Una de dos
Los acontecimientos se suceden. Surge una coalición tras otra; a las medidas de represión en el frente siguen las medidas de represión en la retaguardia; pero “el provecho es poco”, porque la úlcera principal de nuestros días, el desbarajuste general en el país, continúa extendiéndose y adquiere un carácter más y más amenazador. El país está en vísperas del hambre. Kazán y Nizhni Nóvgorod, Yaroslavl y Riazán, Járkov y Rostov, la cuenca del Donetz y la zona industrial del Centro, Moscú y Petrogrado, el frente y la retaguardia inmediata padecen todos ellos, y otros muchos lugares, una grave crisis de subsistencias. Han comenzado ya los motines de hambre, hasta ahora utilizados con escasa habilidad por los agentes de la contrarrevolución... “Los campesinos no dan el trigo”, tal es la queja que llega de todas partes. Ahora bien, si los campesinos “no dan trigo” no es “por necedad”, sino porque han perdido la fe en el gobierno, porque no quieren “ayudarle” más. En marzo y abril los campesinos tenían fe en los Soviets, y, a través de ellos, en el gobierno, y el trigo fluía en abundancia tanto a la ciudad como al frente. Ahora pierden la fe en el gobierno, que ampara los privilegios de los terratenientes, y el trigo ha desaparecido. Los campesinos hacen reservas y prefieren esperar “mejores tiempos”. Si los campesinos “no dan el trigo” no, es por mala voluntad, sino porque no hay nada para darlo a cambio. Los campesinos necesitan percal, calzado, hierro, kerosén, azúcar, pero se les suministran estos productos en cantidad insignificante; y no tiene sentido cambiar el trigo por papel moneda, que no puede sustituir a los artículos industriales y que, por añadidura, se deprecia. No hablamos ya del “desorden” en el transporte, demasiado imperfecto para servir igualmente bien al frente y a la retaguardia. Todo esto, aparejado a la movilización incesante, que arranca al campo a los mejores trabajadores y que conduce a la reducción de la superficie de siembra, origina inevitablemente el desbarajuste de los abastos, cosa que afecta por igual a la retaguardia y al frente. Al mismo tiempo aumenta y se extiende el desbarajuste industrial, que a su vez agrava el desbarajuste de los abastos. El “hambre” de carbón y de petróleo, la “crisis” de hierro y de algodón, que provocan el paro de las empresas textiles, metalúrgicas y otras, constituyen en su conjunto el conocido panorama que ha puesto al país ante el peligro del desbarajuste industrial, del desempleo en masa y de la falta de mercancías. No se trata sólo de que las fábricas, que trabajan principalmente para la guerra, no puedan, al mismo tiempo, satisfacer en idéntica medida las necesidades de la retaguardia, sino también de que todas estas “hambres” y “crisis” son agravadas de forma artificial por los capitalistas, en unas ocasiones para elevar los precios de las mercancías (¡la especulación!), en otras para quebrantar la resistencia de los obreros, que, en vista de la carestía de la vida, tratan de que se eleven los salarios (¡las huelgas de brazos caídos de los capitalistas!), y en otras para provocar el desempleo mediante el cierre de fábricas (¡los lockouts!) y suscitar explosiones de desesperación entre los obreros, a fin de terminar “de una vez para siempre” con sus “inmoderadas reivindicaciones”. No es un secreto para nadie que los industriales carboneros de la cuenca del Donetz reducen de intento la producción y originan el desempleo. Todo el mundo sabe que los propietarios de los algodonales del territorio transcaspiano gritan a propósito del “hambre” de algodón, mientras ocultan ellos mismos inmensas reservas de este producto para especular con él. Y sus amigos, los dueños de las fábricas textiles, que se aprovechan de los frutos de esa especulación y la organizan ellos mismos, vociferan hipócritamente a propósito de la escasez de algodón, cierran las fábricas y agravan el desempleo. Todos recuerdan la amenaza de Riabushinski de “agarrar por el cuello” al proletariado revolucionario con “la mano descarnada del hambre y de la miseria”. Todos saben que los capitalistas han pasado ya de las palabras a los hechos, consiguiendo el descongestionamiento de Petrogrado y Moscú y el cierre de muchas fábricas. El resultado es una parálisis en ciernes de la vida industrial y el peligro de una falta absoluta de mercancías. No hablamos ya de la profunda crisis financiera por que atraviesa ahora Rusia. La deuda de cincuenta o cincuenta y cinco mil millones de rublos, que exige al año unos intereses de tres mil millones de rublos, en una situación de descenso general del desarrollo de las fuerzas productivas, hablan con bastante precisión del grave estado de las finanzas rusas. Las últimas “desventuras” en el frente, tan venturosamente provocadas por una mano hábil, no hacen sino completar el cuadro general. El país avanza, incontenible, hacia una catástrofe
Una de dos
sin precedentes. El gobierno, que en poco tiempo ha dado mil y una represiones y ninguna “reforma social”, es absolutamente incapaz de sustraer el país a este peligro de muerte. Más aún: al cumplir, por un lado, la voluntad de la burguesía imperialista y no querer, por el otro, suprimir ya ahora los “Soviets y Comités”, el gobierno provoca un estallido de indignación general, tanto en la derecha como en la izquierda. De una parte, la camarilla imperialista, presidida por los demócratas constitucionalistas, bombardea al gobierno, exigiéndole medidas “enérgicas” contra la revolución. Purishkiévich, quien hace unos días hablaba de la necesidad de una “dictadura militar” de “generales gobernadores” y de la “detención de los Soviets”, no ha hecho sino expresar con sinceridad las aspiraciones de los demócratas constitucionalistas. Les apoya el capital aliado, que presiona al gobierno con un descenso vertical de la cotización del rublo en la Bolsa y que advierte en tono conminatorio: “Rusia debe combatir y dejarse de hablar” (“Daily Express”, v. “Rússkaia Volia”77 del 18 de agosto). Todo el Poder a los imperialistas rusos y aliados: tal es la consigna de la contrarrevolución. De otra parte, va en aumento el profundo malestar existente entre las amplias masas de obreros y campesinos, condenados a vivir sin tierra y al desempleo, sometidos a represiones y a la pena de muerte. Las elecciones de Petrogrado, que han quebrantado la fuerza y el prestigio de los partidos conciliadores, han reflejado con singular nitidez el desplazamiento hacia la izquierda de las masas de soldados y campesinos, que todavía ayer daban crédito a los conciliadores. Todo el Poder al proletariado, apoyado por los campesinos pobres: tal es la consigna de la revolución. ¡Una de dos! O con los terratenientes y los capitalistas, y en tal caso el triunfo completo de la contrarrevolución. O con el proletariado y los campesinos pobres, y en tal caso el triunfo completo de la revolución. La política conciliadora y coalicionista está condenada al fracaso. ¿Cuál es la salida? Hay que romper con los terratenientes y entregar la tierra a los Comités campesinos. Los campesinos comprenderán este paso, y habrá trigo. Hay que romper con los capitalistas y organizar el control democrático de los Bancos, de las fábricas. Los obreros comprenderán este paso, y se elevará la “productividad del trabajo”. Hay que romper con los especuladores y bandidos del comercio, organizando sobre bases democráticas el intercambio entre la ciudad y el campo. La población comprenderá este paso, y se pondrá término al hambre. Hay que romper las redes imperialistas que envuelven a Rusia por todos lados y anunciar unas condiciones justas de paz. Entonces el ejército comprenderá para qué empuña las armas; y si Guillermo no acepta tal paz, los soldados rusos pelearán contra él como leones. Hay que “entregar” todo el Poder al proletariado y a los campesinos pobres. Los obreros de Occidente comprenderán este paso y emprenderán, por su parte, el asalto contra sus camarillas imperialistas. Ello será el fin de la guerra y el principio de la revolución obrera en Europa. Tal es la salida que señala el desarrollo de Rusia y de toda la situación mundial.
Publicado sin firma el 25 de agosto de 1917 en el núm. 1 de “Rabochi”