13 de mayo de 1933 (Resumen). Stalin: ¿En qué puedo servirle? Robins: Es para mí un gran honor poder visitarle. Stalin: No tiene nada de particular. Usted exagera. Robins (riéndose): Lo más interesante para mí es que en toda Rusia he visto escritos juntos los nombres de Lenin y Stalin, Lenin y Stalin, Lenin y Stalin. Stalin: Eso también es exagerado. Cómo voy a compararme con Lenin. Robins (riéndose): ¿Será también exagerado decir que el gobierno más viejo del mundo en todo este tiempo es el gobierno de la Rusia Soviética, el Consejo de Comisarios del Pueblo? Stalin: Eso, quizá, no sea exagerado. Robins: Es de interés e importancia el hecho de que este gobierno no haya marchado, en su labor, en una dirección reaccionaria y que el gobierno puesto por Lenin haya resultado fuerte y se oponga a todas las tendencias contrarias. Stalin: Eso es cierto. Robins: En la manifestación del Primero de Mayo he percibido con brillantez y realce extraordinarios el desarrollo alcanzado por Rusia en quince años, porque asistí a la manifestación del Primero de Mayo de 1918 y ahora, a la de 1933.

Stalin: En los últimos tiempos hemos hecho algo. Pero quince años son un largo período. Robins: En la vida de un Estado es, sin embargo, un breve período para un progreso tan grande como el logrado en este tiempo por la Rusia Soviética. Stalin: Podríamos haber hecho más, pero no hemos sabido. Robins: Es interesante comparar los lemas fundamentales, las líneas fundamentales de ambas manifestaciones. La manifestación de 1918 estuvo dirigida al exterior, al proletariado del mundo entero, al proletariado internacional, haciéndole un llamamiento a la revolución. Ahora, el lema ha sido otro. Ahora, hombres, mujeres y jóvenes han ido a la manifestación para decir: mirad al país que construimos, mirad al país que defenderemos con todas nuestras fuerzas. Stalin: Entonces la manifestación fue de agitación, y ahora, de balance. Robins: Usted, probablemente, sabe que a lo largo de quince años me he interesado por el establecimiento de relaciones razonables entre ambos países y he tratado de eliminar la actitud hostil que existe en las esferas gobernantes de Norteamérica.

Stalin: Lo sabía en 1918 por Lenin, y luego, por los hechos. Lo sé. Robins: He venido aquí a título estrictamente particular y hablo en nombre propio. El propósito principal de mi viaje es averiguar cuáles son las perspectivas de relaciones, cuál es el verdadero estado de cosas respecto a la capacidad de trabajo de los obreros rusos y su aptitud para la innovación creadora. La propaganda antisoviética dice que el obrero ruso es perezoso, que el obrero ruso no sabe trabajar, que las máquinas se echan a perder en sus manos, que tal país no tiene futuro. Quiero combatir esa propaganda no sólo con palabras, sino con hechos en las manos. La segunda cuestión que me interesa a este respecto es la situación en la agricultura. Se afirma que la industrialización ha destruido la agricultura, que los campesinos han dejado de sembrar, de cosechar los cereales. Cada año se asegura que este año Rusia se morirá, sin remedio, de hambre. Quiero informarme de lo que ocurre en la agricultura, a fin de refutar tales afirmaciones.

Espero ver las superficies sembradas este año por primera vez de nuevos cultivos. Sobre todo me interesa el fomento de los cultivos cerealistas fundamentales de la Unión Soviética. La tercera cuestión que me interesa es la instrucción pública, el desarrollo de los niños y de los jóvenes, su educación. Hasta qué punto está desarrollada la enseñanza en la esfera del arte y de la literatura, lo que se llama genio creador, inventiva. En Norteamérica se admite dos tipos de creación: uno, la creación de gabinete y, otro, la creación amplia, la manifestación del espíritu creador en la vida. Me interesa saber cómo se desarrollan los niños, cómo se desarrollan los jóvenes. Espero ver en la realidad cómo estudian, cómo son educados y progresan. En cuanto a la primera y la tercera cuestiones, dispongo ya de algunas valiosas observaciones y espero obtener más datos. En la segunda cuestión -el desarrollo de la agricultura-, espero que podré ver las cosas tal como son en mi viaje a Magnitogorsk y, de allí, a Rostov, Járkov y regreso. Confío en dar un

vistazo a los koljóses y enterarme de cómo se liquida el arcaico entreparcelamiento y se desarrolla la agricultura basada en grandes haciendas. Stalin: ¿Desea usted saber mi opinión? Robins: Sí, quiero saber su opinión. Stalin: El criterio de que el obrero soviético es, como si dijéramos, incapaz de manejar máquinas y las rompe, es totalmente equivocado. A este respecto debo decir que en nuestro país no se registra el fenómeno ocurrido en la Europa Occidental y en Norteamérica de que los obreros rompan conscientemente las máquinas porque éstas les arrebatan el pan. En nuestro país, los obreros no proceden así con las máquinas, porque son utilizadas profusamente sin que exista el desempleo, porque las máquinas no arrebatan el pan a los obreros como en Norteamérica, sino que alivian su trabajo. En cuanto a la falta de habilidad, a la incultura de los obreros, es cierto que tenemos pocos obreros cultos y que no manejan tan bien las máquinas como en Europa o en Norteamérica. Pero este fenómeno es transitorio. Si, por ejemplo, se examina dónde los obreros han aprendido más rápidamente, a lo largo de la historia, a dominar la nueva técnica -en Europa, en Norteamérica o en Rusia durante estos cinco años-, creo que ha sido en Rusia, a pesar de la cultura poco elevada. En el Occidente se ha tardado varios años en dominar la producción de tractores de ruedas; aunque, por supuesto, allí la técnica estaba desarrollada.

Nosotros hemos resuelto este asunto con más rapidez. Por ejemplo, en Stalingrado y en Járkov han bastado doce o catorce meses para dominar la producción de tractores. Ahora, la fábrica de tractores de Statingrado, no sólo funciona al rendimiento proyectado, no sólo produce 144 tractores al día, sino a veces 160 tractores, es decir, sobrepasa el rendimiento previsto. Cito este hecho como ejemplo. Nuestra industria del tractor es nueva, no existía antes. En la industria aeronáutica, cosa nueva, delicada, también nos hemos impuesto con rapidez. De la industria automovilística puede decirse lo mismo en cuanto a la rapidez con que ha sido dominada. Igual ocurre en la construcción de máquinas-herramientas. A mi juicio, este rápido dominio de la producción de máquinas no se debe a aptitudes especiales de los obreros rusos, sino a que en nuestro país no consideramos que, por ejemplo, la producción de aviones, de motores de aviación, de tractores, de automóviles, de máquinas-herramientas, sea un asunto privado, sino del Estado. Allá, en el Occidente, los obreros trabajan para ganarse un jornal, y lo demás les tiene sin cuidado. En la U.R.S.S. consideramos la producción como un asunto público, del Estado, como una causa de honor. Por eso se domina tan rápidamente la nueva técnica.

En general, considero que no se puede plantear el problema de que los obreros de tal o cual nación sean incapaces de dominar la nueva técnica. Si se mira el asunto desde el punto de vista racial, en Norteamérica, por ejemplo, se considera a los negros “hombres de última categoría”; sin embargo, no dominan la técnica peor que los blancos. El dominio de la técnica por los obreros de una o de otra nación no es un problema biológico, hereditario, sino cuestión de tiempo: hoy no se conoce, pero mañana se aprende y se domina. La técnica está al alcance de cualquiera, aunque sea un bosquimano, siempre que se le ayude. Robins: Y se necesita, además, empeño, deseó de dominarla. Stalin: Naturalmente. En los obreros rusos hay deseo y empeño más que suficientes. Juzgan una causa de honor dominar la nueva técnica. Robins: Lo he percibido ya en las fábricas de ustedes, donde he visto que la emulación socialista crea un nuevo ardor, un nuevo afán, que jamás podrá comprar el dinero, porque los obreros esperan de este trabajo suyo algo mejor y más grande de lo que puede dar el dinero. Stalin: Eso es cierto. Es una causa de honor. Robins: Me llevo a Norteamérica diagramas que muestran el desarrollo de los inventos de los obreros, de sus propuestas creadoras que mejoran la producción y proporcionan considerables economías.

He visto numerosos retratos de obreros inventores que han dado a la Unión Soviética mucho en el sentido del mejoramiento de la producción y del aumento de las economías. Stalin: En nuestro país han surgido bastantes obreros de este tipo; son hombres muy capaces. Robins: He visitado todas las grandes fábricas de Moscú -AMO, Sharikopodshípnik, Frézer y otras-, y en todas ellas he visto organizaciones para estimular los inventos de los obreros. En varias de estas fábricas me ha producido particular impresión el taller de instrumental. Como estos talleres de instrumental dan valiosos instrumentos para sus fábricas, los obreros de estos talleres trabajan poniendo a contribución todas sus aptitudes, revelan toda su iniciativa creadora y consiguen asombrosos resultados. Stalin: A pesar de ello, tenemos también muchos defectos. Disponemos de pocos obreros calificados. Sin embargo, nos son muy necesarios. También escasea el personal técnico. Este personal aumenta año tras año; pero, con todo, hay menos del que se necesita. Los norteamericanos nos han ayudado mucho, cosa que se debe reconocer. Nos han ayudado mejor que otros y con más audacia. Por ello les damos las gracias. Robins: En las empresas de ustedes he visto un internacionalismo que me ha producido gran impresión. Los dirigentes de las fábricas están dispuestos a aceptar los adelantos técnicos de cualquier país -de Francia, de Norteamérica, de

Inglaterra o de Alemania- sin ningún prejuicio respecto a estos países. Me parece que este internacionalismo permitirá reunir en una máquina todas las ventajas de las máquinas de otros países y crear máquinas más perfectas. Stalin: Así sucederá. Respecto al segundo problema, acerca de que la industrialización destruye la agricultura. Eso es también una idea equivocada. La industrialización no destruye, sino que salva nuestra agricultura, salva al campesino. Hace unos cuantos años, en nuestro país existía una agricultura muy fragmentada en haciendas pequeñas y minúsculas. La fragmentación de la tierra aumentaba, y las parcelas de los campesinos menguaban hasta tal punto, que no había lugar ni para criar una gallina. Añada unos aperos primitivos, como el arado de entonces, y un caballejo de mala muerte, incapaces no ya de roturar, sino de labrar tierras corrientes no muy blandas, y tendrá usted el panorama de la degradación de la agricultura. Hace unos tres o cuatro años, en la U.R.S.S. había cerca de siete millones de arados primitivos. Los campesinos no tenían más salida que morir o pasar a una nueva forma de utilización de la tierra y a su laboreo por medio de máquinas.

A esto se debe, en rigor, que el llamamiento del poder Soviético, hecho en aquel tiempo a los campesinos - invitándoles a unir sus pequeños trozos de tierra en grandes extensiones y aceptar del Gobierno tractores, cosechadoras y trilladoras para trabajar estas extensiones, para recoger y trillar la cosecha-, encontrara el más vivo eco entre los campesinos. Es lógico que los campesinos se agarraran al ofrecimiento del Gobierno Soviético, que reunieran sus trozos de tierra en grandes campos, que aceptaran los tractores y las demás máquinas y que emprendieran, de tal modo, el camino de la ampliación de las haciendas agrícolas, el nuevo camino del mejoramiento radical de la agricultura. Resulta, pues, que la industrialización, gracias a la cual se facilita a los campesinos tractores y otras máquinas, ha salvado a los campesinos, ha salvado la agricultura. El proceso de unificación de las pequeñas haciendas campesinas por aldeas en grandes haciendas se llama en nuestro país colectivización y las grandes haciendas unificadas koljóses. Facilita considerablemente la colectivización en la U.R.S.S. la ausencia de propiedad privada de la tierra, la nacionalización de la tierra. La tierra ha sido entregada a los koljóses en usufructo perpetuo y, como no existe propiedad privada de la tierra, ésta no es objeto de compraventa. Y todo esto contribuye sensiblemente a la formación y al desarrollo de koljóses. Con lo dicho no quiero afirmar que todo esto -es decir, la colectivización y demás medidas- vaya sobre ruedas.

Naturalmente, hay dificultades, y no pequeñas. La colectivización, como toda nueva gran empresa, no tiene sólo amigos, sino también enemigos. A pesar de ello, la abrumadora mayoría de los campesinos es partidaria de la colectivización, y el número de sus enemigos va disminuyendo. Robins: Todo adelanto requiere determinados gastos, cosa que tenemos en cuenta e incluímos en nuestros cálculos. Stalin: A pesar de estas dificultades, está claro -y ello no ofrece para mí la menor duda- que las 19/20 partes del campesinado reconocen que la colectivización de la agricultura es un hecho del que no hay retorno, cosa que la mayoría de los campesinos celebra. Por lo tanto, esto ya está conquistado. La forma predominante de la agricultura es ahora la hacienda colectiva, el koljós. Si tomamos las cifras de la siembra o de la recolección, las cifras de la producción cerealista, veremos que, en la actualidad, los campesinos individuales no dan más allá de 10 a 15% de la cosecha global de cereales. El resto lo producen los koljóses. Robins: Me interesa saber si es cierto que los trabajos de la recolección del año pasado no fueron satisfactorios, que la siembra ahora es satisfactoria, pero que la recolección el año pasado no lo fue. Stalin: El año pasado, los trabajos de la recolección fueron menos satisfactorios que los del año anterior.

Robins: He leído las intervenciones de usted y, fundándome en ello, creo que este año la recolección será mejor. Stalin: Según todas las probabilidades, mucho mejor. Robins: Creo que usted aprecia no menos que yo la gran realización de que ustedes hayan logrado industrializar la agricultura, mientras que ningún otro país ha podido hacerla. La agricultura de todos los países capitalistas atraviesa una profunda crisis y necesita ser industrializada. De un modo o de otro, los países capitalistas salen adelante en el terreno de la producción industrial, pero ninguno consigue hacerlo en la agricultura. Un gran éxito de la Unión Soviética es haber acometido la solución de este problema y estar resolviéndolo felizmente. Stalin: Sí, así es. Tales son nuestros éxitos y nuestros defectos en la agricultura. Ahora, la tercera cuestión: la educación de los niños y, en general, de los jóvenes. Nuestra juventud es buena, optimista. Nuestro Estado difiere de todos los demás en que no escatima medios para atender debidamente a los niños y educar bien a los jóvenes. Robins: En Norteamérica se considera que ustedes limitan el desarrollo del niño a unos moldes estrictamente determinados y que esos moldes traban el desarrollo del espíritu creador y no dejan libertad a la inteligencia. ¿No considera usted que la libertad

para el desarrollo del espíritu creador, de modo que éste pueda expresar lo que lleva en sí tiene una excepcional importancia? Stalin: Lo primero, lo que se refiere a la limitación, no es cierto. Lo segundo, sí. El niño, indudablemente, no puede desarrollar sus aptitudes en un régimen claustral y de estricta reglamentación, sin la libertad necesaria y el estímulo de la iniciativa. En cuanto a los jóvenes, tienen abiertos todos los caminos y pueden progresar libremente. En nuestro país, al niño no se le pega; rara vez se le castiga; se le da la oportunidad de seguir sus inclinaciones, de ir por el camino que él mismo elija. Creo que en ninguna parte hay tanta solicitud por el niño, por su educación y su desarrollo como en la Unión Soviética. Robins: ¿Puede considerarse que, por haberse liberado la nueva generación del yugo de la penuria, del terror de las condiciones económicas, esa liberación deba desembocar en un nuevo florecimiento de la energía creadora, en el florecimiento de un nuevo arte, en un nuevo auge, de la cultura y del arte, coartado antes por todas estas ligaduras? Stalin: Eso es absolutamente cierto.

Robins: Yo no soy comunista y no entiendo mucho de comunismo; pero querría que Norteamérica participara, que tuviera la posibilidad de incorporarse al desarrollo que se opera aquí, en la Rusia Soviética, que los norteamericanos consiguieran esta posibilidad mediante el reconocimiento, mediante la concesión de créditos, mediante el establecimiento de relaciones normales entre los dos países, por ejemplo, en el Extremo Oriente, a fin de asegurar la grande y audaz empresa que se está realizando aquí, de modo que ésta pueda culminar felizmente. Stalin (sonriendo): Muchas gracias por sus buenos deseos. Robins: Uno de mis íntimos amigos es el senador Borah, que ha sido el amigo más constante de la Unión Soviética y tanto ha peleado por el reconocimiento de la U.R.S.S. entre los dirigentes del Estado norteamericano. Stalin: Es cierto, se preocupa mucho de que se establezcan relaciones normales entre nuestros dos países. Pero hasta ahora, por desgracia, no tiene éxito. Robins: Estoy seguro de que todos los hechos reales actúan ahora con mucha más fuerza que han actuado en los últimos quince años a favor del establecimiento de relaciones normales entre nuestros dos países. Stalin: Eso es cierto. Pero hay un hecho que lo impide: a mi parecer, lo impide Inglaterra (se ríe). Robins: Indudablemente, es así.

Pero, no obstante, la situación nos obliga, ante todo, a partir de nuestros propios intereses; y el conflicto entre nuestros propios intereses y el sentido en que nos empujan otros países impulsa ahora más que nunca a Norteamérica a establecer tales relaciones normales. Estamos interesados en el desarrollo de la exportación norteamericana, El único gran mercado con vastas posibilidades, que hasta ahora nadie ha utilizado a fondo, es el mercado ruso. Si quisieran, los hombres de negocios norteamericanos podrían abrir créditos a largo plazo. Los hombres de negocios norteamericanos están interesados en que reine la tranquilidad en el Extremo Oriento, a la que nada contribuiría tanto como el establecimiento de relaciones normales con la Unión Soviética. En este sentido, la declaración del señor Litvínov en Ginebra a propósito de la definición del país agresor responde por entero a la línea del pacto Briand-Kellog, que ha desempeñado un gran papel en la cuestión de la paz. Norteamérica está interesada en la estabilización de las relaciones económicas en el mundo entero, y nosotros comprendemos perfectamente que, mientras la U.R.S.S. se encuentre al margen del sistema económico general, no será posible conseguir unas relaciones económicas normales. Stalin: Todo eso es cierto. Robins: Yo he sido y soy un optimista incorregible.

En otros tiempos, hace quince años, tenía fe en los líderes de la revolución bolchevique. Entonces se les presentaba como agentes del imperialismo alemán; especialmente, se consideraba a Lenin agente alemán. Pero yo consideraba a Lenin y continúo considerándolo como un gran hombre, como el jefe más grande en toda la historia mundial. Espero que la información que he obtenido de primera fuente quizá pueda contribuir a la puesta en práctica del plan de acercamiento y colaboración entre ambos países a que me he referido. Stalin (echándose a reír): Dios lo quiera. Robins (riéndose): Si usted se hubiese expresado a lo norteamericano, habría dicho: “Ojalá tuviera más fuerza en sus codos”. No está seguro de que le quede mucha fuerza en los suyos. Stalin: Admitámoslo. Robins: Yo considero que no hay nada tan elevado ni tan grande como participar en la creación de un mundo nuevo, en la obra que nosotros hacemos ahora. El concurso a la creación y a la edificación de un mundo nuevo es un factor de enorme significado no sólo hoy, sino desde un ángulo visual de milenios. Stalin: A pesar de todo, este asunto ofrece grandes dificultades (se ríe). Robins (riéndose): Le estoy muy reconocido por la atención que me ha dispensado. Stalin: Muchas gracias por haberse acordado de la U.R.S.S. después de quince años y haber venido a verla (ambos se ríen; Robins se despide).

Se publica por primera vez.