25 de diciembre de 1933. Duranty: ¿Tiene usted algún inconveniente en transmitir un mensaje al pueblo norteamericano a través del “New York Times”? Stalin: Sí. Ya lo ha hecho Kalinin, y yo no puedo invadir sus prerrogativas. Si se trata de las relaciones entre los EE.UU. y la U.R.S.S., diré, naturalmente, que me place la reanudación de las relaciones por ser un acto de inmenso alcance: políticamente, porque multiplica las probabilidades de mantenimiento de la paz; económicamente, porque aparta los elementos accesorios y permite a nuestros países examinar, en el terreno práctico, las cuestiones que les interesan; por último, abre el camino a la cooperación mutua. Duranty: ¿Cuál será, a su juicio, el posible volumen del comercio soviético-norteamericano? Stalin: Queda en pie lo dicho por Litvínov en la Conferencia Económica de Londres. Somos el mercado más grande del mundo y estamos dispuestos a encargar y pagar gran cantidad de mercancías. Ahora bien, necesitamos favorables condiciones de crédito y, además, debemos estar seguros de que podremos pagar.

No podemos importar sin exportar, porque no queremos hacer pedidos sin la seguridad de que podremos pagar en el plazo debido. Todos se asombran de que paguemos y de que podamos pagar. Ya sé que ahora no está de moda pagar los créditos. Pero nosotros los pagamos. Otros países han suspendido los pagos, pero la U.R.S.S. no lo hace ni lo hará. Muchos creían que nosotros no podríamos pagar, que no teníamos con qué pagar, pero les hemos demostrado que podemos pagar, y así han debido reconocerlo. Duranty: ¿Qué me puede decir de la extracción de oro en la U.R.S.S.? Stalin: Tenemos muchas zonas auríferas, y su desarrollo es rápido. Nuestra producción ha duplicado la de la época zarista y da ahora más de cien millones de rublos al año. Particularmente, en los dos últimos años hemos mejorado los métodos de prospección y hemos descubierto grandes reservas. Pero nuestra industria es todavía joven, no sólo la del oro, sino también la del hierro, la del acero, la del cobre, toda la metalurgia, y nuestra joven industria no puede por ahora prestar la debida ayuda a la industria del oro.

Nuestro ritmo de desarrollo es acelerado, pero el volumen todavía no es grande. Si tuviésemos más dragas y otras máquinas, podríamos cuadruplicar en poco tiempo la extracción de oro. Duranty: ¿Cuál es la suma global de las obligaciones crediticias de la Unión Soviética en el extranjero? Stalin: Poco más de 450 millones de rublos. En los últimos años hemos pagado cuantiosas sumas: hace dos años, nuestras obligaciones crediticias ascendían a 1.400 millones. Hemos pagado todo esto y lo pagaremos a su debido tiempo, a últimos de 1934 o a principios de 1935, en los plazos correspondientes. Duranty: Admitamos que no se duda ya, de la disposición soviética a pagar, pero ¿qué puede usted decirme de la solvencia soviética? Stalin: No establecemos ninguna diferencia entre la primera y la segunda, porque no contraemos compromisos que no podamos cumplir. Ahí tiene usted nuestras relaciones económicas con Alemania. Alemania ha declarado una moratoria para una buena parte de sus deudas en el extranjero. Nosotros podríamos aprovechar el precedente alemán y proceder igual con Alemania. Pero no lo hacemos.

Y eso que ahora no dependemos ya tanto de la industria alemana como antes. Nosotros mismos podemos producir las instalaciones que necesitamos. Duranty: ¿Qué opina usted de Norteamérica? He oído decir que usted ha sostenido una prolongada conversación con Bullitt; ¿qué piensa usted de él? ¿Considera usted, como hace tres años, que nuestra crisis -según me dijo entonces- no es la última crisis del capitalismo? Stalin: Bullitt me ha producido a mí, y a mis camaradas, buena impresión. No le conocía hasta ahora, pero había oído hablar mucho de él a Lenin, a quien también le agradaba. De Bullitt me gusta que no habla como suele hacerlo un diplomático; es un hombre franco y dice lo que piensa. En general, aquí ha producido muy buena impresión. Roosevelt, por lo que se deduce, es un político resuelto y valeroso. Hay un sistema filosófico llamado solipcismo, que consiste en que el hombre no cree en la existencia del mundo exterior y cree sólo en suyo. Durante mucho tiempo ha parecido que el gobierno norteamericano se atenía a este sistema y no creía en la existencia de la U.R.S.S. Pero

Roosevelt, por lo visto, no es adepto de esa extraña teoría. Es un hombre realista y sabe que la realidad es tal y como la ve. En cuanto a la crisis económica, no es, en efecto, la última crisis. Naturalmente, la crisis ha quebrantado todos los negocios, pero en el último tiempo parece que comienzan a mejorar. Es posible que haya quedado atrás ya el punto más bajo del descenso económico. No creo que se logre alcanzar el alto nivel de 1929; pero el paso de la crisis a la depresión y a determinada reanimación de los negocios en un futuro próximo -bien es verdad que con ciertos altibajos- no sólo no está descartado, sino que, quizá, es incluso probable. Duranty: ¿Y acerca del Japón? Stalin: Quisiéramos tener buenas relaciones con el Japón, pero, desgraciadamente, eso no depende sólo de nosotros. Si en el Japón prevalece una política sensata, nuestros dos países podrán vivir en amistad. Pero nos tememos que los elementos belicistas puedan relegar a segundo plano esa política juiciosa. El peligro es real, y debemos estar preparados para él. No hay pueblo que estime a su gobierno si éste ve un peligro de agresión y no se prepara para la defensa. Me parece que por parte del Japón sería imprudente atacar a la. U.R.S.S. Su situación económica no es muy buena, tiene lados flacos - Corea, Manchuria, China- y, además, difícilmente puede esperarse que otros países le ayuden en esa aventura. Por desgracia, los buenos especialistas militares no siempre son buenos economistas y no siempre establecen diferencia entre la fuerza de las armas y la fuerza de las leyes de la economía. Duranty: ¿Y en cuanto a Inglaterra? Stalin: Creo que se firmará un tratado comercial con Inglaterra y que se desarrollarán las relaciones económicas, ya que el partido conservador ha de comprender que no sale ganando nada con obstaculizar el comercio con la U.R.S.S.

Pero dudo de que, en la situación de hoy, ambos países puedan obtener del comercio los grandes beneficios que se podrían suponer. Duranty: ¿Qué opina de la reforma de la Sociedad de Naciones tal como lo propone Italia? Stalin: No hemos recibido a este propósito ninguna propuesta de Italia, si bien nuestro representante ha estudiado este asunto con los italianos. Duranty: ¿Es siempre exclusivamente negativa su actitud respecto a la Sociedad de Naciones? Stalin: No, no siempre ni en todas las circunstancias. Usted, quizá, no comprende bien nuestro punto de vista. A pesar de que Alemania y el Japón han abandonado la Sociedad de Naciones -o, acaso, precisamente por ello-, ésta puede llegar a ser cierto factor para frenar el surgimiento de operaciones militares o impedirlas. Si es así, si la Sociedad puede ser cierto obstáculo que dificulte, por poco que sea, la guerra y favorezca en cierto modo la paz, nosotros no estamos en contra de la Sociedad de Naciones. En efecto, si tal fuera el giro de los acontecimientos históricos, no está descartado que apoyemos la Sociedad de Naciones, aun con sus inmensos defectos. Duranty: ¿Cuál es ahora el problema más importante de la política interior de la U.R.S.S.? Stalin: El desarrollo del comercio entre la ciudad y el campo y el fortalecimiento de todos los tipos de transporte, en especial del ferroviario. La solución de esto problemas no es tan fácil, pero sí más fácil que la de los problemas que ya hemos solventado, y estoy seguro de que los resolveremos. Está resuelto el problema de la industria. Puede considerarse solucionado ya el problema más difícil: el problema agrícola, el problema campesino koljósiano. Ahora hay que resolver el problema del comercio y del transporte.

Publicado el 4 de enero de 1934 en el núm. 4 de “Pravda”.