Siempre hemos aspirado a establecer relaciones de buena vecindad con Hungría, independientemente del régimen que imperara en Hungría. Usted recordará probablemente que, unos meses antes de la guerra, los Gobiernos soviético y húngaro intercambiaron saludos.

En ese mismo momento devolvimos a Hungría aquellos estandartes que en 1848 habían sido capturados como trofeos por las tropas zaristas. Pero el gobierno húngaro, poco después, declaró la guerra a la Unión Soviética. Nos atacaron, y no pudimos hacer otra cosa que defendernos. Cerca de Vorónezh nos encontramos cara a cara con los cuerpos húngaros. En relación con Hungría no nos guiaba un sentimiento de venganza ni de hostilidad. El sentimiento de venganza y de hostilidad, en general, no constituye la base en la política. La política exterior debe construirse sobre la realidad. Cuando en el curso de la guerra se produjo un viraje, un punto de inflexión, cuando la estrella de los alemanes comenzó a declinar, el jefe de Hungría en aquel entonces, Horthy, nos solicitó un armisticio. Nosotros accedimos a esa solicitud. Si nos hubiéramos guiado por un sentimiento de venganza y de hostilidad hacia Hungría, no habríamos respondido a esa solicitud. Horthy no llevó el asunto hasta el final, retrocedió, se entregó en manos de los alemanes. Y a Hungría llegaron nuevas personas que representaban al pueblo. Es una suerte para Hungría que esas nuevas personas aparecieran, pues a ellas les debe su independencia. Nosotros no tenemos culpa ante Hungría. La Rusia de los zares fue la culpable. El zar ruso en 1848 ayudó a la monarquía de los Habsburgo a aplastar la revolución húngara. Nosotros lo recordamos. Pero no asumimos la responsabilidad, pues al último zar lo fusilamos en 1918 en los Urales y con ello pusimos una cruz sobre el régimen pasado. Ahora hablamos de amistad entre la Unión Soviética y Hungría. ¡Y esta palabra «amistad» no es una frase vacía, no es propaganda! ¿Cuál es la causa de que los pueblos pequeños tengan confianza en la Unión Soviética y en su política? La causa de ello, ante todo, reside en la ideología de nuestro Estado, cuyas bases sentó Lenin. Cada nación, grande o pequeña, tiene algunas peculiaridades que le son propias; cada nación aporta su contribución a la causa del incremento de las riquezas comunes de la humanidad. En cada nación hay algo que no tienen ni los rusos, ni los ucranianos, ni otros pueblos. En la Unión Soviética hay naciones que antes ya habían comenzado a extinguirse, pero que ahora han renacido y que recibieron de nosotros, por ejemplo, incluso un alfabeto. Si no tratáramos con respeto a los pueblos pequeños, si no honráramos sus derechos y su independencia nacional, si interfiriéramos en los asuntos internos de los Estados pequeños, entonces nos opondríamos a nuestra ideología, desorganizaríamos a nuestro partido. ¿Podemos hacer eso? ¡No! No podemos hacerlo. Si lo hiciéramos, estaríamos cortando la rama sobre la que estamos sentados. Otra razón que nos obliga a honrar la independencia de los pequeños Estados es la composición de nuestro Estado. ¡Observen la Unión Soviética! Aquí no solo hay grandes naciones, sino también pequeñas; existen nacionalidades, pueblos. ¿Podemos acaso no tener en cuenta la opinión de nuestras propias nacionalidades cuando se trata de nuestra actitud hacia los pequeños pueblos que viven fuera de las fronteras de nuestro país? ¡No! No podemos hacerlo, de lo contrario socavaríamos los cimientos de nuestro Estado multinacional. He aquí las razones que explican por qué es posible una verdadera amistad entre una gran potencia como la Unión Soviética y un pequeño Estado como es Hungría. Cuando hablamos de amistad, lo tomamos en serio. Entendemos con ello que estamos dispuestos incluso a hacer sacrificios en aras de esa amistad, si alguien intenta violarla. Sobre la base de todo esto, he dicho que la amistad entre la gran Unión Soviética y la pequeña Hungría no es una frase vacía, no es propaganda. Por eso, con la conciencia tranquila, alzo la copa por la amistad de la Unión Soviética y Hungría. ¡Viva la amistad de los pueblos de la Unión Soviética y el pueblo de la República democrática de Hungría! Új Világ (Budapest). 1948. 14 de mayo. RGASPI. F. 558. Op. 1. D. 5324. L. 31–33.