Camaradas, lo que hemos visto hoy aquí es un fragmento de la nueva vida, de esa vida que entre nosotros se llama koljosiana, vida socialista. Hemos escuchado las palabras sencillas de sencillas personas trabajadoras, cómo luchaban y superaban las dificultades para alcanzar éxitos en la causa de la emulación. Hemos escuchado los discursos de mujeres, no comunes, sino, yo diría, mujeres heroínas del trabajo, porque solo heroínas del trabajo podían alcanzar los éxitos que ellas han alcanzado. Antes no teníamos mujeres así. Yo ya tengo 56 años, he visto mundo, he visto suficientes hombres y mujeres trabajadores. Pero mujeres así no he encontrado. Son personas completamente nuevas. Solo el trabajo libre, solo el trabajo koljosiano podía engendrar en el campo a semejantes heroínas del trabajo.

Tales mujeres no existían y no podían existir en los viejos tiempos.

En efecto, si se reflexiona sobre lo que representaban las mujeres antes, en los viejos tiempos. Mientras la mujer era soltera, se la consideraba, por así decirlo, la última entre los trabajadores. Trabajaba para su padre, trabajaba sin descanso, y el padre aún le reprochaba: "Yo te alimento". Cuando se casaba, trabajaba para su marido, trabajaba como el marido la obligaba a trabajar, y el marido a su vez le reprochaba: "Yo te alimento". La mujer en el campo era la última entre los trabajadores. Es comprensible que, en tales condiciones, no pudieran surgir heroínas del trabajo entre las mujeres campesinas. El trabajo se consideraba entonces una maldición para la mujer, y ella lo evitaba por todos los medios.

Solo la vida koljosiana pudo convertir el trabajo en una cuestión de honor, solo ella pudo engendrar auténticas heroínas en el campo. Solo la vida koljosiana pudo destruir la desigualdad y poner a la mujer en pie. Esto lo sabéis bien vosotras mismas. El koljós introdujo el trudodén. ¿Y qué es el trudodén? Ante el trudodén todos son iguales: tanto los hombres como las mujeres. Quien más trudodni ha acumulado, más ha ganado. Aquí ya ni el padre ni el marido pueden reprochar a la mujer que la mantienen. Ahora la mujer, si trabaja y tiene trudodni, es su propia dueña. Recuerdo que en el segundo congreso koljosiano mantuve una conversación con varias camaradas mujeres. Una de ellas, de la Región del Norte, decía:

"Hace un par de años, ningún pretendiente quería asomarse a mi patio. ¡Una muchacha sin dote! Ahora tengo quinientos días de trabajo. ¿Y qué? No me dejan en paz los pretendientes, dicen que me case, pero yo aún lo pensaré, yo misma elegiré a los noviecitos".

Con los días de trabajo, el koljós liberó a la mujer y la hizo independiente. Ahora ella trabaja ya no para el padre, mientras es soltera, no para el marido, cuando está casada, sino que, ante todo, trabaja para sí misma. Esto es precisamente la liberación de la mujer campesina, esto es precisamente el régimen koljosiano, que hace a la mujer trabajadora igual a todo hombre trabajador. Solo sobre esta base, en estas condiciones, pudieron aparecer mujeres tan magníficas. Por eso considero el encuentro de hoy no simplemente como una reunión habitual de personas destacadas con los miembros del gobierno, sino como un día solemne en que se demuestran los éxitos y las capacidades del trabajo liberado de la mujer. Pienso que el gobierno debe distinguir a las heroínas del trabajo que han llegado aquí para informar al gobierno sobre sus éxitos.

¿Cómo celebrar el día de hoy? Hemos deliberado aquí, yo, los camaradas Voroshílov, Chernov, Mólotov, Kaganóvich, Ordzhonikidze, Kalinin, Mikoyán, y hemos llegado a la siguiente idea: dirigirnos al gobierno con la solicitud de condecorar a nuestras heroínas del trabajo con la Orden de Lenin —a las jefas de eslabón con la Orden de Lenin, y a las obreras de choque rasas con la Orden de la Bandera Roja del Trabajo. Habrá que distinguir especialmente, por supuesto, a la camarada María Demchenko.

Voroshílov. – Bien hecho.

Mólotov. – La principal culpable.

Stalin. – Creo que a María Demchenko, como iniciadora de toda esta causa, además de otorgarle la Orden de Lenin, es necesario expresarle también el agradecimiento del Comité Ejecutivo Central de los Soviets, y a las koljosianas de su eslabón, concederles las Órdenes de la Bandera Roja del Trabajo.

(Una voz. – Están aquí, excepto una. Está enferma.)

A la enferma también habrá que condecorarla. Así pensamos celebrar el día de hoy.

Pravda, 11 de noviembre de 1935

(Informe periodístico)