Camaradas! Les agradezco su confianza, su simpatía y sus deseos. Pero la gente tiene una mala costumbre: alabar a los vivos, si, por supuesto, lo merecen, y condenar a los muertos al olvido. Como se decía antiguamente, a los ídolos o, como se dice ahora, a los líderes se les alaba, se les expresa simpatía mientras no han muerto, y cuando mueren, a veces se les olvida. Yo no diría que esta costumbre sea una virtud, ni que responda a las tradiciones bolcheviques. Ustedes saben que nosotros, los bolcheviques, estamos acostumbrados a ir contra la corriente, y yo, como bolchevique, quiero hablar hoy de un hombre que, aunque ha muerto, vivirá eternamente en la historia. Quiero hablar de aquel hombre que nos educó, nos enseñó, a veces nos reprendió, a veces nos alabó, que nos hizo personas: de Lenin. Fue él, Lenin, quien nos enseñó a trabajar como deben trabajar los bolcheviques, sin conocer el miedo y sin detenernos ante ninguna dificultad, a trabajar como Lenin. Nosotros somos su sombra, sus polluelos y discípulos. Sería una falsa modestia por mi parte decir que nosotros, los actuales dirigentes del partido y del gobierno, no hemos hecho nada, que no tenemos logros. Tenemos éxitos, pero todo ello se lo debemos a Lenin. Aquí estamos disfrutando, ustedes y yo, de los frutos de la amistad de los pueblos. Veo que aquí, además de la juventud, están presentes también los viejos, por ejemplo, yo. Pues bien, nosotros, los viejos, recordamos —la juventud quizá no lo recuerde, y tal vez no sea necesario que la juventud lo recuerde—, pero nosotros, los viejos bolcheviques, recordamos cómo llamábamos a la vieja Rusia zarista cárcel de los pueblos. Ahora tenemos la Unión Soviética, un ancho campo en el que trabajan pueblos libres e iguales en derechos. Tales son los resultados de la política de amistad de los pueblos. Pero, ¿quién elaboró esta política? Lenin. Fue él, Lenin, quien contrapuso a la vieja ideología, que consiste en que una raza se eleva hasta los cielos y otros pueblos son humillados y oprimidos, a esta vieja ideología, que está muerta y no tiene futuro, contrapuso una nueva ideología: la ideología de la amistad de los pueblos, que consiste en que todos los pueblos son iguales en derechos. Esta ideología ha vencido, y nosotros disfrutamos de sus frutos. Y quien organizó esta política fue Lenin. Lo diré a la manera oriental: nosotros somos su sombra en la Tierra y brillamos con su luz reflejada. Propongo un brindis por Lenin. Quiero decir unas palabras sobre los tayikos. Los tayikos son un pueblo especial. No son uzbekos, ni kazajos, ni kirguises, son tayikos, el pueblo más antiguo de Asia Central. Tayiko significa portador de la corona, así los llamaban los iraníes, y los tayikos han justificado este nombre. De todos los pueblos musulmanes no rusos en el territorio de la URSS, los tayikos son la única nacionalidad no túrquica, sino irania. Los tayikos son un pueblo cuya intelectualidad engendró al gran poeta Firdusí, y no en vano ellos, los tayikos, hacen derivar de él sus tradiciones culturales. Ustedes, seguramente, sintieron durante la década que en ellos, en los tayikos, el sentido artístico es más fino, su cultura antigua y su especial gusto artístico se manifiestan tanto en la música como en la canción y en la danza. A veces, entre nosotros, los camaradas rusos confunden a todos: al tayiko con el uzbeko, al uzbeko con el turcomano, al armenio con el georgiano. Esto, por supuesto, es incorrecto. Los tayikos son un pueblo especial, con una gran cultura antigua, y en nuestras condiciones soviéticas les pertenece un gran futuro. Y en esto debe ayudarles toda la Unión Soviética. Yo quisiera que su arte estuviera rodeado de atención general. Alzo mi copa por que florezca el arte tayiko, el pueblo tayiko, por que nosotros, los moscovitas, estemos siempre dispuestos a ayudarles en todo lo que sea necesario.

RGASPI F. 558 Op. 11 D. 1072. L. 195-196 rev.