PLENUM OF THE C.C., C.P.S.U.(B.). July 4-12, 1928
Pleno del C.C. del P.C.(b) de la U.R.S.S
PLENUM OF THE C.C., C.P.S.U.(B.)
July 4-12, 1928
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4-12 de julio de 1928. Sobre el programa de la internacional comunista, discurso del 5 de julio de 1928. Ante todo, camaradas, hay que examinar la cuestión del volumen del proyecto de programa de la Internacional Comunista40. Dicen que el proyecto de programa es demasiado grande, demasiado voluminoso. Piden que se reduzca a la mitad, a una tercera parte. Piden que en el programa se den unas cuantas fórmulas generales y que nos limitemos a eso, denominando a esas fórmulas programa. Creo que tales exigencias carecen de fundamento. Los que piden que el programa sea reducido a la mitad o, incluso, a una tercera parte, no comprenden las tareas planteadas ante los encargados de redactarlo. El caso es que el programa de la Internacional Comunista no puede ser el programa de uno u otro partido nacional o, digamos, un programa para naciones “civilizadas” exclusivamente. El programa debe servir para todos los Partidos Comunistas del mundo, para todas las naciones, para todos los pueblos, tanto blancos como negros. Este es el rasgo fundamental y determinante del proyecto de programa. Pero ¿cómo se pueden tener en cuenta las necesidades principales y las líneas fundamentales de la labor de todas las secciones de la Internacional Comunista, tanto de las orientales como de las occidentales, si se reduce el programa a la mitad o a una tercera parte? Que los camaradas prueben a resolver ese problema insoluble. Por eso creo que reducir el programa a la mitad o a una tercera parte sería convertirlo en un mero enunciado de fórmulas abstractas, sin ninguna utilidad para las secciones de la Internacional Comunista. Los redactores del programa tenían ante sí una doble tarea: de una parte, tomar en consideración lo principal y lo fundamental en todos los Partidos Comunistas del mundo y, de otra parte, hacerlo de modo que las distintas tesis del programa no fueran fórmulas vacías y expusieran principios prácticos de orientación para los más distintos países y pueblos, para los más diversos Partidos Comunistas y grupos comunistas. Tendréis que convenir conmigo en que en un proyecto de programa breve y esquemático es en absoluto inconcebible cumplir esta doble tarea. Lo más curioso es que los mismos camaradas que proponen reducir el programa a la mitad o, incluso, a una tercera parte, formulan propuestas que harían el presente proyecto dos e incluso tres veces mayor. En efecto, si se dan en el proyecto de programa extensas fórmulas acerca de los sindicatos, las cooperativas, la cultura, las minorías nacionales de Europa, etc., ¿no es evidente que eso no supone ninguna reducción del programa? Habría que hacer el presente proyecto de programa dos y hasta tres veces mayor. Lo mismo hay que decir de los camaradas empeñados en que el programa de instrucciones concretas a los Partidos Comunistas o que lo explique todo, incluso sus distintas tesis. En primer lugar, no puede hablarse de que el programa sea única o principalmente una colección de instrucciones. Eso es equivocado. No puede pedirse eso del programa, sin hablar ya de que si fuera aceptada esa exigencia aumentaría increíblemente su volumen. En segundo lugar, el programa no puede explicarlo todo, comprendidas sus distintas tesis declarativas o teóricas. Para eso están los comentarios al programa. No se puede confundir el programa con los comentarios. La segunda cuestión se refiere a la estructura del programa y al orden de los distintos capítulos en el proyecto de programa. Algunos camaradas piden que se pase el capítulo sobre la meta final del movimiento, sobre el comunismo, al final del programa. Me parece que eso es también infundado. Entre el capítulo acerca de la crisis del capitalismo y el capítulo acerca del período de transición hay en el proyecto de programa un capítulo sobre el comunismo, sobre el sistema económico comunista. ¿Es acertado ese orden de los capítulos? Creo que es completamente acertado. No puede hablarse del período de transición sin hacerlo previamente del sistema económico, en este caso concreto del sistema económico comunista, al que el programa propone pasar. Se habla de un período de transición, del paso del capitalismo a otro sistema económico. Pero del paso a qué, del paso a qué sistema, precisamente, es de lo que se debe hablar antes de definir el período mismo de transición. El programa debe llevar de lo desconocido a lo conocido, de lo menos conocido a lo más conocido. Hablar de la crisis del capitalismo y después del período de transición, sin haber hablado previamente
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de a qué sistema debe pasarse, es confundir al lector y faltar al requisito elemental de la pedagogía, que lo es al mismo tiempo de la estructuración de un programa. Ahora bien, el programa debe facilitar y no dificultar al lector el paso de lo menos conocido a lo más conocido. Otros camaradas estiman que el párrafo sobre la socialdemocracia no debe formar parte del segundo capítulo del proyecto de programa, en el que se habla de la primera fase de la revolución proletaria y de la estabilización parcial del capitalismo. Creen que, así, plantean el problema de la estructura del programa. Eso es erróneo, camaradas. En realidad, de lo que se trata en este caso es de una cuestión política. Excluir del segundo capítulo el párrafo acerca de la socialdemocracia sería incurrir en un error político en una cuestión fundamental, relacionada con las causas de la estabilización parcial del capitalismo. En este caso no se trata de la estructuración del programa, sino del juicio que merece la situación política en el período de la estabilización parcial, de la apreciación del papel contrarrevolucionario de la socialdemocracia como uno de los factores de esa estabilización. Esos camaradas deben saber que no podemos prescindir del párrafo acerca de la socialdemocracia en el capítulo relativo a la estabilización parcial del capitalismo, ya que es imposible explicar dicha estabilización si no se define el papel de la socialdemocracia como uno de sus factores más importantes. En caso contrario, tendríamos que retirar también de este capítulo el párrafo acerca del fascismo, pasándolo, lo mismo que el párrafo relativo, a la socialdemocracia, al capítulo sobre los partidos. Pero retirar el párrafo sobre el fascismo y el párrafo referente a la socialdemocracia del capítulo que trata de la estabilización parcial del capitalismo, equivale a quedar inermes, sin ninguna posibilidad de explicar la estabilización capitalista. Está claro que no podemos aceptar tal cosa. La cuestión de la Nep y del comunismo de guerra. La Nep es una política de la dictadura proletaria orientada a vencer a los elementos capitalistas y a edificar la economía socialista aprovechando el mercado, a través del mercado, y no mediante un trueque directo de productos, sin mercado y al margen del mercado. ¿Pueden prescindir de la Nep los países capitalistas, aunque sean los más adelantados, al pasar del capitalismo al socialismo? Yo creo que no pueden. En una u otra medida, la nueva política económica, con sus relaciones mercantiles y la utilización de estas relaciones, es algo absolutamente necesario para todo país capitalista en el período de la dictadura del proletariado. Hay camaradas que niegan esa tesis. Pero ¿qué significa negar esa tesis? Significa, en primer lugar, partir de que inmediatamente después de la llegada del proletariado al Poder tendremos ya montados, en el cien por cien, aparatos de distribución y abastecimiento que liguen la ciudad y el campo, la industria y la pequeña producción, y que permitan establecer sin demora alguna el trueque directo de productos, sin mercado, sin comercio, sin dinero. Basta con plantear este problema para comprender lo absurdo de tal suposición. Significa, en segundo lugar, partir de que la revolución proletaria debe, después de la toma del Poder por el proletariado, emprender la expropiación de la burguesía media y de la pequeña burguesía, tomando sobre sí la inmensa carga que supone dar trabajo y asegurar medios de vida a millones de nuevos sin trabajo, llevados artificialmente a esa situación. Basta con plantear este problema para comprender lo incongruente y lo absurdo que sería tal política de la dictadura proletaria. La Nep tiene de bueno, entre otras cosas, que evita a la dictadura proletaria esas dificultades y otras semejantes. Pero de ello se desprende que la Nep es una fase inevitable de la revolución socialista en todos los países. ¿Puede decirse lo mismo del comunismo de guerra? ¿Puede decirse que el comunismo de guerra sea una fase inevitable de la revolución proletaria? No, no puede decirse. El comunismo de guerra es una política de la dictadura del proletariado impuesta por la situación de guerra y por la intervención; una política orientada a establecer el trueque directo de productos entre la ciudad y el campo no a través del mercado, sino al margen del mercado, con medidas de carácter extraeconómico, fundamentalmente, y, en parte, militar; una política que persigue el fin de organizar una distribución de los productos que pueda asegurar el abastecimiento de los ejércitos revolucionarios en el frente y de los obreros en la retaguardia. Está claro que si no hubiesen existido la guerra y la intervención, no habría habido comunismo de guerra. Por ello no puede afirmarse que el comunismo de guerra sea una fase inevitable, desde el punto de vista económico, del desarrollo de la revolución proletaria. Sería erróneo suponer que la dictadura proletaria en la U.R.S.S. empezó su labor económica por el comunismo de guerra. Algunos camaradas se desvían hacia esa postura. Pero esa postura es desacertada. Al contrario, la dictadura proletaria empezó su labor de edificación, no por el comunismo de guerra, sino proclamando los principios de la llamada nueva política económica. Todo el mundo conoce el folleto de Lenin “Las tareas inmediatas del Poder Soviético”41, publicado a comienzos de 1918, en el que Lenin fundamentó por primera vez los principios de la nueva política económica. Verdad es que esa política fue interrumpida temporalmente por la intervención y que no se pudo volver a ella hasta pasados tres años, hasta después de haber terminado
la guerra y acabado con la intervención. Pero el hecho de que la dictadura proletaria en la U.R.S.S. tuviera que volver a los principios de la nueva política económica, proclamados ya a comienzos de 1918, evidencia por dónde debe iniciar su trabajo de edificación la dictadura proletaria al día siguiente de la revolución y en qué debe basar su labor constructiva, si se parte, naturalmente, de consideraciones de carácter económico. A veces se confunde el comunismo de guerra con la guerra civil, identificándolos. Esto, naturalmente, es equivocado. La toma del Poder por el proletariado en octubre de 1917 fue, sin duda, una forma de guerra civil. Sin embargo, sería erróneo decir que la aplicación del comunismo de guerra empezó en octubre de 1917. Puede perfectamente concebirse una situación de guerra civil sin que tengan que aplicarse los métodos del comunismo de guerra, sin que deba renunciarse a los principios de la nueva política económica, como ocurrió en nuestro país a comienzos de 1918, antes de la intervención. Dicen que las revoluciones proletarias se desarrollarán en una situación de aislamiento, por lo que ninguna de ellas podrá verse libre de la intervención ni, por tanto, prescindir del comunismo de guerra. Eso es erróneo. Desde que hemos logrado la consolidación del Poder Soviético en la U.R.S.S., el desarrollo de los Partidos Comunistas en los principales países del capitalismo y el fortalecimiento de la Internacional Comunista, ya no puedo ni debe haber revoluciones proletarias aisladas. No puede hacerse abstracción de factores como la creciente crisis del capitalismo mundial, la existencia de la Unión Soviética y el desarrollo del comunismo en todos los países. (Una voz: “Sin embargo, en Hungría la revolución fue una revolución aislada”.) Eso ocurrió en 191942. Pero ahora vivimos en 1928. Basta recordar la revolución de 1923 en Alemania43, cuando la dictadura proletaria de la U.R.S.S. se disponía a prestar ayuda directa a la revolución alemana, para comprender lo relativos y convencionales que son los argumentos de algunos camaradas. (Una voz: “Revolución aislada en Alemania, aislamiento entre Francia y Alemania”.) Usted confunde la distancia con el aislamiento político. Naturalmente, la distancia desempeña su papel. Sin embargo, no se puede confundirla con el aislamiento político. ¿Y los obreros de los países de los intervencionistas? ¿Creéis que van a callarse en caso de intervención, pongamos por caso, en los asuntos de la revolución alemana y no van a atacar la retaguardia de los intervencionistas? ¿Y la U.R.S.S. y su proletariado'? ¿Creéis que la revolución proletaria en la U.R.S.S. va a contemplar tranquilamente los desmanes de los intervencionistas? Para causar daño a los intervencionistas no es obligatorio en absoluto ligarse en el espacio con el país de la revolución. Para ello basta con clavar a los intervencionistas el aguijón en las partes más vulnerables de su propio territorio a fin de que adviertan el peligro y comprendan toda la eficiencia de la solidaridad proletaria. Supongamos que nosotros nos hubiéramos metido con la Inglaterra burguesa en la región de Leningrado, causándole serios daños. ¿Se desprende de ello que Inglaterra debiera vengarse de nosotros precisamente en Leningrado? No, no se desprende eso. Podría vengarse de nosotros en cualquier otro sitio, en Batum, en Odessa, en Bakú o en Vladivostok, pongamos por caso. Lo mismo cabe decir de las formas de ayuda y apoyo de la dictadura proletaria a la revolución proletaria de uno u otro país, pongamos por caso, de Europa, contra la intervención imperialista. Pero, si no se puede admitir la intervención ni, por tanto, el comunismo de guerra como fenómenos obligatorios para todos los países, sí se puede y se debe admitir que son más o menos probables. Por ello, sin aceptar los argumentos de esos camaradas, acepto su conclusión de que en el proyecto de programa podría sustituirse la fórmula que habla de la posibilidad del comunismo de guerra para los países de la revolución proletaria, en determinada situación internacional, por una fórmula que diga que la intervención y el comunismo de guerra son más o menos probables. La cuestión de la nacionalización de la tierra. No estoy de acuerdo con los camaradas que proponen cambiar la fórmula de la nacionalización de la tierra para los países adelantados en el sentido capitalista y exigen que se proclame la nacionalización de toda la tierra en esos países el mismo día de la revolución proletaria. Tampoco estoy de acuerdo con los camaradas que proponen que no se hable en absoluto de la nacionalización de toda la tierra en los países adelantados en el sentido capitalista. Creo que sería mejor hablar de la nacionalización subsiguiente de toda la tierra, como se dice en el proyecto de programa, agregando que se asegura el derecho de usufructo de la tierra a los pequeños campesinos y a los campesinos medios. Yerran los camaradas que suponen que cuanto más desarrollado es un país desde el punto de vista capitalista, tanto más fácil es realizar en él la nacionalización de toda la tierra. Al contrario, cuanto más desarrollado es un país desde el punto de vista capitalista, tanto más difícil es realizar la nacionalización de toda la tierra, pues tanto más fuertes son en él las tradiciones de la propiedad privada sobre la tierra y tanto más difícil es, por consiguiente, luchar contra esas tradiciones. Leed las tesis de Lenin sobre la cuestión agraria en el II Congreso de la Internacional Comunista44,
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donde prepone claramente contra los pasos atolondrados e imprudentes a este respecto, y comprenderéis lo erróneas que son las afirmaciones de esos camaradas. En los países desarrollados desde el punto de vista capitalista, la propiedad privada sobre la tierra existe desde siglos, cosa que no puede decirse de países menos desarrollados desde el punto de vista capitalista, en los que el principio de la propiedad privada sobre la tierra no se ha hecho aún carne de la carne y sangre de la sangre de los campesinos. En Rusia, los campesinos incluso decían en tiempos que la tierra no era de nadie, que era de Dios. A ello, precisamente, se debe el que Lenin ya en 1906, en la espera de la revolución democrático- burguesa, lanzara la consigna de nacionalización de toda la tierra, asegurando su usufructo a los pequeños campesinos y a los campesinos medios, pues consideraba que el campesinado comprendería esta consigna y la aceptaría. ¿Acaso no es sintomático que en 1920, en el II Congreso de la Internacional Comunista, Lenin previniera a los Partidos Comunistas de los países desarrollados desde el punto de vista capitalista para que no lanzaran en seguida la consigna de nacionalización de toda la tierra, ya que el campesinado de estos países, con el instinto de propietario muy arraigado, no digeriría de golpe esta consigna? ¿Podemos hacer caso omiso de esta diferencia y no tomar en consideración las indicaciones de Lenin? Está claro que no podemos. La cuestión del contenido interno del proyecto de programa. Resulta que algunos camaradas estiman que por su contenido interno el proyecto de programa no es del todo internacional, pretendiendo que tiene un carácter “demasiado ruso”. Yo no he oído aquí semejantes objeciones. Pero resulta que las hacen en algunos círculos cercanos a la Internacional Comunista. ¿Qué ha podido dar lugar a tales manifestaciones? ¿Quizás la circunstancia de que en el proyecto de programa haya un capítulo especial acerca de la U.R.S.S.? ¿Pero qué puede haber de malo en ello? ¿Acaso nuestra revolución es por su carácter una revolución nacional y sólo nacional, y no una revolución eminentemente internacional? ¿Por qué, en tal caso, la llamamos base del movimiento revolucionario mundial, palanca del desarrollo revolucionario de todos los países y patria del proletariado mundial? Entre nosotros hubo gentes, por ejemplo nuestros oposicionistas, que consideraban la revolución en la U.R.S.S. una revolución exclusiva o principalmente nacional. Se rompieron la crisma defendiendo esa afirmación. Es extraño que haya cerca de la Internacional Comunista gente dispuesta a seguir las huellas de los oposicionistas. ¿Quizá nuestra revolución sea por su tipo una revolución nacional y sólo nacional? Pero nuestra revolución es una revolución soviética, y la forma soviética de Estado proletario es una forma más o menos obligatoria para la dictadura del proletariado en los demás países. Por algo Lenin decía que la revolución en la U.R.S.S. había abierto una nueva era en la historia del desarrollo, la era de los Soviets. ¿No se desprende de ello que no sólo desde el punto de vista de su carácter, sino también desde el punto de vista de su tipo, nuestra revolución es una revolución eminentemente internacional, que ofrece un cuadro de lo que debe ser, en sus rasgos principales, la revolución proletaria en cualquier país? Es indudable que el carácter internacional de nuestra revolución impone a la dictadura proletaria en la U.R.S.S. determinados deberes respecto a los proletarios y las masas oprimidas del mundo entero. Lenin partía de esta tesis cuando decía que el sentido de la existencia de la dictadura proletaria en la U.R.S.S. consiste en hacer todo lo posible para el desarrollo y la victoria de la revolución proletaria en los demás países. Pero ¿qué se desprende de esto? De esto se desprende, por lo menos, que nuestra revolución es parte de la revolución mundial, base e instrumento del movimiento revolucionario mundial. Es indudable también que no sólo la revolución en la U.R.S.S. tiene y cumple sus deberes respecto a los proletarios de todos los países, sino que también los proletarios de todos los países tienen algunos deberes bastante serios respecto a la dictadura proletaria en la U.R.S.S. Estos deberes consisten en apoyar al proletariado de la U.R.S.S. en su lucha contra los enemigos de fuera y de dentro, en la guerra contra la guerra encaminada a yugular la dictadura proletaria en la U.R.S.S., en la prédica del paso franco de los ejércitos del imperialismo al lado de la dictadura proletaria en la U.R.S.S. en caso de agresión contra ella. ¿No se desprende de ello que la revolución en la U.R.S.S. es inseparable del movimiento revolucionario en los demás países, que el triunfo de la revolución en la U.R.S.S. es el triunfo de la revolución en todo el mundo? ¿Acaso puede decirse después de todo eso que la revolución en la U.R.S.S. es una revolución exclusivamente nacional, aislada, sin ligazón con el movimiento revolucionario mundial? Y viceversa: ¿acaso se puede después de todo esto comprender algo en el movimiento revolucionario mundial si se lo toma desligado de la revolución proletaria en la U.R.S.S.? ¿Qué valor tendría un programa de la Internacional Comunista que tratase de la revolución proletaria mundial si eludiera la fundamental cuestión del carácter y de las tareas de la revolución proletaria en la U.R.S.S., de sus deberes para con los proletarios de todos los países, de los deberes de los proletarios de todos los países para con la dictadura proletaria en la U.R.S.S.?
Por eso estimo que las objeciones acerca del “carácter ruso” del proyecto de programa de la Internacional Comunista tienen un tufillo, ¿cómo decirlo más suavemente?.., un tufillo malo, desagradable. Pasemos a las observaciones concretas. Considero que están en lo cierto los camaradas que proponen modificar en la página 55 del proyecto de programa la frase respecto a las capas trabajadoras del campo que “siguen a la dictadura del proletariado”. Esta frase es un malentendido evidente o, quizá, una errata. Hay que enmendarla. Pero esos camaradas no tienen ninguna razón cuando proponen incluir en el proyecto de programa todas las definiciones de la dictadura del proletariado dadas por Lenin. (Risas.) En la página 52 hay la siguiente definición de la dictadura del proletariado, tomada, en lo fundamental, de Lenin: “La dictadura del proletariado es la continuación de la lucha de clase de éste bajo nuevas condiciones. La dictadura del proletariado es una lucha tenaz, cruenta e incruenta, violenta y pacífica, militar y económica, pedagógica y administrativa, contra las fuerzas y las tradiciones de la vieja sociedad, contra los enemigos capitalistas del exterior, contra los restos de las clases explotadoras del interior, contra los gérmenes de una nueva burguesía, que surgen sobre la base de la producción mercantil, que aun no ha sido superada”45. En el proyecto de programa hay otras definiciones de la dictadura en correspondencia con sus diferentes tareas en las distintas etapas de la revolución proletaria. Creo que eso basta y sobra. (Una voz: “Se ha omitido una de las fórmulas de Lenin”.) Lenin ha escrito páginas y más páginas sobre la dictadura del proletariado. Si todas ellas se incluyesen en el proyecto de programa, me temo que su volumen se triplicaría, por lo menos. Es también desacertada la objeción de algunos camaradas a la tesis sobre la neutralización del campesino medio. Lenin dice claramente en sus tesis en el II Congreso de la Internacional Comunista que en vísperas de la toma del Poder y en la primera etapa de la dictadura del proletariado en los países capitalistas, los Partidos Comunistas no pueden contar más que con la neutralización del campesino medio. Lenin dice claramente que sólo después de la consolidación de la dictadura del proletariado pueden contar los Partidos Comunistas con la organización de una alianza sólida con el campesino medio. Está claro que, al redactar el proyecto de programa, no podíamos por menos de tomar en consideración esta indicación de Lenin, sin hablar ya de que corresponde exactamente a la experiencia de nuestra revolución. También es desacertada la observación que hacen varios camaradas respecto a la cuestión nacional. Esos camaradas no tienen razón alguna para afirmar que el proyecto de programa no toma en cuenta los factores nacionales del movimiento revolucionario. La cuestión de las colonias es, en lo fundamental, una cuestión nacional. En el proyecto de programa se habla con bastante realce del yugo imperialista, del yugo en las colonias, de la autodeterminación nacional, del derecho de las naciones y de las colonias a la separación, etc., etc. Si esos camaradas tienen presentes las minorías nacionales de la Europa Central, se puede hablar de ellas en el proyecto de programa, pero yo estoy en contra de que en éste se trate especialmente la cuestión nacional en la Europa Central. Finalmente, me referiré a las observaciones de algunos camaradas respecto de Polonia como país que representa el segundo tipo de desarrollo hacia la dictadura del proletariado. Esos camaradas piensan que la clasificación de los países en tres tipos, en países de capitalismo altamente desarrollado (Norteamérica, Alemania, Inglaterra), países con un capitalismo medianamente desarrollado (Polonia, Rusia hasta la revolución de febrero, etc.) y colonias es desacertada. Afirman que a Polonia hay que incluirla entre los países del primer tipo, que únicamente puede hablarse de países de dos tipos: países capitalistas y colonias. Eso es erróneo, camaradas. Además de los países desarrollados desde el punto de vista capitalista, en los que la victoria de la revolución llevará inmediatamente a la dictadura proletaria, hay países poco desarrollados desde el punto de vista capitalista, con supervivencias feudales, con una cuestión agraria especial, de tipo antifeudal (Polonia, Rumania, etc.), en los que la pequeña burguesía, y sobre todo el campesinado, hará, sin falta, oír su voz en caso de un estallido revolucionario y en los que la victoria de la revolución, para llevar a la dictadura proletaria, puede requerir y seguramente requerirá varios peldaños intermedios, como, pongamos por caso, la dictadura del proletariado y del campesinado. Entre nosotros había también gente, como Trotski, que afirmaba antes de la revolución de febrero que el campesinado no tenía una importancia seria, que la consigna del momento era la de “sin zar, por un gobierno obrero”. Sabéis que Lenin rechazó categóricamente esta consigna, oponiéndose al menosprecio del papel y el peso relativo de la pequeña burguesía, particularmente del campesinado. Entonces hubo entre nosotros gente que creía que, inmediatamente después del derrocamiento del zarismo, el proletariado ocuparía una situación dominante. Pero ¿qué sucedió, en la realidad? Sucedió que, inmediatamente después de la revolución de febrero, salieron a escena masas de millones y millones de pequeños burgueses que inclinaron la balanza del lado de los partidos pequeñoburgueses eserista y menchevique. Los
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eseristas y los mencheviques, que hasta entonces habían sido partidos insignificantes, se convirtieron “de pronto” en la fuerza dominante del país. ¿Por qué ocurrió eso? Porque las masas de millones y millones de pequeños burgueses prestaron al principio apoyo a los eseristas y a los mencheviques. A ello, entre otras cosas, se debe el hecho de que en nuestro país la dictadura proletaria se estableciera como resultado de una transformación más o menos rápida de la revolución democrático-burguesa en revolución socialista. No creo que haya motivo para dudar de que Polonia y Rumania figuran entre los países que deberán pasar más o menos rápidamente algunos peldaños intermedios en su camino hacia la dictadura del proletariado. Por ello estimo que esos camaradas no tienen razón al negar que hay tres tipos de movimiento revolucionario que llevan a la dictadura del proletariado. Polonia y Rumania pertenecen al segundo tipo. Tales son, camaradas, mis observaciones en lo que se refiere al proyecto de programa de la Internacional Comunista. En cuanto al estilo del proyecto de programa y a ciertas formulaciones, no puedo decir que en este aspecto el proyecto de programa sea perfecto. Es de suponer que habrá que mejorarlo y precisarlo, que, quizás, será necesario aligerar el estilo, etc., etc. Pero eso incumbe a la Comisión de programa del VI Congreso de la Internacional Comunista46.
Sobre la industrialización y el problema cerealista, discurso del 9 de julio de 1928. Camaradas: Antes de que pase a la cuestión concreta de nuestras dificultades en el frente de los cereales, permitidme que me refiera a algunas cuestiones generales de interés teórico que han surgido aquí en el Pleno, durante los debates. Ante todo, la cuestión general de las fuentes principales del desarrollo de nuestra industria, de las vías para asegurar el actual ritmo de la industrialización. Esa cuestión la han tocado, quizá sin darse cuenta, Osinski, y después, Sokólnikov. Esa cuestión tiene una importancia primordial. Opino que las principales fuentes de que se alimenta nuestra industria son dos: en primer lugar, la clase obrera, y en segundo lugar, el campesinado. En los países capitalistas, la industrialización se efectuó, por lo general, a cuenta, principalmente, del saqueo de otros países, del saqueo de las colonias o de los países vencidos, o a cuenta de grandes empréstitos obtenidos en el extranjero en condiciones más o menos leoninas. Sabéis que Inglaterra estuvo durante siglos reuniendo capitales procedentes de todas las colonias, de todas las partes del mundo, haciendo, de este modo, inversiones complementarias en su industria. A ello, por cierto, se debe el que Inglaterra llegara a ser en tiempos el “taller del mundo”. Sabéis también que Alemania desarrolló su industria a cuenta, por cierto, de la contribución de cinco mil millones impuesta a Francia después de la guerra franco-prusiana. Nuestro país se distingue, precisamente, de los países capitalistas en que no puede y no debe saquear a las colonias ni, en general, a otros países. Por lo tanto, tenemos cerrado ese camino. Pero nuestro país no dispone tampoco y no quiere disponer de empréstitos extranjeros en condiciones leoninas. Por lo tanto, también tenemos cerrado ese camino. ¿Qué camino nos queda, en tal caso? Nos queda un solo camino: desarrollar la industria, industrializar el país a cuenta de la acumulación interior. Cuando en nuestro país imperaba el régimen burgués, la industria, el transporte, etc., se desarrollaban por lo común a cuenta de los empréstitos. Tomad la construcción de nuevas fábricas o el reequipamiento de las viejas, tomad el tendido de nuevos ferrocarriles o la construcción de grandes centrales eléctricas: nada de eso se hacía sin recurrir a los empréstitos del extranjero. Pero esos empréstitos se nos concedían en condiciones leoninas. Muy otra es la situación bajo el régimen soviético. Estamos tendiendo el ferrocarril del Turkestán, de una longitud de 1.400 verstas, que exige centenares de millones de rublos. Esta mas construyendo la central hidroeléctrica del Dniéper, que también exige centenares de millones. ¿Disponemos para ello de algún empréstito en condiciones leoninas? No, no disponemos de él. Todo eso lo hacemos a cuenta de la acumulación interior. Pero ¿cuáles son las fuentes principales de esa acumulación? Esas fuentes, como ya he dicho, son dos: en primer lugar, la clase obrera, que crea valores e impulsa la industria; en segundo lugar, el campesinado. En cuanto al campesinado, la situación es, en este caso, la siguiente: el campesinado paga al Estado no sólo los impuestos corrientes, directos e indirectos, sino que, en primer lugar, paga de más, en virtud de los precios relativamente altos de los artículos industriales, y, en segundo lugar, cobra de menos, en una u otra medida, en virtud de los precios establecidos para los productos agrícolas. Este es un impuesto complementario que abonan los campesinos para la elevación de la industria, que está al servicio de todo el país, comprendidos los campesinos. Es esto una especie de “tributo”, una especie de sobreimpuesto que nos vemos obligados a recaudar temporalmente a fin de mantener y elevar el actual ritmo del desarrollo de la industria, a fin de asegurar la industria para todo el país, a fin de elevar
más aún el bienestar del campo y, posteriormente, abolir por completo este impuesto complementario, estas “tijeras” entre la ciudad y el campo. Eso, huelga decirlo, es desagradable, pero nosotros no seríamos bolcheviques si velásemos este hecho y cerráramos los ojos a que, por el momento, nuestra industria y nuestro país no pueden, desgraciadamente, prescindir de este impuesto complementario pagado por los campesinos. ¿Por qué hablo de esto? Porque, al parecer, algunos camaradas no comprenden esta cosa indiscutible. Han basado sus discursos en la tesis de que el campesinado paga de más por las mercancías, lo que es absolutamente cierto, y de que el campesinado cobra de menos en virtud de los precios establecidos para los productos agrícolas, cosa que también es cierta. Pero ¿qué es lo que quieren? Quieren que se fijen para los cereales precios que restablezcan su intercambio equivalente con los artículos manufacturados, que esas “tijeras”, ese pago de más y ese cobro de menos, sean suprimidas ahora mismo. ¿Pero qué significaría la eliminación de las “tijeras”, pongamos por caso, este año o el año que viene? Significaría frenar la industrialización del país, comprendida la industrialización de la agricultura, minar nuestra joven industria, aun no consolidada, y, de este modo, asestar un golpe a toda la economía nacional. ¿Podemos consentir eso? Está claro que no podemos. ¿Hay que suprimir las “tijeras” entre la ciudad y el campo, todo ese pago de más y cobro de menos? Sí, indudablemente hay que suprimirlos. ¿Podemos suprimirlos ahora mismo sin debilitar nuestra industria y, por tanto, nuestra economía nacional? No, no podemos. ¿En qué debe consistir, en tal caso, nuestra política? Debe consistir en ir cerrando gradualmente esas “tijeras”, en ir aproximando sus puntas de año en año, reduciendo los precios de los artículos industriales y elevando la técnica de la agricultura, lo que no puede menos de llevar al abaratamiento de la producción de cereales, para abolir plenamente después, al cabo de varios años, este impuesto complementario que pagan los campesinos. ¿Puede el campesinado soportar ese peso? Indudablemente que puede: en primer lugar, porque ese peso irá disminuyendo de año en año y, en segundo lugar, porque la recaudación de ese impuesto complementario no se efectúa en las condiciones del desarrollo capitalista, cuando las masas campesinas están condenadas a la depauperación y a la explotación, sino en las condiciones soviéticas, cuando está excluida la explotación de los campesinos por el Estado socialista, y cuando el pago de ese impuesto complementario se efectúa en medio de un ascenso constante de la situación material de los campesinos. Eso es lo que puede decirse del problema de las principales fuentes del desarrollo de la industrialización de nuestro país en el presente. La segunda cuestión se refiere al problema de la ligazón con el campesino medio, al problema de los fines y los medios de esta ligazón. Según algunos camaradas, resulta que la ligazón entre la ciudad y el campo, entre la clase obrera y las masas fundamentales del campesinado se realiza exclusivamente sobre la base de los artículos textiles, sobre la base de la satisfacción del consumo personal del campesino. ¿Es eso cierto? Eso es completamente falso, camaradas. Naturalmente, la satisfacción de las necesidades personales del campesinado en artículos textiles tiene una importancia inmensa. Por ahí, precisamente, empezamos a forjar la ligazón con el campesinado en las nuevas condiciones. Pero afirmar, partiendo de ello, que con la ligazón basada en los artículos textiles acaba la cosa, que la ligazón basada en la satisfacción de las necesidades personales del campesinado es el fundamento único o principal de la alianza económica entre la clase obrera y el campesinado, significa incurrir en un gravísimo error. En realidad, la ligazón entre la ciudad y el campo no sólo se basa en la satisfacción de las necesidades personales del campesinado, no sólo se basa en los artículos textiles, sino también en la satisfacción de las necesidades económicas del campesinado, como productor agrícola. Nosotros no sólo damos al campesinado percal. Le damos, además, máquinas de toda clase, semillas, arados, abonos, etc., que tienen enorme importancia para la elevación y la transformación socialista de la economía campesina. Por consiguiente, la ligazón no sólo se basa en los artículos textiles, sino también en el metal. De otro modo, la ligazón con el campesinado no sería sólida. ¿En qué se diferencia la ligazón basada en los artículos textiles de la ligazón basada en el metal? En primer lugar, en que la ligazón basada en los artículos textiles está relacionada, principalmente, con las necesidades personales del campesinado, sin afectar, o afectando relativamente poco, los problemas de producción de la economía campesina, mientras que la ligazón basada en el metal está relacionada, principalmente, con los problemas de producción de la economía campesina, mejora esa economía, la maquiniza, eleva su rentabilidad y prepara el terreno para la agrupación de las pequeñas haciendas campesinas dispersas en grandes haciendas colectivas. Sería erróneo suponer que el fin de la ligazón consiste en la conservación de las clases, particularmente en la conservación de la clase campesina. Eso es falso, camaradas. El fin de la ligazón no consiste en absoluto en eso. El fin de la ligazón consiste en acercar el campesinado a la clase obrera, dirigente de todo nuestro desarrollo, en robustecer la alianza del campesinado con la clase obrera, fuerza rectora de esta alianza, en rehacer
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paulatinamente al campesinado, su psicología y su producción en el espíritu del colectivismo y en preparar, de este modo, las condiciones para la supresión de las clases. El fin de la ligazón no es la conservación de las clases, sino su supresión. Si la ligazón basada en los artículos textiles guarda poca relación con los problemas de producción de la economía campesina y por ello, hablando en líneas generales, no puede dar como resultado la transformación del campesinado en el espíritu del colectivismo y la supresión de las clases, la ligazón basada en el metal, por el contrario, está relacionada, ante todo, con los problemas de producción de la economía campesina, con su maquinización, con su colectivización, y, precisamente por ello, debe dar como resultado la transformación gradual del campesinado, la supresión gradual de las clases, comprendida la clase campesina. ¿Cómo se puede, en general, transformar, rehacer al campesino, su psicología y su producción en el sentido de aproximarlo a la psicología de la clase obrera, en el espíritu del principio socialista de producción? ¿Qué se requiere para ello? Para ello se requiere, ante todo, la más amplia propaganda del colectivismo entre las masas campesinas. Para ello se requiere, en segundo lugar, fomentar el cooperativismo y hacer que nuestras organizaciones cooperativas de abastecimiento y de venta abarquen en progresión creciente a nuevos millones y millones de haciendas campesinas. No puede caber duda de que sin un amplio desarrollo de nuestra cooperación no se produciría el viraje en favor del movimiento koljosiano que se observa hoy entre las masas campesinas, pues el desarrollo de las cooperativas de abastecimiento y de venta es, en nuestras condiciones, la preparación para el paso del campesinado al colectivismo. Pero todo eso dista aún mucho de ser suficiente para rehacer al campesinado. La fuerza fundamental para rehacer al campesino en el espíritu del socialismo es la nueva técnica en la agricultura, la maquinización de la agricultura, el trabajo colectivo del campesino, la electrificación del país. Aquí se invoca a Lenin, citando un conocido lugar de sus obras en el que se habla de la ligazón con la economía campesina. Pero tomar una cita aislada de Lenin, eludiendo tomarlo en su conjunto, significa tergiversarlo. Lenin comprendía perfectamente que la ligazón con el campesino sobre la base de los artículos textiles es muy importante. Pero no se detenía en ello, pues al mismo tiempo insistía en que la ligazón con el campesinado se realizase también sobre la base del metal, sobre la base de proporcionar máquinas al campesinado, sobre la base de la electrificación del país, es decir, sobre la base de todo lo que facilita la labor de rehacer y transformar la economía campesina en el espíritu del colectivismo. Permitidme que os lea la siguiente cita de Lenin: “La labor de rehacer al pequeño agricultor, la labor de rehacer toda su psicología y todos sus hábitos es obra de varias generaciones. Resolver este problema en relación con el pequeño agricultor, sanear, por decirlo así, toda su psicología, únicamente puede hacerlo la base material, la maquinaria, el empleo masivo de tractores y otras máquinas en la agricultura, la electrificación en escala masiva. Eso es lo que reharía radicalmente y con enorme celeridad al pequeño agricultor” (t. XXVI, pág. 239). La cosa está clara: la alianza de la clase obrera con el campesinado no puede ser firme y duradera, la ligazón no puede ser firme y duradera ni puede alcanzar su fin de rehacer paulatinamente al campesino, de aproximarlo a la clase obrera y de llevarlo al cauce del colectivismo, si la ligazón basada en los artículos textiles no es complementada con la ligazón basada en el metal. Así es como entendía la ligazón el camarada Lenin. La tercera cuestión se refiere al problema de la nueva política económica (la NEP) y de la lucha de clases en las condiciones de la Nep. Es necesario, ante todo, hacer constar que los principios de la Nep no fueron trazados por nuestro Partido después del comunismo de guerra, como afirman, a veces, algunos camaradas, sino antes de él, ya a comienzos de 1918, cuando obtuvimos por vez primera la posibilidad de empezar a construir la nueva economía, la economía socialista. Podría referirme al conocido folleto de Ilich “Las tareas inmediatas del Poder Soviético”, publicado a comienzos de 1918, en el que se enuncian los principios de la Nep. Al implantar después de la intervención la Nep, el Partido la calificó de nueva política económica porque había sido interrumpida por la intervención y sólo pudimos aplicarla después de ésta, después del comunismo de guerra, en comparación con el cual la Nep era, efectivamente, una nueva política económica. En confirmación de lo dicho, estimo necesario invocar la conocida resolución adoptada en el IX Congreso de los Soviets, en la que se dice en letras de molde que los principios de la nueva política económica fueron trazados antes del comunismo de guerra. En esta resolución “Sobre los resultados previos de la nueva política económica” se dice lo siguiente: “La llamada nueva política económica, cuyos principios fundamentales fueron definidos con precisión ya durante la primera tregua, en la primavera de 1918*, se basa en un riguroso cálculo de las fuerzas económicas de la Rusia Soviética. La aplicación de esa política,
* Subrayado por mí. J. St.
interrumpida por la agresión combinada de las fuerzas contrarrevolucionarias de los terratenientes y la burguesía rusos y del imperialismo europeo contra el Estado obrero y campesino, sólo fue posible después de haber sido liquidadas por la fuerza de las armas las tentativas de la contrarrevolución, a comienzos de 1921” (v. “Disposiciones del IX Congreso de los Soviets de toda Rusia”, pág. 1647). Ya veis, pues, hasta qué punto yerran algunos camaradas, cuando afirman que el Partido no adquirió conciencia de la necesidad de edificar el socialismo admitiendo el mercado y la economía monetaria, es decir, en las condiciones de la nueva política económica, hasta después del comunismo de guerra. Pero ¿qué se desprende de eso? De eso se desprende, ante todo, que la Nep no puede ser considerada únicamente como una retirada. De eso se desprende, además, que la Nep presupone la ofensiva victoriosa y sistemática del socialismo contra los elementos capitalistas de nuestra economía. La oposición, representada por Trotski, cree que si hemos implantado la Nep no nos queda más que una salida: retroceder paso a paso, como retrocedíamos al principio de la Nep, “ampliando” la Nep y entregando posiciones. En esta errónea comprensión de la Nep se basa la afirmación de Trotski de que el Partido ha “ampliado” la Nep y se ha apartado de la posición de Lenin al consentir el arriendo de la tierra y el trabajo asalariado en el campo. Permitidme que os lea unas palabras de Trotski: “¿Y qué son las últimas medidas del Poder soviético en el campo, la autorización del arriendo de la tierra y de contratación de mano de obra, todo lo que nosotros llamamos ampliación de la Nep rural?.. Pero ¿era posible no ampliar la Nep en el campo? No, porque la economía campesina hubiera decaído, el mercado se habría estrechado, la industria se hubiera visto frenada” (Trotski. “Ocho años”, págs. 16-17). Fijaos lo que se puede llegar a decir si se mete uno en la cabeza la falsa idea de que la Nep es una retirada y nada más que una retirada. ¿Puede afirmarse que el Partido, al permitir en el campo el trabajo asalariado y el arriendo de la tierra, ha “ampliado” la Nep, se ha “apartado” de Lenin, etc., etc.? ¡Naturalmente que no! La gente que afirma semejante necedad no tiene nada de común ni con Lenin ni con el leninismo. Yo podría remitirme aquí a la conocida carta de Lenin a Osinski del 1 de abril de 1922, en la que habla claramente de la necesidad del empleo del trabajo asalariado y del arriendo de la tierra en el campo. Eso fue al final del XI Congreso del Partido, en el que se discutió ampliamente entre los delegados la cuestión del trabajo en el campo, de la Nep y de sus consecuencias. He aquí una cita de la carta, que fue proyecto de resolución para los delegados al Congreso del Partido: “En la cuestión relativa a las condiciones del empleo del trabajo asalariado en la agricultura y del arriendo de la tierra, el Congreso del Partido recomienda a todos los que trabajan en esa esfera que no pongan trabas con formalidades superfluas a ninguno de los dos fenómenos y se limiten a aplicar la decisión del último Congreso de los Soviets, así como a estudiar con qué medidas prácticas concretas sería conveniente limitar los extremismos y las exageraciones nocivas en este terreno” (v. Recopilación leninista, tomo IV, pág. 39648). Ya veis hasta qué punto son necias y vacías las habladurías sobre la “ampliación” de la Nep, sobre nuestro “apartamiento” de Lenin al permitir el arriendo de la tierra y el trabajo asalariado en el campo, etc. ¿Por qué digo yo esto? Porque la gente que habla sin ton ni son de la “ampliación” de la Nep trata de justificar con esa palabrería su retirada ante los elementos capitalistas del campo. Porque dentro del Partido y cerca de él ha aparecido gente que ve en la “ampliación” de la Nep el modo de “salvan” la ligazón entre los obreros y los campesinos, gente que exige, al haber sido abolidas las medidas extraordinarias, que se renuncie a las limitaciones impuestas al kulak, que se dé rienda suelta a los elementos capitalistas del campo... en beneficio de la ligazón. Porque hay que poner a salvo al Partido con todas nuestras fuerzas y por todos los medios, contra esas ideas antiproletarias. Para no ir muy lejos, me referiré a la nota de un camarada colaborador de “Bednotá”49, Osip Chernov, que exige toda una serie de facilidades para el kulak, facilidades que no son sino una “ampliación” efectiva y manifiesta de la Nep. No sé si ese camarada es comunista o sin-partido. Pues bien, ese camarada, Osip Chernov, que es partidario del Poder Soviético y de la alianza de los obreros con el campesinado, se ha hecho tal lío en la cuestión campesina, que es difícil distinguirlo de un ideólogo de la burguesía rural. ¿Dónde residen para Osip Chernov las causas de nuestras dificultades en el frente cerealista? “La primera causa –dice- es indudablemente el sistema del impuesto de utilidades progresivo... La segunda causa son las enmiendas jurídicas en las instrucciones electorales y la confusión en dichas instrucciones en cuanto a quién se debe considerar kulak”. ¿Qué hay que hacer para eliminar las dificultades? “En primer lugar -dice Chernov-, se impone abolir el
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sistema del impuesto de utilidades progresivo, tal como es en la actualidad, y sustituirlo por un sistema de impuestos basado en la tierra que se tenga, así como gravar también con impuestos leves el ganado de labor y los grandes aperos agrícolas... La segunda medida, no menos importante, es revisar las instrucciones electorales, definiendo mejor los indicios que permitan establecer cuándo una hacienda es explotadora, kulakista”. Ahí tenéis la “ampliación” de la Nep. Como veis, las semillas arrojadas por Trotski no se han perdido. La incomprensión de la Nep engendra las habladurías acerca de la “ampliación” de la Nep, y las habladurías acerca de la “ampliación” de la Nep originan notas, artículos, cartas y propuestas de toda especie diciendo que hay que dar rienda suelta al kulak, eximirlo de las restricciones y dejarlo enriquecerse libremente. A este respecto, por lo que toca a la cuestión de la Nep y a la lucha de clases en las condiciones de la Nep, quisiera señalar otro hecho. Me refiero a la declaración de un camarada que ha dicho que la lucha de clases en las condiciones de la Nep con motivo de los acopios de cereales es de una importancia de tercer orden y no tiene ni puede tener una significación seria en lo que respecta a nuestras dificultades en los acopios. Debo decir, camaradas, que no puedo, de ninguna de las maneras, estar de acuerdo con esa afirmación. Estimo que en nuestro país no hay ni puede haber, en las condiciones de la dictadura del proletariado, ningún hecho político o económico más o menos serio que no refleje la existencia de la lucha de clases en la ciudad o en el campo. ¿Acaso la Nep supone la abolición de la dictadura del proletariado? ¡Claro que no! Al contrario, la Nep es una expresión peculiar y un instrumento de la dictadura del proletariado. ¿Y acaso la dictadura del proletariado no es la continuación de la lucha de clases? (Voces: “¡Exacto!”) ¿Cómo se puede, después de eso, decir que la lucha de clases desempeña un papel de tercer orden en hechos políticos y económicos tan importantes como la actividad de los kulaks contra la política del Poder Soviético durante los acopios, como las contramedidas y la ofensiva del Poder Soviético contra los kulaks y los especuladores en relación con los acopios de cereales? ¿Acaso no es un hecho que durante crisis de los acopios de cereales asistimos a la primera acción seria, en las condiciones de la Nep, de los elementos capitalistas del campo contra la política del Poder Soviético? ¿Acaso en el campo ya no hay clases ni lucha de clases? ¿Acaso no es cierto que la consigna de Lenin de apoyarse en los campesinos pobres, aliarse con los campesinos medios y luchar contra los kulaks constituye, en las condiciones actuales, la consigna fundamental de nuestro trabajo en el campo? ¿Y qué es esta consigna sino la expresión de la lucha de clases en el campo? Naturalmente, nuestra política no puede considerarse en modo alguno una política de encono de la lucha de clases. ¿Por qué? Porque enconar la lucha de clases lleva a la guerra civil. Porque, encontrándonos en el Poder, habiendo consolidado este Poder y teniendo en sus manos la clase obrera las posiciones dominantes, no estamos interesados en que la lucha de clases adquiera formas de guerra civil. Pero eso no significa en absoluto que, por ello, quede abolida la lucha de clases o que ésta no vaya a agudizarse. Y tanto menos significa que la lucha de clases no sea la fuerza decisiva de nuestro avance. No, no lo significa. Decimos con frecuencia que desarrollamos las formas socialistas de economía en la esfera del comercio. ¿Y qué quiere decir eso? Quiere decir que, con ello, desalojamos del comercio a miles y miles de comerciantes pequeños y medios. ¿Puede suponerse que esos comerciantes desalojados de la esfera del comercio van a poner punto en boca sin hacer intentos de organizar la resistencia? Está claro que no. Decimos con frecuencia que desarrollamos las formas socialistas de economía en la esfera de la industria. ¿Y qué quiere decir eso? Quiere decir que, quizá sin darnos cuenta, desplazamos y arruinamos con nuestro avance hacia el socialismo a miles y miles de capitalistas industriales pequeños y medios. ¿Puede suponerse que esta gente arruinada va a poner punto en boca sin hacer intentos de organizar la resistencia? Naturalmente que no. Decimos con frecuencia que es necesario poner coto a los apetitos explotadores de los kulaks en el campo, que hay que gravar a los kulaks con elevados impuestos, que hay que limitar el derecho de arriendo, que no hay que dar a los kulaks el derecho a participar en las elecciones a los Soviets, etc., etc. ¿Y qué quiere decir eso? Quiere decir que presionamos y desalojamos paulatinamente a los elementos capitalistas del campo, llevándolos a veces hasta la ruina. ¿Puede suponerse que los kulaks nos van a estar agradecidos por ello y que no intentarán organizar a parte de los campesinos pobres o medios contra la política del Poder Soviético? Naturalmente que no. ¿No está claro que todo nuestro avance, que todo éxito más o menos serio en la edificación socialista son expresión y resultado de la lucha de clases en nuestro país? Pero de ello se desprende que, conforme avancemos, crecerá la resistencia de los elementos capitalistas, se agudizará la lucha de clases, y el Poder Soviético, cuyas fuerzas irán aumentando más y más, aplicará una política de aislamiento de esos elementos, una política de descomposición de los
enemigos de la clase obrera, una política, por último, de aplastamiento de la resistencia de los explotadores, creando la base para el avance continuo de la clase obrera y de las masas fundamentales del campesinado. No pueden presentarse las cosas de manera como si las formas socialistas fueran a desarrollarse desalojando a los enemigos de la clase obrera y los enemigos se avinieran a retroceder en silencio, cediendo paso a nuestro avance, y como si después de nuevo fuéramos a avanzar y ellos de nuevo a retroceder, para, finalmente, de manera “inesperada”, “de pronto”, “sin darse cuenta”, sin luchas ni zozobras encontrarse todos los grupos sociales sin excepción, tanto los kulaks como los campesinos pobres, tanto los obreros como los capitalistas, en el seno de la sociedad socialista. Tales lindezas no ocurren ni pueden ocurrir en general, ni, sobre todo, en la dictadura del proletariado. Nunca ha ocurrido ni ocurrirá que las clases agonizantes entreguen sus posiciones voluntariamente, sin hacer intentos de organizar la resistencia. Nunca ha ocurrido ni ocurrirá que el avance de la clase obrera hacia el socialismo pueda producirse en la sociedad de clases sin luchas ni zozobras. Al contrario, el avance hacia el socialismo no puede por menos de originar la resistencia de los elementos explotadores a este avance, y la resistencia de los explotadores no puede por menos de originar una inevitable agudización de la lucha de clases. Por ello no se debe adormecer a la clase obrera con habladurías acerca del papel secundario de la lucha de clases. La cuarta cuestión se refiere al problema de las medidas extraordinarias respecto a los kulaks y los especuladores. No puede considerarse las medidas extraordinarias como algo absoluto y dado de una vez y para siempre. Las medidas extraordinarias son necesarias y convenientes en determinadas condiciones, en condiciones excepcionales, cuando no se dispone de otros medios para maniobrar. Las medidas extraordinarias son innecesarias y nocivas en otras condiciones, cuando se dispone de otros medios, de medios flexibles, para maniobrar en el mercado. No tienen razón los que creen que las medidas extraordinarias son malos en todas las condiciones. Contra esa gente hay que desplegar una lucha sistemática. Tampoco tienen razón los que creen que las medidas extraordinarias son siempre necesarias y convenientes. Contra esa gente hay que desplegar una lucha decidida. ¿Fue un error la aplicación de las medidas extraordinarias en la situación de crisis en los acopios de cereales? Ahora todos reconocen que no fue un error y que, por el contrario, las medidas extraordinarias salvaron al país de una crisis general de la economía. ¿Qué nos obligó a aplicar esas medidas? El déficit de 128 millones de puds de grano a comienzos de enero de este año, déficit que debíamos enjugar antes del deshielo, imprimiendo al mismo tiempo un ritmo normal a los acopios de cereales. ¿Podíamos prescindir de las medidas extraordinarias cuando carecíamos de una reserva de cereales de unos 100 millones de puds, necesarios para esperar e intervenir en el mercado con el fin de hacer que bajasen los precios del grano, o cuando no disponíamos de las reservas de divisas necesarias para importar grandes partidas de cereales? Está claro que no podíamos. ¿Y qué hubiera ocurrido si no hubiésemos logrado enjugar ese déficit? Nos encontraríamos ahora ante una gravísima crisis de toda la economía nacional, con el hambre en las ciudades, con el hambre en el ejército. Si hubiésemos tenido una reserva de cereales de unos 100 millones de puds para esperar y rendir después por agotamiento al kulak, interviniendo nosotros en el mercado a fin de hacer bajar los precios del grano, no habríamos tomado, naturalmente, medidas extraordinarias. Pero sabéis perfectamente que no disponíamos de esa reserva. Si hubiésemos tenido entonces una reserva de divisas de unos 100 ó 150 millones de rublos para importar grano, quizá no habríamos tomado medidas extraordinarias. Pero vosotros sabéis perfectamente que no disponíamos de esa reserva. ¿Quiere decir esto que debemos quedarnos sin reservas también en el futuro y recurrir de nuevo a la ayuda de medidas extraordinarias? No, no quiere decir eso. Al contrario, debemos, por todos los procedimientos a nuestro alcance, acumular reservas para no tener que tomar ninguna medida extraordinaria. La gente que piensa convertir las medidas extraordinarias en política constante o duradera del Partido, es gente peligrosa, porque juega con fuego y origina un peligro para la ligazón. ¿Acaso se desprende de ello que debemos renunciar para siempre a la aplicación de medidas extraordinarias? No, no se desprende eso. No tenemos fundamento para afirmar que no puedan repetirse alguna vez condiciones excepcionales que requieran la aplicación de medidas extraordinarias. Afirmar tal cosa sería puro charlatanismo. Lenin, que fundamentó la nueva política económica, no consideraba posible, pese a ello, desistir por completo bajo la Nep, en determinadas condiciones y en determinada situación, ni siquiera de los métodos de los comités de campesinos pobres. Con tanta mayor razón nosotros no podemos jurar que renunciamos para siempre a la aplicación de medidas extraordinarias que no pueden ponerse en un mismo plano con un medio tan agudo de lucha contra los kulaks como los métodos de los comités de campesinos pobres. Quizá no esté de más que os recuerde un episodio que le ocurrió a Preobrazhenski en el XI Congreso de
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nuestro Partido y que guarda relación directa con el asunto que nos ocupa. Es sabido que, en sus tesis acerca del trabajo en el campo presentadas al XI Congreso, Preobrazhenski trató de rechazar “de una vez para siempre” en las condiciones de la Nep los métodos de lucha utilizados por los comités de campesinos pobres contra los kulaks. Preobrazhenski decía en sus tesis: “La política de repudio de esta capa (los kulaks y los campesinos acomodados) y de brutal aplastamiento de la misma por los métodos extraeconómicos de los comités de campesinos pobres de 1918 sería un error de lo más nocivo” (§ 2). Es sabido que Lenin contestó lo que sigue: “La segunda frase del segundo párrafo (contra “los métodos de los comités de campesinos pobres”) es perjudicial y falsa, porque la guerra, por ejemplo, puede obligar a que se recurra a los métodos de los comités de campesinos pobres. De ello debería hablarse de modo completamente distinto, por ejemplo así: en vista de la importancia dominante del ascenso de la agricultura y del aumento de su producción, en el momento presente* la política del proletariado respecto a los kulaks y a los campesinos acomodados debe ir encaminada, en lo fundamental, a la limitación de sus afanes explotadores, etc., etc. El quid de la cuestión reside en cómo debe y puede nuestro Estado limitar esos afanes y defender a los campesinos pobres. Eso hay que estudiarlo y obligar a estudiarlo prácticamente, pues las frases generales no dice nada” (v. Recopilación leninista, tomo IV, pág. 39150). Es evidente que las medidas extraordinarias deben considerarse dialécticamente, porque todo depende de las condiciones de tiempo y de lugar. Eso es lo que puede decirse, camaradas, de las cuestiones de carácter general surgidas en la discusión. Permitidme ahora que pase al problema de los cereales y a la raíz de nuestras dificultades en el frente cerealista. Opino que varios camaradas han cometido un error metiendo en un mismo saco las diversas causas de nuestras dificultades en el frente cerealista, mezclando las causas temporales y eventuales (específicas) con las causas perdurables y fundamentales. Existen dos clases de causas de las dificultades en cuanto a los cereales: las causas perdurables, fundamentales, para cuya eliminación se requieren varios años, y causas específicas, eventuales, que pueden ser eliminadas ahora mismo, si se adoptan y aplican las medidas necesarias. Meter en un mismo saco todas esas causas es embrollar todo el problema. ¿En qué consisten el sentido fundamental y el alcance fundamental de nuestras dificultades en el
* Subrayado por mí. J. St. frente cerealista? En que plantean ante nosotros con toda su magnitud el problema cerealista, el problema de la producción de cereales, el problema de la agricultura en general y de la producción de grano en particular. ¿Es, en general, el problema de los cereales una cuestión candente para nuestro país? Sin duda que sí. Sólo los ciegos pueden dudar de que el problema de los cereales traspira por todos los poros de la sociedad soviética. No podemos vivir como los gitanos, sin reservas de cereales, sin determinadas reservas para caso de mala cosecha, sin reservas para maniobrar en el mercado, sin reservas para caso de guerra, sin ciertas reservas, por último, para la exportación. Incluso el pequeño campesino, pese a la exigüidad de su hacienda, no puede prescindir de reservas, de ciertas reservas. ¿Acaso no es evidente que nuestro inmenso Estado, que ocupa una sexta parte de la tierra, no puede prescindir de las reservas de cereales para sus necesidades interiores y exteriores? Supongamos que no hubieran perecido las sementeras de trigo de otoño en Ucrania y hubiéramos terminado la campaña de acopios de este año “a la par”, ¿podría considerarse que eso era suficiente para nosotros? No, no podría considerarse. No podemos seguir viviendo al día. Debemos disponer de cierto mínimo de reservas, si queremos mantener las posiciones del Poder Soviético tanto dentro como fuera del país. En primer lugar, no estamos garantizados contra agresiones militares. ¿Creéis que se puede defender el país sin tener reservas de grano para el ejército? Los camaradas que han hecho uso de la palabra tenían plena razón al decir que el campesino de hoy no es el de hace unos seis años, cuando temía perder la tierra en beneficio del terrateniente. El campesino se está olvidando ya del terrateniente. Ahora exige condiciones de vida nuevas, mejores. ¿Podemos nosotros, en caso de agresión de nuestros enemigos, hacer la guerra al enemigo exterior en el frente y al mujik en la retaguardia con el fin de obtener con toda urgencia pan para el ejército? No, no podemos ni debemos hacerlo. Para defender el país tenemos que disponer de ciertas reservas, que nos permitan abastecer al ejército aunque sea en los seis primeros meses. ¿Para qué necesitamos esos seis meses de tregua? Para que el campesino pueda despabilarse, ver el peligro de la guerra, ver claro en los acontecimientos y estar dispuesto a esforzarse para bien de la causa común de la defensa del país. Si nos damos por satisfechos con salir “a la par”, jamás dispondremos de reserva alguna para caso de guerra. En segundo lugar, no estamos garantizados contra complicaciones en el mercado cerealista. Necesitamos, sin duda alguna, una determinada reserva para intervenir en los asuntos del mercado cerealista, para aplicar nuestra política de precios,
pues no podemos ni debemos recurrir en cada momento a medidas extraordinarias. Pero jamás tendremos esas reservas si nos limitamos cada vez a ir bordeando el barranco, contentándonos con la posibilidad de terminar “a la par” la campaña anual de acopios. En tercer lugar, no estamos garantizados contra las malas cosechas. Nos es absolutamente indispensable determinada reserva de cereales para abastecer en caso de mala cosecha a las regiones hambrientas, aunque sólo sea en cierta medida, aunque sólo sea por cierto tiempo. Pero no tendremos esa reserva si no aumentamos la producción de grano mercantil y no renunciamos categórica y resueltamente a la vieja costumbre de vivir sin reservas. Por último, nos es absolutamente indispensable una reserva para la exportación de cereales. Necesitamos importar maquinaria para la industria. Necesitamos importar máquinas agrícolas, tractores y accesorios para ellos. Pero no podemos hacerlo sin exportar cereales, sin acumular determinadas reservas de divisas a cuenta de la exportación de cereales. Antes de la guerra se exportaban de 500 a 600 millones de puds de grano anualmente. Se exportaba tanto porque no comíamos lo necesario. Eso es cierto Pero hay que comprender, no obstante, que antes de la guerra en el país había el doble de grano mercantil que en la actualidad. Y precisamente porque ahora tenemos la mitad de grano mercantil, precisamente por eso, los cereales no figuran ahora en la exportación. Pero ¿qué supone el que los cereales no figuren en la exportación? Supone la pérdida de la fuente gracias a la cual importábamos y debemos importar maquinaria para la industria y tractores y otras máquinas para la agricultura. ¿Se puede seguir así, sin acumular reservas de cereales para la exportación? No, no se puede. Ya veis hasta qué punto son precarias e inestables nuestras reservas de cereales. No hablo ya de que, además de no disponer de reservas de cereales para esos cuatro fines, no tenemos siquiera un mínimo de reservas necesario para que el paso de una temporada de acopios a la siguiente sea indoloro y podamos abastecer sin intermitencias a las ciudades en meses tan difíciles como junio y julio. ¿Se puede, después de todo esto, negar la agudeza del problema cerealista y la gravedad de nuestras dificultades en el frente de los cereales? Ahora bien, a causa de las dificultades en el problema cerealista han surgido también dificultades de carácter político. Eso no debe olvidarse en ningún caso, camaradas. Me refiero al descontento que ha surgido entre cierta parte del campesinado, entre cierta parte de los campesinos pobres y medios, y ha creado cierto peligro para la ligazón. Naturalmente, sería por completo erróneo afirmar que hay ya desunión, como dice en su nota Frumkin. Eso es falso, camaradas. La desunión es cosa grave. La desunión es el comienzo de la guerra civil, si no la guerra civil misma. No hay que asustarse a sí mismo con palabras “terribles”. No hay que dejarse dominar por el pánico. Eso es indigno de los bolcheviques. La desunión es la ruptura del campesinado con el Poder Soviético. Pero si el campesino hubiera roto efectivamente con el Poder Soviético, que es el fundamental acopiador del grano de los campesinos, no extendería las sementeras. Sin embargo, vemos que este año la superficie de siembra de cereales de primavera ha aumentado en todas las regiones cerealistas sin excepción. ¿Qué desunión es ésa? ¿Acaso se puede llamar a ese estado “falta de perspectivas” de la hacienda campesina, como dice, por ejemplo, Frumkin? ¿Qué “falta de perspectivas” es ésa'? ¿Cuál es la raíz de nuestras dificultades en el problema cerealista, si tenemos en cuenta las causas perdurables y fundamentales de las dificultades, y no las causas de carácter temporal, eventual? La raíz de nuestras dificultades en el problema cerealista está en la dispersión y el fraccionamiento crecientes de la agricultura. Es un hecho que la agricultura se fracciona, sobre todo la economía cerealista, haciéndose cada vez menos rentable y menos mercantil. Si antes de la revolución teníamos unos 15 ó 16 millones de haciendas campesinas, hoy tenemos de 24 a 25 millones, con la particularidad de que el proceso de fraccionamiento muestra la tendencia de seguir acentuándose. Es verdad que hoy la superficie de siembra cede en muy poco a la de antes de la guerra y que la producción global de cereales es en total cosa de un 5% inferior a la de entonces. Pero lo malo es que, a pesar de ello, la producción de grano mercantil es la mitad, es decir, un 50% inferior a la de antes de la guerra. Ahí está el quid de la cuestión. ¿Qué es lo que ocurre? Pues que la pequeña hacienda es menos rentable, menos mercantil y menos estable que la gran hacienda. La conocida tesis del marxismo de que la pequeña producción es menos ventajosa que la grande, conserva todo su vigor también en la agricultura. Por ello la pequeña hacienda campesina da en la misma superficie de tierra mucho menos grano mercantil que la grande. ¿Cuál es la salida de la situación? Tenemos tres salidas, como se dice en la resolución del Buró Político. 1. La salida consiste en elevar en la medida de lo posible el rendimiento de las haciendas campesinas pequeñas y medianas, en sustituir el arado primitivo por el moderno, en proporcionar a los campesinos maquinas pequeñas y medianas, en facilitarlos abonos, en abastecerlos de semillas, en prestarles ayuda agronómica, en organizarlos en cooperativas, en concertar contratos con aldeas enteras,
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prestándoles semillas de la mejor calidad y asegurando, de este modo, créditos colectivos al campesinado y, finalmente, en alquilarles grandes máquinas por mediación de las estaciones de alquiler. No tienen razón los camaradas que afirman que la pequeña hacienda campesina ha agotado las posibilidades de seguir desarrollándose y que, por consiguiente, ya no vale la pena de ayudarle. Eso es completamente falso. A la hacienda campesina individual le quedan aún no pocas posibilidades de desarrollo. Sólo hace falta saber ayudarlo a aprovechar esas posibilidades. Tampoco tiene razón “Krásnaia Gavieta”5l cuando afirma que la política de cooperación de venta y abastecimiento de las haciendas campesinas individuales no ha justificado las esperanzas depositadas en ella. Eso es completamente falso, camaradas. Al contrario, la política de cooperación de abastecimiento y venta ha justificado plenamente las esperanzas que en ella pusimos, creando una base real para el viraje del campesinado hacia el movimiento koljosiano. Es indudable que sin el desarrollo de la cooperación de abastecimiento y venta no se hubiera producido el viraje en la actitud del campesinado hacia los koljoses que observamos hoy y que nos ayuda a llevar adelante la edificación koljosiana. 2. La salida consiste, además, en ayudar a los campesinos pobres y medios a agrupar paulatinamente sus dispersas y pequeñas haciendas en grandes haciendas colectivas sobre la base de la nueva maquinaria y del trabajo colectivo, por ser las grandes haciendas más ventajosas y dar más producción mercantil. Me refiero a todas las formas de agrupación de las pequeñas haciendas en haciendas grandes, colectivas, desde las simples cooperativas hasta los arteles, que dan incomparablemente más producción mercantil y son incomparablemente más productivos que las pequeñas haciendas campesinas dispersas. Esa es la base de la solución del problema. No tienen razón los camaradas que, al luchar por los koljoses, nos acusan de “rehabilitar” la pequeña hacienda campesina. Por lo visto, creen que nuestra actitud hacia la hacienda campesina individual debe ser una actitud de lucha y de exterminio, y no una actitud de ayuda y de atracción. Eso es completamente erróneo, camaradas. La hacienda campesina individual no necesita en absoluto ser “rehabilitada”. Es poco rentable, eso es cierto. Pero ello no significa todavía que sea completamente desventajosa. Destruiríamos la ligazón si adoptásemos el punto de vista de la lucha y el exterminio de la hacienda campesina individual, apartándonos de la posición leninista de ayuda cotidiana y de apoyo de los koljoses a las haciendas campesinas individuales. Aun están más equivocados los que, en su ensalzamiento de los koljoses, declaran que la hacienda campesina individual es una “maldición” para nosotros. Eso huele ya a guerra franca contra la hacienda campesina. ¿De dónde ha salido eso? Si la hacienda campesina es una “maldición”, ¿cómo se explica entonces la alianza de la clase obrera con las masas fundamentales del campesinado? Alianza de la clase obrera con una “maldición”: ¿acaso se dan tales incongruencias bajo la capa del cielo? ¿Cómo pueden decirse cosas semejantes y predicar al mismo tiempo la ligazón? Invocan las palabras de Lenin de que necesitamos desmontar paulatinamente del caballejo campesino para montar el caballo de acero de la industria. Eso está muy bien. Pero ¿acaso se desmonta así de un caballo para montar otro? Declarar la hacienda campesina una “maldición” sin haber creado todavía una amplia y poderosa base constituida por una extensa red de koljoses: ¿no significa eso quedarse sin ningún caballo, sin ninguna base? (Voces: “¡Muy bien dicho, muy bien dicho!”.) El error de esos camaradas consiste en que oponen los koljoses a la hacienda campesina individual. Y lo que nosotros queremos es que estas dos formas de economía no se opongan una a la otra, sino que se liguen la una a la otra, para que en esa ligazón el koljós preste su apoyo a la hacienda campesina individual y le ayude a pasar poco a poco al cauce del colectivismo. Sí, nosotros queremos que los campesinos no miren a los koljoses como a su enemigo, sino como a su amigo, que le ayuda y le ha de ayudar a liberarse de la miseria. (Voces: “¡Así es!”.) Si esto es así, entonces no hay que hablar de “rehabilitación” de la hacienda campesina individual ni de que la hacienda campesina es para nosotros una “maldición”. Debería decirse que la pequeña hacienda campesina es menos ventajosa, o incluso la menos ventajosa, en comparación con la gran hacienda colectiva, aunque no deja de reportar cierto beneficio de no poca importancia. y por lo que vosotros decís resulta que la pequeña hacienda campesina es absolutamente desventajosa y, quizás, hasta nociva. No es así como consideraba Lenin la pequeña hacienda campesina. He aquí lo que decía de ella en su discurso “Sobre el impuesto en especie”: “Si la economía campesina puede seguir desarrollándose, es necesario asegurar también firmemente su ulterior transformación, y esa transformación ulterior consistirá, inevitablemente, en que, unificándose poco a poco, las pequeñas haciendas campesinas aisladas, las menos beneficiosas y las más atrasadas, organicen una agricultura basada en grandes haciendas colectivas. Así se lo han imaginado siempre los socialistas. Precisamente así lo considera también nuestro Partido Comunista” (t. XXVI, pág. 299). Resulta que la hacienda campesina individual reporta, a pesar de todo, cierto beneficio.
Una cosa es cuando una forma superior de economía, la gran hacienda, lucha con una forma inferior y la arruina, la hunde. Así ocurre bajo el capitalismo. Y otra cosa completamente distinta es cuando la forma superior de economía no arruina a la inferior, sino que la ayuda a elevarse, a pasar al cauce del colectivismo. Así ocurre en el régimen soviético. He aquí lo que dice Lenin de las relaciones entre los koljoses y las haciendas campesinas individuales: “Hay que luchar sobre todo porque se aplique efectiva y plenamente la ley del Poder Soviético (sobre los koljoses y los Sovjoses. J. St.) que exige de los sovjoses, de las comunas agrícolas y de todas las asociaciones análogas que presten una ayuda inmediata y en todos los aspectos a los campesinos medios del contorno. Sólo sobre la base de esa ayuda efectiva es posible el acuerdo con el campesino medio*. Sólo así puede y debe ganarse su confianza” (t. XXIV, pág. 175). Resulta, pues, que los koljoses y los sovjoses deben ayudar a las haciendas campesinas precisamente como a haciendas individuales. Por último, una tercera cita de Lenin: “Sólo si se consigne hacer ver prácticamente a los campesinos las ventajas del cultivo en común, colectivo, en cooperativas y arteles; sólo si se logra ayudar al campesino por medio de la hacienda cooperativa, colectiva, sólo entonces la clase obrera, dueña del Poder del Estado, demostrará realmente al campesino que ella tiene razón y atraerá realmente a su lado, de un modo sólido y auténtico, a la masa de millones y millones de campesinos” (t. XXIV, pág. 579). Ya veis cuánta importancia daba Lenin al movimiento koljosiano para la transformación socialista de nuestro país. Es sumamente extraño que, en sus extensos discursos, algunos camaradas hayan centrado toda la atención en el problema de las haciendas campesinas individuales, sin decir nada, lo que se dice ni una sola palabra, de la tarea de elevar los koljoses como tarea actual y decisiva de nuestro Partido. 3. La salida consiste, por último, en fortalecer los viejos sovjoses y organizar nuevos y grandes sovjoses, que son las entidades económicas más rentables y de mayor producción mercantil. Tales son las tres tareas fundamentales cuyo cumplimiento nos permitirá resolver el problema de los cereales y eliminar, de tal modo, la propia raíz de nuestras dificultades en el frente cerealista. La particularidad del momento presente consiste en que la primera tarea, la tarea de elevar la hacienda campesina individual, que sigue siendo la tarea fundamental de nuestro trabajo, ya no es suficiente para resolver el problema de los cereales. La particularidad del momento presente consiste en que la primera tarea debe ser complementada
* Subrayado por mí. J. St. prácticamente por dos nuevas tareas: organizar koljoses y organizar sovjoses. Sin la conjugación de estas tareas, sin un trabajo tenaz por esos tres cauces, es imposible resolver el problema de los cereales ni en lo que respecta al abastecimiento del país con grano mercantil ni en cuanto a la transformación de toda nuestra economía nacional sobre bases socialistas. ¿Qué opinaba Lenin sobre este particular? Tenemos un conocido documento probatorio de que la resolución del Buró Político sometida al examen del Pleno coincide plena e íntegramente con el plan práctico de desarrollo de la agricultura trazado por Lenin en ese documento. Me refiero al “Mandato al C.T.D.” (Consejo de Trabajo y Defensa), escrito por Lenin. Fue publicado en mayo de 1921. En este documento Lenin analiza tres grupos de cuestiones prácticas: el primer grupo se refiere a las cuestiones del comercio y la industria, el segundo, a las cuestiones de la elevación de la agricultura y el tercero, a las conferencias económicas locales52 y regionales de toda clase para regular la economía. ¿Qué se dice allí, en ese documento sobre la agricultura? He aquí una cita del “Mandato al C.T.D.”: “Segundo grupo de cuestiones. Elevación de la agricultura: a) hacienda campesina, b) sovjoses, c) comunas, d) arteles, e) cooperativas, f) otros tipos de hacienda colectiva” (v. t. XXIV, pág. 374). Ya veis que las conclusiones prácticas de la resolución del Buró Político para resolver el problema de los cereales y, en general, el problema de la agricultura, coinciden íntegramente con el plan de Lenin expuesto en el “Mandato al C.T.D.” en 1921. Tiene gran interés señalar la alegría, verdaderamente juvenil, con que Lenin, gigante que movía montañas y las lanzaba unas contra otras, acogía cada noticia de la fundación de uno o dos koljoses o del envío de tractores a este o aquel sovjós. He aquí, por ejemplo, un fragmento de una carta “A la Sociedad de Ayuda Técnica a la Rusia Soviética”: “Queridos camaradas: En nuestros periódicos han aparecido noticias extraordinariamente gratas respecto al trabajo de los miembros de su Sociedad en los sovjoses del distrito de Kirsánov, provincia de Tambov, y en Mítino, provincia de Odessa, así como del trabajo de un grupo de mineros de la cuenca del Donetz... Yo voy a presentar al Presídium del Comité Ejecutivo Central de la R.S.F.S.R. una solicitud pidiendo que se considere haciendas modelo a las mejores y se les preste la ayuda especial y extraordinaria indispensable para el buen desarrollo de su trabajo. Les expreso una vez más en nombre de nuestra República un profundo agradecimiento y les ruego que tengan presente que su ayuda para
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el cultivo de la tierra con tractores es para nosotros particularmente oportuna e importante. Me es muy grato poder felicitarles con motivo de la organización de 200 comunas agrícolas proyectada por ustedes” (t. XXVII, pág. 309). He aquí, además, un párrafo de una carta “A la Sociedad de Amigos de la Rusia Soviética” en América: “Queridos camaradas: Acabo de comprobar en una consulta especial con el Comité Ejecutivo de la provincia de Perm las noticias extraordinariamente gratas publicadas en nuestros periódicos respecto al trabajo de los miembros de su Sociedad, encabezados por Harold Ware, en el destacamento de tractores de la provincia de Perm en el sovjós* (hacienda soviética) “Toikino”... Voy a presentar al Presídium del Comité Ejecutivo Central de toda Rusia una solicitud pidiendo que se considere hacienda modelo a este sovjós y se le preste ayuda especial y extraordinaria en cuanto a la construcción, el abastecimiento de gasolina, de metal y de otros materiales necesarios para organizar un taller de reparaciones. Les expreso una vez más en nombre de nuestra República un profundo agradecimiento y les ruego que tengan presente que ninguna ayuda es en la actualidad tan oportuna y tan importante para nosotros como la que nos han prestado ustedes” (t. XXVII, pág. 308). Ya veis con qué alegría acogía Lenin la más pequeña noticia sobre el desarrollo de los koljoses y los sovjoses. Que esto sirva de lección a los que piensan engañar a la historia y prescindir de los koljoses y sovjoses en la edificación victoriosa del socialismo en nuestro país. Termino, camaradas. Creo que las dificultades en cuanto a los cereales no pasarán para nosotros en vano. Nuestro Partido ha aprendido y avanzado superando dificultades y crisis de todo género. Creo que las dificultades actuales templarán nuestras filas bolcheviques y harán que éstas se entreguen de lleno a la solución del problema de los cereales. Y resolver ese problema significa barrer de nuestra ruta una de las mayores dificultades que se alzan en el camino hacia la transformación socialista de nuestro país.
Sobre la ligazón de los obreros y los campesinos y sobre los sovjoses, del discurso pronunciado el 11 de julio de 1928. En sus intervenciones acerca de los sovjoses, algunos camaradas han vuelto a la discusión de ayer sobre el problema de los acopios de cereales. Pues bien, volvamos a la discusión de ayer. ¿Sobre qué discutíamos ayer? Ante todo, sobre las “tijeras” entre la ciudad y el campo. Se habló de que el campesino sigue pagando de más los artículos
* Subrayado por mí. J. St. industriales y cobrando de menos por los productos agrícolas. Se habló de que ese pago de más y ese cobro de menos constituyen un sobreimpuesto que paga el campesinado, una especie de “tributo”, un impuesto complementario en favor de la industrialización y que debe ser abolido sin falta, pero que no podemos abolir ahora mismo, si no queremos minar nuestra industria, minar un determinado ritmo del desarrollo de nuestra industria, que trabaja para todo el país e impulsa nuestra economía nacional hacia el socialismo. A algunos eso no les gustó. Tales camaradas, por lo visto, temen reconocer la verdad. En fin, es cosa de gustos. Hay quien piensa que no se debe decir toda la verdad en el Pleno del C.C. Pero yo estimo que en el Pleno del C.C. de nuestro Partido estamos obligados a decir toda la verdad. No debe olvidarse que el Pleno del C.C. no puede considerarse un mitin de masas. Naturalmente, las palabras “sobreimpuesto”, “impuesto complementario”, son palabras desagradables, porque dan en las narices. Pero, en primer lugar, no se trata de las palabras. En segundo lugar, las palabras corresponden plenamente a la realidad. En tercer lugar, esas palabras desagradables tienen precisamente la misión de dar en las narices para obligarnos a los bolcheviques a emprender del modo más serio la supresión de ese “sobreimpuesto”, la supresión de las “tijeras”. Y ¿cómo se pueden suprimir estas cosas desagradables? Racionalizando sistemáticamente nuestra industria y rebajando los precios de los artículos industriales. Elevando sistemáticamente la técnica y el rendimiento de la agricultura y abaratando gradualmente los productos agrícolas. Racionalizando sistemáticamente nuestro aparato comercial y de acopios. Y etc., etc. Todo eso no puede hacerse, claro está, en uno o dos años. Pero debemos hacerlo obligatoriamente en el transcurso de unos cuantos años, si queremos vernos libres de cosas desagradables de toda especie y de fenómenos que dan en las narices. Algunos camaradas propugnaban ayer la línea de suprimir las “tijeras” ahora mismo y exigían, en el fondo, que se fijaran para los productos agrícolas precios que restablezcan su intercambio equivalente con los artículos manufacturados. Con otros camaradas, yo me oponía a ello, diciendo que esa exigencia era contraria a los intereses de la industrialización del país en el presente y, por tanto, contraria a los intereses de nuestro Estado. De eso discutíamos ayer, camaradas. Hoy, esos camaradas confiesan que han renunciado a la política de precios que restablezcan el intercambio equivalente. En fin, eso está muy bien. Resulta que la crítica de ayer no ha sido vana para esos camaradas. La segunda cuestión se refiere a los koljoses y los sovjoses. Yo señalaba en mi discurso lo ilógico y
extraño de que algunos camaradas, en sus intervenciones sobre las medidas para elevar la agricultura en relación con los acopios de cereales, no dijeran ni una sola palabra de medidas tan importantes como el desarrollo de los koljoses y los sovjoses. ¿Cómo se pueden “olvidar” cosas tan importantes como la tarea de desarrollar los koljoses y los sovjoses en la agricultura? ¿Acaso se ignora que la tarea de desarrollar la hacienda campesina individual, aun con toda su importancia hoy día, es ya insuficiente; que, si no complementamos prácticamente esta tarea con las nuevas tareas del desarrollo de los koljoses y de los sovjoses no resolveremos el problema de la economía cerealista y no saldremos de las dificultades ni en cuanto a la transformación socialista de toda nuestra economía nacional (y, por tanto, de la economía campesina) ni en cuanto a la posibilidad de asegurar al país determinadas reservas de grano mercantil? ¿Cómo se puede, después de todo eso, “olvidar”, eludir y silenciar la cuestión del desarrollo de los koljoses y de los sovjoses? Pasemos ahora a la cuestión de los grandes sovjoses. No tienen razón los camaradas que afirman que en América del Norte no existen grandes haciendas cerealistas. En realidad hay haciendas de este tipo tanto en América del Norte como en América del Sur. Yo podría remitirme al testimonio del profesor Tulaikov, que ha publicado los resultados de su investigación de la agricultura americana en la revista “Nízhneie Povolzhie”53 (núm. 9). Permitidme que lea una cita del artículo de Tulaikov. “La hacienda triguera de Montana pertenece a la sociedad “Campbell Farming Corporation”. Su área es de 95.000 acres, o sea, cerca de 32.000 desiatinas. La hacienda no está cortada por ninguna linde y para las faenas se divide en cuatro secciones, que vienen a ser como lo que nosotros llamamos caseríos, cada una de las cuales tiene su jefe, estando toda la hacienda gobernada por una sola persona, por Thomas Campbell, el director de la corporación. Este año, según noticias de los periódicos, facilitadas, naturalmente, por dicha hacienda, se ha cultivado aproximadamente la mitad de la superficie y se espera una cosecha de unos 410.000 bushels de trigo (unos 800.000 puds), 20.000 bushels de avena y 70.000 bushels de semillas de lino. La empresa espera obtener unos ingresos totales de 500.000 dólares. En esta hacienda, los caballos y las mulas han sido sustituidos casi enteramente por tractores, camiones y automóviles. La aradura, la siembra, y en general todas las labores, particularmente la recolección de los cereales, se efectúan día y noche. Durante la noche, las máquinas trabajan en el campo a la luz de reflectores. Las enormes sementeras hacen posible que las máquinas trabajen distancias muy largas sin tener que dar vueltas. De este modo, las segadoras trilladoras, si el estado de las plantas permite su empleo, recorren, con una amplitud de corte de 24 pies, una distancia de 20 millas, es decir, un poco más de 30 vestas. Antes, para esta labor se requerían 40 caballos y hombres. Las gavilladoras trabajan por grupos de 4, tirados cada uno por un tractor, en una franja de 40 pies de anchura y de 28 millas de longitud, es decir, recorren una distancia de unas 42 verstas. Se emplean las gavilladoras cuando los cereales no están aún lo bastante secos para trillarlos al mismo tiempo que se siegan. Entonces se despoja a la gavilladora del dispositivo de atar las gavillas y, con la ayuda de un transportador especial, el cereal segado queda en el campo formando hileras. El cereal permanece así de 24 a 48 horas. En ese tiempo se seca, y las semillas de las malezas segadas simultáneamente con los cereales caen al suelo. Después entra en funciones la segadora trilladora, que en lugar de cuchilla lleva un recogedor automático que levanta el cereal seco del suelo y lo deposita en el tambor de la trilladora. En esa máquina sólo trabajan el tractorista y el hombre que atiende a la trilladora. En la máquina no trabaja nadie más. El grano va a parar directamente de la trilladora a unos vagones- carros de una capacidad de carga de 6 toneladas, con los que se forma un tren de 10 vagones tirados por tractores para llevar el cereal a los depósitos. En el artículo se dice que con tal organización del trabajo se trillan diariamente de 16 a 20 mil bushels de grano” (v. “Nízhneie Poyolzhie,) núm. 9, septiembre de 1927, págs. 38- 39). Ahí tenéis la descripción de una hacienda triguera gigante de tipo capitalista. Haciendas así, las hay en América del Norte y en América del Sur. Algunos camaradas han dicho aquí que en los países capitalistas las condiciones para el desarrollo de haciendas tan enormes no son siempre favorables o no son del todo favorables, por lo que se fraccionan a veces en entidades menores, de 1.000 a 5.000 desiatinas cada una. Eso es completamente cierto. Partiendo de ello, esos camaradas suponen que las grandes haciendas cerealistas tampoco tienen futuro en las condiciones soviéticas. Eso es ya completamente equivocado. Por lo visto, tales camaradas no comprenden o no ven la diferencia entre las condiciones existentes bajo el régimen capitalista y las que imperan bajo el régimen soviético. Bajo el capitalismo existen la propiedad privada de la tierra y, por tanto, la renta absoluta del suelo, que eleva el coste de la producción agrícola y pone barreras insuperables a
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un importante progreso de la misma. En el régimen soviético no existe ni la propiedad privada de la tierra ni la renta absoluta del suelo, lo que no puede por menos de abaratar la producción agrícola y, por consiguiente, de facilitar el progreso técnico y de todo otro tipo de la agricultura basada en grandes haciendas. Además, bajo el capitalismo las grandes haciendas cerealistas persiguen el fin de obtener el máximo beneficio o, en todo caso, un beneficio sobre el capital que corresponda a la llamada norma media de beneficio, sin lo cual no podrían, hablando en términos generales, mantenerse ni subsistir. Esta circunstancia no puede por menos de encarecer la producción, creando de este modo obstáculos muy serios para el desarrollo de las grandes haciendas cerealistas. Con el régimen soviética, las grandes haciendas cerealistas, que son al mismo tiempo haciendas del Estado, no necesitan en absoluto para su desarrollo ni el beneficio máximo ni el beneficio medio, sino que pueden limitarse a obtener un beneficio mínimo (y a veces, temporalmente, pueden prescindir de todo beneficio), lo que, sumado a la inexistencia de la renta absoluta del suelo, crea condiciones extraordinariamente favorables para el desarrollo de las grandes haciendas cerealistas. Finalmente, bajo el capitalismo no hay para las grandes haciendas cerealistas ni créditos en condiciones ventajosas ni privilegios fiscales, mientras que con el régimen soviético, que tiende a apoyar por todos los medios a la economía socialista, tales ventajas existen y seguirán existiendo. Todas estas condiciones y otras semejantes crean bajo el régimen soviético (a diferencia de lo que ocurre bajo el régimen capitalista) una situación muy favorable para impulsar el desarrollo de los sovjoses como grandes haciendas cerealistas. Finalmente, la cuestión de los sovjoses y los koljoses como puntos de apoyo para fortalecer la ligazón, como puntos de apoyo para asegurar el papel dirigente de la clase obrera. Los koljoses y los sovjoses no sólo son necesarios para el logro de nuestros futuros objetivos de transformación socialista del campo. Los koljoses y los sovjoses son necesarios, además, para tener en el campo ya ahora puntos de apoyo económicos socialistas, indispensables para fortalecer la ligazón, indispensables para asegurar el papel dirigente de la clase obrera dentro de la ligazón. ¿Podemos contar ya ahora con la posibilidad de crear y desarrollar esos puntos de apoyo? No dudo de que podemos y debemos contar con ella. Jliebotsentr54 comunica que ha concertado con koljoses, arteles y cooperativas contratos en virtud de los cuales debe recibir de ellos unos 40 ó 50 millones de puds de grano. En cuanto a los sovjoses, los datos dicen que nuestros viejos y nuevos sovjoses también deben proporcionar este año unos 25 ó 30 millones de puds de grano mercantil. Si se agrega a ello los 30 ó 35 millones de puds que deben recibir las cooperativas agrícolas de las haciendas campesinas individuales vinculadas a ellas por contratación, tendremos más de 100 millones de puds de grano bien seguros, que pueden constituir cierta reserva, por lo menos, para el mercado interior. Eso, en fin de cuentas, es algo. Tales son los primeros resultados de nuestras bases económicas socialistas en el campo. ¿Y qué se desprende de ello? De ello se desprende que no tienen razón los camaradas que piensan que la clase obrera es impotente en el campo para defender sus posiciones socialistas, y que no le queda más que una sola cosa: retroceder sin fin y entregar continuamente posiciones a los elementos capitalistas. No, camaradas, eso no es cierto. La clase obrera no es tan débil en el campo como podría parecerle a un observador superficial. Esa triste filosofía no tiene nada que ver con el bolchevismo. La clase obrera cuenta en el campo con toda una serie de bases económicas -los sovjoses, los koljoses, las cooperativas de abastecimiento y de venta-, en las que puede apoyarse para fortalecer la ligazón con el campo, aislar al kulak y asegurarse la dirección. La clase obrera tiene, por último, una serie de bases políticas en el campo -los Soviets, los campesinos pobres organizados, etc.-, en las que puede apoyarse para fortalecer sus posiciones en el campo. Apoyándose en estas bases económicas y políticas en el campo y utilizando todos los medios y fuerzas (posiciones dominantes, etc.) de que dispone la dictadura proletaria, el Partido y el Poder Soviético pueden efectuar con seguridad la transformación socialista del campo, fortaleciendo paso a paso la alianza de la clase obrera y el campesinado, fortaleciendo paso a paso la dirección de esta alianza por la clase obrera. Por cierto, debe prestarse una atención especial al trabajo entre los campesinos pobres. Hay que tomar como regla que cuanto mayor sea el éxito con que se desarrolle nuestro trabajo entre los campesinos pobres, tanto más elevado será el prestigio del Poder Soviético en el campo; y al contrario, cuanto peor marchen las cosas con respecto a los campesinos pobres, tanto menor será el prestigio del Poder Soviético. Hablamos con frecuencia de la alianza con el campesino medio. Mas, para fortalecer en nuestras condiciones esa alianza, hay que desplegar una lucha decidida contra el kulak, contra los elementos capitalistas del campo. Por eso, el XV Congreso de nuestro Partido tenía toda la razón al lanzar la consigna de reforzar la ofensiva contra los kulaks. Pero ¿se puede luchar con éxito contra el kulak sin desarrollar un intenso trabajo entre los campesinos pobres, sin levantar a los campesinos pobres contra el kulak, sin prestar una ayuda sistemática a los campesinos pobres? ¡Está claro que no se puede! Los
campesinos medios son una clase vacilante. Si nuestro trabajo entre los campesinos pobres marcha mal, si los campesinos pobres no son todavía un puntal organizado del Poder Soviético, el kulak se siente con fuerza y el campesino medio se inclina hacia él. Y al contrario: si el trabajo entre los campesinos pobres marcha bien, si los campesinos pobres constituyen un puntal organizado del Poder Soviético, los kulaks se sienten asediados y los campesinos medios se inclinan hacia la clase obrera. Por eso opino que la intensificación del trabajo entre los campesinos pobres, la organización de una ayuda sistemática a los campesinos pobres y, finalmente, la conversión de los campesinos pobres mismos en un puntal organizado de la clase obrera en el campo, constituyen una de las tareas inmediatas más esenciales de nuestro Partido.
Se publica por primera vez.