ludwig: Últimamente, entre ciertos políticos alemanes se observan serios temores de que la política de tradicional amistad de la U.R.S.S. y Alemania sea relegada a segundo plano. Estos temores han surgido a raíz de las negociaciones de la U.R.S.S. con Polonia. Si de estas negociaciones resultara el reconocimiento de las actuales fronteras de Polonia por la U.R.S.S., eso sería una dura decepción para todo el pueblo alemán, que considera hasta ahora que la U.R.S.S. lucha contra el sistema de Versalles y que no se propone reconocerlo. Stalin: Sé que entre algunos estadistas alemanes se observa cierto disgusto e inquietud ante la posibilidad de que la Unión Soviética, en sus negociaciones o en un tratado cualquiera con Polonia, dé un paso que signifique que la Unión Soviética sanciona o garantiza las posesiones y las fronteras de Polonia. A mi modo de ver, estos temores son equivocados. Siempre hemos declarado que estamos dispuestos a suscribir un pacto de no agresión con cualquier Estado. Hemos concertado ya estos pactos con varios Estados. Hemos declarado públicamente que estamos dispuestos a firmar un pacto semejante también con Polonia. Si declaramos que estamos dispuestos a firmar un pacto de no agresión con Polonia, no lo decimos por decir, sino para firmar

realmente tal pacto. Nosotros somos políticos, si se quiere, de un género especial. Hay políticos que hoy prometen o declaran una cosa, y al día siguiente olvidan o niegan lo que habían declarado, y lo hacen sin sonrojarse siquiera. Nosotros no podemos obrar así. Lo que se hace fuera del país termina por conocerse inevitablemente en el interior, terminan por conocerlo todos los obreros y campesinos. Si nosotros dijéramos una cosa e hiciéramos otra, perderíamos nuestro prestigio entre las masas populares. En cuanto los polacos han declarado que estaban dispuestos a negociar con nosotros un pacto de no agresión, naturalmente hemos aceptado y emprendido las negociaciones. ¿Qué es, desde el punto de vista de los alemanes lo más peligroso que puede ocurrir? ¿Un cambio de las relaciones con los alemanes, su empeoramiento? Pero no existe ninguna razón para ello. Nosotros, e igualmente los polacos, debemos declarar en el pacto que no recurriremos a la violencia, a la agresión para cambiar las fronteras de Polonia, de la U.R.S.S. o vulnerar su respectiva independencia. Exactamente lo mismo que nosotros hacemos esta promesa a los polacos, ellos también nos hacen análoga promesa. Sin un punto relativo a que no pretendemos hacer la guerra para vulnerar la independencia o la integridad de las fronteras de nuestros Estados, sin semejante punto no se puede concertar el pacto.

De otro modo, no hay ni que hablar del pacto. Eso es lo máximo que podemos hacer. ¿Significa esto un reconocimiento del sistema de Versalles? No. ¿O es, tal vez, una garantía de las fronteras? No. Jamás hemos sido garantes de Polonia ni lo seremos nunca, lo mismo que Polonia no ha sido ni será garante de nuestras fronteras. Nuestras relaciones amistosas con Alemania continúan siendo como eran hasta ahora. Esta es mi firme convicción. Por lo tanto, los temores de que habla usted son completamente infundados. Estos temores obedecen a los rumores que propalan ciertos polacos y franceses. Estos temores desaparecerán cuando hagamos público el pacto, si lo firma Polonia. Todo el mundo verá que no contiene nada contra Alemania. Ludwig: Le estoy muy agradecido por esta declaración. Permítame que le haga la siguiente pregunta. Usted habla del “igualitarismo”, y esta palabra tiene determinado matiz irónico respecto al igualitarismo general. Pero el igualitarismo general es el ideal socialista. Stalin: El marxismo no sabe de un socialismo en el que todos los hombres reciban un salario igual, la misma cantidad de carne, la misma cantidad de pan, vistan lo mismo, reciban análogos productos alimenticios y en la misma cantidad.

El marxismo dice sólo una cosa: mientras no se haya acabado definitivamente con las clases y mientras el trabajo no se haya convertido de medio para la existencia en la primera necesidad del hombre, en trabajo voluntario para la sociedad, se retribuirá a los hombres con arreglo a su trabajo. “De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según su trabajo”: ésta es la fórmula, marxista del socialismo, es decir, la fórmula de la primera fase del comunismo, de la primera fase de la sociedad comunista. Sólo en la etapa superior del comunismo, sólo en la fase superior del comunismo, cada cual, trabajando con arreglo a su capacidad, recibirá por su trabajo con arreglo a sus necesidades. “De cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades”. Está absolutamente claro que personas distintas tienen y tendrán bajo el socialismo distintas necesidades. El socialismo jamás ha negado la diferencia en los gustos, en la cantidad y la calidad de las necesidades. Lea cómo Marx criticó a Stirner por sus tendencias al igualitarismo; lea la crítica de Marx al programa de Gotha de 187529; lea los trabajos posteriores de Marx, Engels y Lenin y verá usted con qué energía atacan el igualitarismo. El igualitarismo tiene su origen en el modo de pensar del campesino individual, en la psicología del reparto de todos los bienes por igual, en la psicología del “comunismo” campesino primitivo, El igualitarismo no tiene nada de común con el socialismo marxista.

Sólo gentes que no conocen el marxismo pueden imaginarse la cosa tan rudimentariamente como si los bolcheviques rusos quisieran juntar todos los bienes y repartirlos después por igual. Así se imaginan las cosas gentes que no tienen nada que ver con el marxismo. Así se imaginaban el comunismo gentes como los “comunistas” primitivos de los tiempos de Cromwell y de la revolución francesa. Pero el marxismo y los bolcheviques rusos no tienen nada de común con semejantes “comunistas” igualitaristas. Ludwig: Está fumando usted un cigarrillo. ¿Dónde está su legendaria pipa, señor Stalin? Usted dijo una vez que las palabras y las leyendas pasan, quedan los hechos. Pero, créame, millones de personas en el extranjero, que no conocen ciertas palabras y hechos de usted, conocen su legendaria pipa. Stalin: La dejé olvidada en casa. Ludwig: Le voy a hacer una pregunta que quizá le sorprenda mucho. Stalin: Los bolcheviques rusos hace tiempo que estamos habituados a no sorprendernos. Ludwig: Y nosotros en Alemania también. Stalin: Sí, ustedes pronto dejarán de sorprenderse en Alemania. Ludwig: Mi pregunta es la siguiente: usted ha corrido muchas veces riesgos y peligros, ha sido perseguido. Ha participado en combates. Varios amigos íntimos de usted sucumbieron. Usted ha conservado la vida. ¿Cómo se lo explica? ¿Acaso cree usted en el destino? Stalin: No, no creo. Los bolcheviques, los

marxistas no creen en el “destino”. El concepto mismo de destino, el concepto de “Schicksal” es un prejuicio, una necedad, una pervivencia de la mitología, como la mitología de los antiguos griegos para quienes la diosa Fortuna regía los destinos de los hombres. Ludwig: ¿Quiere decir que se debe a la casualidad el que usted no haya perecido? Stalin: Existen causas interiores y exteriores, que, en conjunto, han determinado el que yo no haya perecido. Pero, con absoluta independencia de estas causas, podría haber otro en mi puesto, pues alguien debía hallarse aquí. El “destino” es algo no sometido a las leyes objetivas, algo místico. No creo en la mística. Claro está, existieron causas para que los peligros pasaran de largo. Pero podían haber sucedido otras muchas casualidades, otras muchas causas que hubieran podido conducir a un resultado diametralmente opuesto. En esto no tiene nada que ver lo que se llama destino. Ludwig: Lenin pasó muchos años en el extranjero, en la emigración. Usted ha estado en el extranjero muy poco tiempo. ¿Considera usted que eso es una desventaja? ¿No considera que los que vivieron en el extranjero, en la emigración, y tuvieron la posibilidad de estudiar de cerca Europa -aunque perdiendo el contacto directo con su pueblo- han sido más útiles a la revolución que los revolucionarios que, trabajando aquí, conocían el estado de ánimo de su pueblo, pero conocían poco Europa?

Stalin: Se debe excluir a Lenin de esta comparación. Hay muy poca gente que, habiéndose quedado en Rusia, estuviera ligada tan estrechamente como Lenin, a pesar de su larga estancia en el extranjero, a la realidad rusa, al movimiento obrero en el interior del país. Cada vez que iba a verle al extranjero –en 1906, 1907, 1912 y 191330- veía en su casa montones de cartas escritas por los camaradas que trabajaban en Rusia, y Lenin siempre sabía más que los que se hallaban en Rusia. El consideró siempre su estancia en el extranjero como una carga. Los camaradas que quedaron en Rusia y no fueron al extranjero son, desde luego, más numerosos en el Partido y en su dirección que los antiguos emigrados, y tuvieron, evidentemente, la posibilidad de ser más útiles a la revolución que los emigrados. En nuestro Partido, por cierto, quedan pocos emigrados. Entre los dos millones de militantes que tiene el Partido, no serán más de cien o doscientos. Entre los setenta miembros del Comité Central, sólo tres o cuatro, a lo sumo, vivieron en la emigración. En cuanto al conocimiento, al estudio de Europa, es evidente que los que han querido estudiarla tenían más posibilidades de hacerlo viviendo allí. En este aspecto, aquellos de nosotros que hemos vivido poco tiempo en el extranjero, hemos perdido algo.

Pero la estancia en el extranjero no tiene, ni mucho menos, una importancia decisiva para el estudio de la economía y de la técnica europeas, de los cuadros del movimiento obrero, de la literatura en general o de la literatura científica. Cuando todas las otras condiciones son las mismas, sin duda es más fácil estudiar Europa, viviendo en ella. Pero la desventaja de quienes no han pasado en Europa largas temporadas, no tiene gran importancia. Al contrario, conozco a muchos camaradas que han vivido 20 años en el extranjero, en sitios como, Charlottenburgo o el Barrio Latino, que se han pasado años enteros en los cafés, bebiendo cerveza, y que no han sabido estudiar Europa ni entenderla. Ludwig: ¿No cree usted que en los alemanes, como nación, el amor al orden está más desarrollado que el amor a la libertad? Stalin: En otros tiempos, en Alemania, efectivamente, se respetaban mucho las leyes. En 1907, cuando viví dos o tres meses en Berlín, los bolcheviques rusos nos reíamos con frecuencia de algunos amigos alemanes por este respeto a las leyes. Circulaba, por ejemplo, la anécdota de que, en una ocasión la directiva de la agrupación socialdemócrata de Berlín había convocado una manifestación para un día y una hora determinada, a la que debían acudir afiliados a la organización de todos los suburbios.

Un grupo de 200 personas de un arrabal, aunque llegó a la hora fijada a la ciudad, no tomó parte en la manifestación, porque durante dos horas había permanecido en el andén de la estación sin decidirse a abandonarlo, pues no estaba el empleado que recogía los billetes a la salida y no había a quién entregárselos. Contaban en broma que hubo de intervenir un camarada ruso, quien indicó a los alemanes una solución sencilla: marcharse del andén sin entregar los billetes... Pero ¿acaso en Alemania ocurre ahora algo parecido? ¿Acaso en Alemania respetan ahora las leyes? ¿Acaso los propios nacional-socialistas, que parece que deberían velar más que nadie por la legalidad burguesa, no infringen estas leyes, no asaltan los clubs obreros y no asesinan impunemente a los obreros? No hablo ya de los obreros, los cuales, así me parecer, hace tiempo que perdieron el respeto a la legalidad burguesa. Si, los alemanes han cambiado notablemente en los últimos tiempos. Ludwig: ¿En qué condiciones es posible la unificación completa y definitiva de la clase obrera bajo la dirección de un solo partido? ¿Por qué, como dicen los comunistas semejante unificación de la clase obrera sólo es posible después de la revolución proletaria? Stalin: Semejante unificación de la clase obrera en torno al Partido Comunista puede llevarse a cabo más fácilmente que nunca cuando triunfe la revolución proletaria. Pero, sin duda, se realizará en lo fundamental ya antes de la revolución.

Ludwig: ¿Es la ambición un estímulo o un estorbo para la actividad de una gran personalidad histórica? Stalin: En distintas condiciones es distinto el papel de la ambición. Según las condiciones, la ambición puede ser un estímulo o un estorbo para la actividad de una gran personalidad histórica. La mayor parte de las veces es un estorbo. Ludwig: ¿Es la Revolución de Octubre en algún aspecto la continuación y la culminación de la gran revolución francesa? Stalin: La Revolución de Octubre no es la continuación ni la culminación de la gran revolución francesa. El objetivo de la revolución francesa era liquidar el feudalismo para implantar el capitalismo. En cambio, el objetivo de la Revolución de Octubre es liquidar el capitalismo para implantar el socialismo.

Publicado el 30 de abril de 1932 en el núm. 8 de “Bolshevik”.