Camaradas. No se puede negar que en el último tiempo hemos tenido grandes éxitos tanto en la esfera de la construcción como en la esfera de la administración. En relación con esto, entre nosotros se habla demasiado de los méritos de los dirigentes, de los méritos de los líderes. A ellos se les atribuyen todos, casi todos nuestros logros. Esto, por supuesto, es falso e incorrecto. La cuestión no reside solo en los líderes. Pero no es de esto de lo que quisiera hablar hoy. Quisiera decir algunas palabras sobre los cuadros, sobre nuestros cuadros en general y, en particular, sobre los cuadros de nuestro Ejército Rojo.

Sabéis que hemos recibido como herencia del viejo tiempo un país técnicamente atrasado y semimendigo, arruinado. Arruinado por cuatro años de guerra imperialista, nuevamente arruinado por tres años de guerra civil, un país con una población semianalfabeta, con una técnica baja, con oasis industriales aislados que se hundían en medio de un mar de pequeñísimas explotaciones campesinas: he aquí el país que recibimos como herencia del pasado. La tarea consistía en trasladar a este país de los raíles de la Edad Media y de la oscuridad a los raíles de la industria moderna y de la agricultura mecanizada. Una tarea, como veis, seria y difícil. La cuestión se planteaba así: o resolvíamos esta tarea en el plazo más breve y consolidábamos el socialismo en nuestro país, o no la resolvíamos, y entonces nuestro país –técnicamente débil y culturalmente oscuro– perdería su independencia y se convertiría en objeto de juego de las potencias imperialistas.

Nuestro país atravesaba entonces un período de hambruna agudísima en el ámbito de la técnica. Faltaban máquinas para la industria. No había máquinas para la agricultura. No había máquinas para el transporte. No existía aquella base técnica elemental sin la cual es impensable la transformación industrial del país. Solo había premisas aisladas para la creación de dicha base. Era necesario crear una industria de primera clase. Era necesario orientar esa industria de modo que fuera capaz de reorganizar técnicamente no solo la industria, sino también la agricultura, así como nuestro transporte ferroviario. Y para ello era necesario hacer sacrificios e implantar en todo la más severa economía, era necesario ahorrar tanto en la alimentación como en las escuelas y en los tejidos, para acumular los medios necesarios para la creación de la industria. No había otro camino para eliminar la hambruna en el ámbito de la técnica. Así nos enseñó Lenin, y nosotros seguimos en este asunto las huellas de Lenin.

Es comprensible que en una causa tan grande y difícil no se pudiera esperar éxitos continuos y rápidos. En una causa así, los éxitos pueden manifestarse solo al cabo de varios años. Era necesario, por tanto, armarse de nervios firmes, de temple bolchevique y de tenaz paciencia para superar los primeros fracasos y marchar sin desviaciones hacia el gran objetivo, sin permitir vacilaciones ni incertidumbre en nuestras propias filas.

Ustedes saben que nosotros llevamos este asunto precisamente de esa manera. Pero no todos nuestros camaradas tuvieron suficientes nervios, paciencia y firmeza. Entre nuestros camaradas hubo personas que, tras las primeras dificultades, empezaron a llamar a la retirada. Se dice que "a quien recuerda lo viejo, que le saquen un ojo". Esto, por supuesto, es cierto. Pero el hombre tiene memoria, e involuntariamente recuerda el pasado al hacer el balance de nuestro trabajo. Pues bien, hubo camaradas que se asustaron de las dificultades y empezaron a llamar al partido a la retirada. Decían: "¿Para qué necesitamos su industrialización y colectivización, máquinas, metalurgia negra, tractores, cosechadoras, automóviles? Mejor sería que nos dieran más manufacturas, que compraran más materias primas para la producción de artículos de amplio consumo y que dieran más a la población de todas esas pequeñas cosas que embellecen la vida de la gente. Crear una industria con nuestro atraso, y además una industria de primer orden, es un sueño peligroso".

Por supuesto, nosotros podríamos haber destinado los 3 mil millones de rublos en divisas, obtenidos mediante la más severa economía y gastados en la creación de nuestra industria, a la importación de materias primas y al aumento de la producción de artículos de amplio consumo. También esto sería una especie de "plan". Pero con semejante "plan" no tendríamos ni metalurgia, ni construcción de maquinaria, ni tractores y automóviles, ni aviación y tanques. Nos encontraríamos desarmados frente a los enemigos externos. Socavaríamos los cimientos del socialismo en nuestro país. Caeríamos prisioneros de la burguesía, tanto interna como externa.

Evidentemente, era necesario elegir entre dos planes: entre el plan de retirada, que conducía y no podía sino conducir a la derrota del socialismo, y el plan de ofensiva, que conducía y, como saben, ya ha conducido a la victoria del socialismo en nuestro país.

Elegimos el plan de ofensiva y avanzamos por la senda leninista, apartando hacia atrás a estos camaradas como a personas que apenas veían algo solo debajo de sus narices, pero que cerraban los ojos ante el futuro inmediato de nuestro país, ante el futuro del socialismo en nuestro país.

Pero estos camaradas no siempre se limitaron a la crítica y a la resistencia pasiva. Nos amenazaron con levantar una insurrección en el partido contra el Comité Central. Más aún: amenazaron a algunos de nosotros con balas. Por lo visto, calculaban intimidarnos y obligarnos a apartarnos del camino leninista. Estas personas, evidentemente, olvidaron que nosotros, los bolcheviques, somos gente de un temple especial. Olvidaron que a los bolcheviques no se les intimida ni con dificultades ni con amenazas. Olvidaron que nos forjó el gran Lenin, nuestro líder, nuestro maestro, nuestro padre, que no conoció ni reconoció el miedo en la lucha. Olvidaron que cuanto más se enfurecen los enemigos y más caen en la histeria los adversarios dentro del partido, más se enardecen los bolcheviques para una nueva lucha y más impetuosamente avanzan hacia adelante.

Está claro que ni siquiera pensábamos desviarnos del camino leninista. Es más, habiéndonos afianzado en este camino, avanzamos aún con mayor ímpetu, barriendo del camino todos y cada uno de los obstáculos. Es cierto que, al hacerlo, tuvimos que magullar los costados a algunos de estos camaradas. Pero contra eso ya no hay nada que hacer. Debo confesar que yo también puse mano en este asunto.

Sí, camaradas, hemos avanzado con seguridad y rapidez por el camino de la industrialización y la colectivización de nuestro país. Y ahora este camino puede considerarse ya recorrido.

Ahora ya todos reconocen que hemos logrado por este camino enormes éxitos. Ahora todos reconocen que ya tenemos una industria potente y de primera clase, una agricultura potente y mecanizada, un transporte en desarrollo y en ascenso, un Ejército Rojo organizado y magníficamente pertrechado.

Esto significa que ya hemos superado en lo fundamental el período de hambruna en el ámbito de la técnica.

Pero, habiendo superado el período de hambre en la esfera de la técnica, hemos entrado en un nuevo período, en un período, diría yo, de hambre en la esfera de las personas, en la esfera de los cuadros, en la esfera de los trabajadores capaces de dominar la técnica y hacerla avanzar. El hecho es que tenemos fábricas, plantas, koljoses, sovjoses, el ejército, tenemos técnica para todo este asunto, pero no hay suficientes personas con la experiencia necesaria para exprimir de la técnica el máximo de lo que se puede exprimir de ella. Antes decíamos que "la técnica lo decide todo". Esta consigna nos ayudó en el sentido de que liquidamos el hambre en la esfera de la técnica y creamos una amplísima base técnica en todas las ramas de la actividad para armar a nuestra gente con técnica de primera clase. Esto es muy bueno. Pero esto está lejos, muy lejos de ser suficiente. Para poner la técnica en movimiento y utilizarla a fondo, se necesitan personas que dominen la técnica, se necesitan cuadros capaces de asimilar y utilizar esta técnica conforme a todas las reglas del arte. La técnica sin personas que la dominen, está muerta. La técnica, dirigida por personas que la dominan, puede y debe dar milagros. Si en nuestras plantas y fábricas de primera clase, en nuestros koljoses y sovjoses, en nuestro Ejército Rojo hubiera una cantidad suficiente de cuadros capaces de dominar esta técnica, nuestro país obtendría un efecto tres y cuatro veces mayor del que ahora obtiene. He aquí por qué el énfasis debe ponerse ahora en las personas, en los cuadros, en los trabajadores que dominan la técnica. He aquí por qué la vieja consigna "la técnica lo decide todo", que es el reflejo de un período ya superado, cuando teníamos hambre en la esfera de la técnica, debe ser sustituida ahora por una nueva consigna, la consigna de que "los cuadros lo deciden todo". En esto consiste ahora lo principal.

¿Se puede decir que nuestra gente ha comprendido y asimilado plenamente el gran significado de esta nueva consigna? Yo no lo diría. De lo contrario, no tendríamos esa actitud indignante hacia las personas, hacia los cuadros, hacia los trabajadores, que observamos con frecuencia en nuestra práctica. La consigna "los cuadros lo deciden todo" exige que nuestros dirigentes manifiesten la actitud más solícita hacia nuestros trabajadores, hacia los "pequeños" y los "grandes", en cualquier esfera en que trabajen, que los formen con esmero, los ayuden cuando necesitan apoyo, los estimulen cuando muestran sus primeros éxitos, los promuevan hacia adelante, etc. Y, sin embargo, en la práctica tenemos, en toda una serie de casos, hechos de actitud burocrática insensible y francamente indignante hacia los trabajadores. Esto, en realidad, explica que, en lugar de estudiar a las personas y solo después de estudiarlas colocarlas en los puestos, con frecuencia se las arroje como peones. Hemos aprendido a valorar las máquinas y a informar sobre cuánta técnica tenemos en las plantas y fábricas. Pero no conozco un solo caso en que con el mismo entusiasmo se haya informado sobre cuántas personas hemos formado en tal o cual período y cómo hemos ayudado a las personas a crecer y templarse en el trabajo. ¿A qué se debe esto? Se debe a que entre nosotros aún no se ha aprendido a valorar a las personas, a valorar a los trabajadores, a valorar a los cuadros.

Recuerdo un caso en Siberia, donde estuve un tiempo en el exilio. Ocurrió en primavera, durante la crecida. Una treintena de hombres salió al río a recoger madera arrastrada por la enorme corriente desbocada. Al atardecer regresaron a la aldea, pero sin uno de los compañeros. Al preguntarles dónde estaba el trigésimo, respondieron con indiferencia que el trigésimo "se quedó allí". A mi pregunta: "¿Cómo que se quedó?", contestaron con la misma indiferencia: "Qué más hay que preguntar, se ahogó, pues". Y al instante uno de ellos empezó a apresurarse a algún lado, declarando que "habría que ir a dar de beber a la yegua". Ante mi reproche de que sentían más lástima por el ganado que por las personas, uno de ellos respondió con la aprobación general de los demás: "¿Y por qué apiadarnos de ellos, de las personas? Personas siempre podemos hacer, pero una yegua… intente hacer una yegua". He aquí un rasgo, quizá insignificante, pero muy característico. Me parece que la actitud indiferente de algunos de nuestros dirigentes hacia las personas, hacia los cuadros, y la incapacidad de valorar a las personas es una supervivencia de esa extraña actitud de unos hombres hacia otros que se manifestó en el episodio que acabo de relatar en la lejana Siberia.

Así pues, camaradas, si queremos superar con éxito la hambruna en el ámbito de las personas y lograr que nuestro país tenga una cantidad suficiente de cuadros capaces de impulsar la técnica y ponerla en funcionamiento, debemos ante todo aprender a valorar a las personas, a valorar a los cuadros, a valorar a cada trabajador capaz de aportar beneficio a nuestra causa común. Hay que comprender, por fin, que de todos los capitales valiosos existentes en el mundo, el capital más valioso y más decisivo son las personas, los cuadros. Hay que comprender que, en nuestras condiciones actuales, "los cuadros lo deciden todo". Si tenemos cuadros buenos y numerosos en la industria, en la agricultura, en el transporte, en el ejército, nuestro país será invencible. Si no tenemos tales cuadros, cojearemos de ambas piernas.

Permítanme, al concluir mi discurso, proponer un brindis por la salud y la prosperidad de nuestros académicos, egresados del Ejército Rojo. Les deseo éxito en la organización y dirección de la defensa de nuestro país.

¡Camaradas! Ustedes han terminado la escuela superior y han recibido allí su primer temple. Pero la escuela es solo una etapa preparatoria. El verdadero temple de los cuadros se obtiene en el trabajo vivo, fuera de la escuela, en la lucha contra las dificultades, en la superación de las dificultades. Recuerden, camaradas, que solo son buenos aquellos cuadros que no temen las dificultades, que no se esconden de las dificultades, sino que, por el contrario, van al encuentro de las dificultades para superarlas y liquidarlas. Solo en la lucha contra las dificultades se forjan los verdaderos cuadros. Y si nuestro ejército cuenta en cantidad suficiente con verdaderos cuadros templados, será invencible.

¡Por vuestra salud, camaradas!

Pravda. 6 de mayo de 1935