JOINT PLENUM OF THE C.C. AND C.C.C., C.P.S.U.(B.), January 7-12, 1933
Discurso pronunciado en el primer congreso de los koljósianos de choque de la U.R.S.S
C.P.S.U.(B.) 37
January 7-12, 1933
Pravda, Nos. 10 and 17,
January 10 and 17, 1933
19 de febrero de 1933. Camaradas koljósianos y koljósianas: No pensaba hacer uso de la palabra en vuestro Congreso. No lo pensaba, porque los oradores que me han precedido han dicho ya todo lo que se debía decir, y lo han dicho bien y certeramente. ¿Merece la pena hablar aun después de esto? Pero, como habéis insistido, y la fuerza está en vuestras manos (prolongados aplausos), no tengo más remedio que someterme. Diré algunas palabras acerca de diversas cuestiones.
I. El camino de los koljóses es el único camino acertado. Primera cuestión: ¿Es acertado el camino que los campesinos koljósianos han emprendido, es acertado el camino koljósiano? Esta pregunta no es ociosa. Vosotros, koljósianos de choque, ciertamente no dudáis de que los koljóses van por buen camino. Y acaso por esto os parezca superflua esa pregunta. Pero no todos los campesinos piensan como vosotros. Entre los campesinos, incluso entre los mismos koljósianos, hay todavía no pocos que dudan de que el camino koljósiano sea acertado. Y la cosa no tiene nada de extraño. En efecto, la gente ha vivido cientos de años al modo antiguo, ha marchado por el camino antiguo, doblando el espinazo ante el kulak y el terrateniente, ante el especulador y el usurero. No se puede decir que los campesinos aprobaran ese viejo camino, el camino capitalista. Ahora bien, ese viejo camino era un camino trillado, rutinario, y nadie había demostrado todavía en la práctica que se pudiese vivir de algún otro modo, que se pudiese vivir mejor. Tanto más cuanto que en todos los países burgueses se sigue viviendo todavía al modo antiguo... Y, de pronto, irrumpen los bolcheviques en esta vieja vida estancada, irrumpen como un huracán y dicen: ha llegado la hora de abandonar el camino antiguo, ha llegado la hora de comenzar una vida nueva, la vida de los koljóses; ha llegado la hora de comenzar a vivir, no como vive todo el mundo en los países burgueses, sino de un modo nuevo, en cooperativas. Ahora bien, vaya usted a saber qué vida nueva es ésa. ¿Y si es peor aún que la vida antigua? En todo caso, el nuevo camino no es un camino rutinario, no es un camino trillado, no es un camino explorado del todo. ¿No será mejor seguir por el camino antiguo? ¿No será mejor esperar, antes de tomar el camino nuevo, el camino koljósiano? ¿Vale la pena arriesgarse? Tales son las dudas que hoy asaltan a una parte del campesinado trabajador. ¿Debemos disipar estas dudas? ¿Debemos sacar estas dudas a la luz del día, para hacer ver lo que valen? Está claro que sí. Por tanto, no puede decirse que la cuestión anteriormente planteada sea ociosa. Así, pues, ¿es acertado el camino que han emprendido los campesinos koljósianos? Algunos camaradas piensan que comenzamos a marchar por el nuevo camino, por el camino koljósiano, hace solamente tres años. Pero esto sólo es verdad a medias. Por supuesto, la organización en masa de koljóses comenzó en nuestro país hace tres años. Marcó esto movimiento, como es sabido, el aplastamiento de los kulaks y la afluencia de millones de campesinos pobres y medios a los koljóses. Todo esto es cierto. Mas, para que comenzase este pasó en masa a los koljóses, fue necesario contar con ciertas condiciones previas, sin las cuales, hablando en términos generales, el movimiento koljósiano de masas habría sido inconcebible. Fue necesario, ante todo, que existiera el Poder Soviético, que ha ayudado y sigue ayudando a los campesinos a marchar por el camilla de los koljóses. Fue necesario, en segundo lugar, arrojar a los terratenientes y a los capitalistas, expropiarles las tierras y las fábricas y convertirlas en propiedad del pueblo. Fue necesario, en tercer lugar, meter en cintura a los kulaks y expropiarles las máquinas y tractores. Fue necesario, en cuarto lugar, declarar que las máquinas y los tractores sólo podrían ser utilizados por los campesinos pobres y medios agrupados en koljóses. Fue necesario, en fin, industrializar el país, montar una industria nueva, la industria del tractor, construir nuevas fábricas de maquinaria agrícola, para abastecer en abundancia de tractores y máquinas a los campesinos koljósianos. Sin estas condiciones previas, no se hubiera
podido ni pensar en ese paso en masa a los koljóses que comenzó hace tres años. En consecuencia, para marchar por el camino koljósiano, fue necesario, ante todo, llevar a cabo la Revolución de Octubre, derrocar a los capitalistas y terratenientes, expropiarles las tierras y las fábricas y montar una nueva industria. Con la Revolución de Octubre comenzó, pues, el paso a la nueva senda, a la senda koljósiana. Y si este movimiento no adquirió nuevas fuerzas hasta hace tres años, es, sencillamente, porque fue sólo entonces cuando empezaron a manifestarse en toda su amplitud los resultados económicos de la Revolución de Octubre, porque fue sólo entonces cuando se logró impulsar la industrialización del país. La historia de los pueblos registra no pocas revoluciones. Todas ellas difieren de la Revolución de Octubre en que fueron revoluciones unilaterales. Una forma de explotación de los trabajadores era sustituida por otra; pero la explotación, como tal, subsistía. Unos explotadores y opresores eran sustituidos por otros; pero los explotadores y los opresores seguían existiendo. La Revolución de Octubre fue la única que se propuso acabar con toda clase de explotación y suprimir toda clase de explotadores y opresores. La revolución de los esclavos acabó con los esclavistas y abolió el esclavismo como forma de explotación de los trabajadores. Pero puso en su lugar a los señores feudales y la servidumbre como forma de explotación de los trabajadores. Unos explotadores fueron sustituidos por otros. Bajo la esclavitud, la “ley” autorizaba a los esclavistas a matar a los esclavos. Bajo el régimen feudal, la “ley” “sólo” autorizaba a los señores feudales a vender a los siervos. La revolución de los campesinos siervos acabó con los señores feudales y abolió la servidumbre como forma de explotación. Pero puso en su lugar a los capitalistas y terratenientes, la forma de explotación de los trabajadores por los capitalistas y terratenientes. Unos explotadores fueron sustituidos por otros. Bajo el régimen feudal, la “ley” autorizaba a vender a los siervos. Bajo el régimen capitalista, la “ley” “sólo” autoriza a condenar a los trabajadores al paro y a la miseria, a la ruina y a la muerte por inanición. Nuestra revolución soviética, nuestra Revolución de Octubre es la única que ha planteado el problema, no de reemplazar a unos explotadores por otros, de cambiar una forma de explotación por otra, sino de acabar con toda clase de explotación, de extirpara los explotadores de todo género, a los ricos y opresores de todo género, a los viejos y a los nuevos. (Prolongados aplausos.) Por eso, la Revolución de Octubre era condición previa y premisa necesaria para que los campesinos pasaran al camino nuevo, al camino koljósiano. ¿Procedieron acertadamente los campesinos al apoyar la Revolución de Octubre? Sí, procedieron acertadamente. Procedieron acertadamente, puesto que la Revolución de Octubre les ayudó a quitarse de encima a los terratenientes y capitalistas, a los kulaks y usureros, a los mercaderes y especuladores. Ahora, bien, éste no es más que un aspecto del problema. Arrojar a los opresores, a los terratenientes y capitalistas, meter en cintura a los kulaks y especuladores, es cosa que está muy bien. Pero no basta. Para liberarse definitivamente de las viejas trabas, no bastaba solamente con aplastar a los explotadores. Para eso, hacía falta, además, construir una nueva vida, crear una vida que permitiese a los campesinos trabajadores mejorar su situación material y cultural y desarrollarse día tras día y año tras año. Para eso, había que instaurar en el campo un nuevo sistema, el sistema koljósiano. Tal es el segundo aspecto del problema. ¿En qué se distingue el viejo sistema del nuevo, del sistema koljósiano? Bajo el antiguo sistema, los campesinos trabajaban individualmente, trabajaban con los viejos métodos de sus abuelos y con los viejos aperos, trabajaban para los terratenientes y capitalistas, para los kulaks y especuladores, trabajaban sin lograr matar nunca el hambre y enriqueciendo a otros. Bajo el nuevo sistema, bajo el sistema koljósiano, los campesinos trabajan en común, formando cooperativas, trabajan con nuevos instrumentos - tractores y máquinas agrícolas-, trabajan para ellos mismos y sus koljóses, viven sin capitalistas ni terratenientes, sin kulaks ni especuladores, trabajan para mejorar de día en día su situación material y cultural. Allá, bajo el viejo sistema, el gobierno es burgués y apoya a los ricos contra los campesinos trabajadores. Aquí, bajo el nuevo sistema, el sistema koljósiano, el gobierno es obrero y campesino y apoya a los obreros y a los campesinos contra los ricos de toda especie. El viejo sistema conduce al capitalismo. El nuevo sistema conduce al socialismo. Estos son los dos caminos: el camino capitalista y el camino socialista; el camino hacia adelante, hacia el socialismo, y el camino hacia atrás, hacia el capitalismo. Hay gentes que creen que se puede seguir un tercer camino. Algunos camaradas vacilantes, que no están aún del todo convencidos de que el camino koljósiano sea acertado, se aferran con un empeño muy particular a este tercer camino, que nadie sabe lo que es. Estos camaradas quieren que retornemos al viejo sistema, que retornemos al sistema de la hacienda individual, poro sin capitalistas ni terratenientes. Quieren, además, que admitamos “sólo” a los kulaks y a otros pequeños capitalistas como fenómeno legítimo de nuestro sistema económico. Pero, en realidad, eso no es un tercer camino, sino el segundo, el camino que conduce al
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capitalismo. En efecto, ¿qué significa volver a la hacienda individual y restablecer al kulak? Significa restablecer el yugo del kulak, significa restablecer la explotación de los campesinos por los kulaks y dar poder a estos últimos. Pero ¿se concibe restablecer al kulak y mantener al mismo tiempo el Poder Soviético? No, esto sería imposible. La restauración del kulak conduciría a la creación de un poder kulak y a la liquidación del Poder Soviético; por consiguiente, conduciría a la formación de un gobierno burgués. Y la formación de un gobierno burgués llevaría, a su vez, a la restauración de los terratenientes y capitalistas, a la restauración del capitalismo. El llamado tercer camino es, en realidad, el segundo camino, el camino del retorno al capitalismo. Preguntad a los campesinos si desean que se restablezca el yugo del kulak, si desean volver al capitalismo, si quieren que se acabe con el Poder Soviético y se reinstaure el Poder de los terratenientes y capitalistas. Preguntadles, y veréis qué camino es el que la mayoría de los campesinos trabajadores considera como el único acertado. Por lo tanto, sólo hay dos caminos: o hacia adelante, monte arriba, hacia el nuevo sistema, hacia el sistema koljósiano; o hacia atrás, monte abajo, hacia el viejo sistema, hacia el sistema de los kulaks y de los capitalistas. No hay un tercer camino. Los campesinos trabajadores procedieron acertadamente al rechazar el camino capitalista y abrazar el camino de organización de los koljóses. Se dice que el camino koljósiano es acertado, pero difícil. Esto sólo es verdad a medias. Claro está que en este camino hay dificultades. Una vida próspera no se logra sin esfuerzo. Pero las mayores dificultades han sido vencidas ya, y las que ahora os esperan no merecen siquiera la pena de que se hable en serio de ellas. En todo caso, en comparación con las dificultades que los obreros hubieron de pasar hace diez o quince años, las vuestras de hoy, camaradas koljósianos, parecen un juego de chicos. Vuestros oradores han elogiado aquí a los obreros de Leningrado, de Moscú, de Járkov, de la cuenca del Donetz. Han dicho que ellos, los obreros, habían logrado grandes triunfos, mientras que vosotros, los koljósianos, sólo podíais presentar éxitos mucho menores. Me parece que en los discursos de vuestros oradores se trasluce incluso cierta envidia de camaradas; era como si viniesen a decir: ¡qué magnífico sería que nosotros, los campesinos koljósianos, tuviésemos los mismos triunfos que vosotros, los obreros de Leningrado, de Moscú, de la cuenca del Donetz, de Járkov!... Todo eso está bien. Pero ¿sabéis a costa de qué lograron estos triunfos los obreros de Leningrado y de Moscú, por qué privaciones tuvieron que pasar hasta conseguir, por fin, estos éxitos? Podría relataras algunos hechos de la vida de los obreros en 1918, cuando pasaban semanas enteras sin que se entregase a los obreros ni un trozo de pan y no digamos carne u otros productos alimenticios. Los días en que era posible dar a los obreros de Leningrado y de Moscú la octava parte de una libra de pan negro, que, además, estaba mezclado en su mitad con bagazo, eran los días más felices. Y esta situación no duró un mes, ni medio año, sino dos años enteros. Pero los obreros la sufrieron sin desanimarse, pues estaban seguros de que vendrían tiempos mejores y conseguirían éxitos decisivos. Y ya veis que los obreros no se equivocaron. Comparad vuestras dificultados y privaciones con las dificultades y privaciones experimentadas por los obreros, y veréis que no merecen ni siquiera la pena de que se hable en serio de ellas. ¿Qué se necesita para impulsar el movimiento koljósiano y para desarrollar al máximo la organización de koljóses? Se necesita, ante todo, que los koljóses posean tierra apta para el cultivo y tengan por entero asegurado su disfrute. ¿La tenéis? Sí, la tenéis. Es sabido que las mejores tierras fueron entregadas en firme a los koljóses. Por tanto, los koljósianos pueden trabajar y mejorar estas tierras a su antojo, sin temor de que puedan pasar a otras manos. Se necesita, en segundo lugar, que los koljósianos puedan servirse de máquinas y tractores. ¿Los tenéis? Sí, los tenéis. Todo el mundo sabe que nuestras fábricas de tractores y de maquinaria agrícola trabajan, en primer lugar y fundamentalmente, para los koljóses, suministrándoles todos los instrumentos modernos. Se necesita, finalmente, que el gobierno ayude por todos los medios a los campesinos koljósianos con hombres y recursos financieros, y que impida que los restos de las clases hostiles a ellos puedan disgregar los koljóses. ¿Tenéis este gobierno? Sí, lo tenéis. Se llama gobierno soviético obrero y campesino. Indicadme un solo país donde el gobierno, en vez de apoyar a los capitalistas y terratenientes, a los kulaks y demás ricos, apoye a los campesinos trabajadores. No ha existido ni existe en el mundo semejante país. Sólo en el País Soviético existe un gobierno que se levanta como un baluarte en defensa de los obreros y de los campesinos koljósianos, de todos los trabajadores de la ciudad y del campo contra todos los ricos y los explotadores. (Prolongados aplausos.) Tenéis, pues, todo lo necesario para desarrollar la organización de koljóses y emanciparos plenamente de las viejas trabas. Sólo se exige de vosotros una cosa: que trabajéis honradamente, que distribuyáis los ingresos koljósianos con arreglo al trabajo, que veléis por los bienes de los koljóses, que cuidéis de los tractores y las máquinas, que tratéis bien a los caballos, que cumpláis las tareas de vuestro Estado obrero y campesino, que fortalezcáis los koljóses y arrojéis de
ellos a los kulaks y a sus acólitos que han logrado infiltrarse. Espero que coincidiréis conmigo en que vencer estas dificultades, es decir, trabajar honradamente y velar por los bienes de los koljóses, no es tan difícil. Tanto más cuanto que ahora no trabajáis ya para los ricos ni para los explotadores, sino para vosotros mismos ya para vuestros propios koljóses. Como veis, el camino koljósiano, el camino del socialismo es el único camino acertado para los campesinos trabajadores.
II. .uestro objetivo inmediato: proporcionar a todos los koljósianos una vida acomodada. Segunda cuestión: ¿Qué hemos conseguido por el nuevo camino, por nuestro camino koljósiano, y qué esperamos conseguir en los dos o tres años próximos? El socialismo es una buena cosa. Una vida socialista feliz es, indiscutiblemente, una buena cosa. Pero todo esto pertenece al futuro. Y hoy, la cuestión fundamental no estriba en lo que conseguiremos en el futuro, sino en lo que hemos conseguido ya en el presente. Los campesinos han abrazado el camino koljósiano. Perfectamente. Pero ¿qué han conseguido por este camino? ¿Qué hemos conseguido, tangiblemente, marchando por el camino koljósiano? Hemos logrado ayudar a ingentes masas de campesinos pobres a entrar en los koljóses. Hemos logrado que, al entrar en los koljóses y disponer en ellos de mejores tierras y de mejores instrumentos de producción, ingentes masas de campesinos pobres se hayan elevado al nivel de los campesinos medios. Hemos logrado que ingentes masas de campesinos pobres, que antes vivían muertos de hambre, sean ahora, dentro de los koljóses, campesinos medios, hombres de una vida asegurada. Hemos logrado acabar con el proceso de diferenciación de los campesinos en campesinos pobres y kulaks, derrotar a los kulaks y ayudar a los campesinos pobres a ser dueños y señores de su trabajo dentro de los koljóses, a convertirse en campesinos medios. ¿Cuál era la situación hace cuatro años, antes de desarrollarse la organización de los koljóses? Los kulaks se enriquecían y marchaban viento en popa. Los campesinos pobres se arruinaban y se hundían en la miseria, cayendo entre las garras de los kulaks. Los campesinos medios se esforzaban por escalar la altura de los kulaks y siempre se despeñaban, yendo a engrosar las filas de los campesinos pobres, para regocijo de los kulaks. No cuesta trabajo comprender que de todo este barullo sólo salían ganando los kulaks, y tal vez algunos campesinos acomodados. De cada 100 familias campesinas, puede calcularse que había 4 ó 5 de kulaks, 8 ó 10 de campesinos acomodados, de 45 a 50 familias de campesinos medios y 35 de campesinos pobres. En consecuencia, por lo menos un 35% de las familias campesinas eran campesinos pobres obligados a vivir sojuzgados por los kulaks. No hablo ya de las capas poco pudientes de campesinos medios, que eran más de la mitad de éstos, cuya situación apenas se diferenciaba de la de los campesinos pobres y que vivían dependiendo directamente de los kulaks. Desarrollando la organización de koljóses, hemos logrado acabar con este barullo y estas injusticias, aniquilar, el yugo de los kulaks, atraer a los koljóses a toda esta masa de campesinos pobres, proporcionarles en ellos una vida asegurada y elevarles al nivel de los campesinos medios, dándoles la posibilidad de utilizar las tierras de los koljóses, las ventajas concedidas a éstos, los tractores, las máquinas agrícolas. ¿Qué significa esto? Significa haber salvado de la miseria y de la ruina, haber salvado del yugo de los kulaks por lo menos a veinte millones de habitantes del campo, por lo menos a veinte millones de campesinos pobres, para convertirlos, gracias a los koljóses, en hombres con su vida asegurada. Y esto es una gran conquista, camaradas. Es una conquista como jamás se había conocido en el mundo, como ningún otro país del mundo había logrado. Ahí tenéis los resultados prácticos, tangibles, de la organización de koljóses, los resultados de que los campesinos hayan emprendido el camino koljósiano. Ahora bien, esto no es más que nuestro primer paso, nuestra primera conquista por el camino de la organización de koljóses. Sería erróneo creer que debemos detenernos en este primer paso, en esta primera conquista. No, camaradas, no podemos detenemos aquí. Para seguir avanzando y fortalecer definitivamente los koljóses, debemos dar un segundo paso, debemos alcanzar una nueva conquista. ¿En qué consiste este segundo paso? Consiste en elevar más aún a los koljósianos, tanto a los antiguos campesinos pobres como a los antiguos campesinos medios. Consiste en proporcionar a todos los koljósianos una vida acomodada. Sí, camaradas, una vida acomodada. (Prolongados aplausos.) Hemos conseguido, gracias a los koljóses, elevar a los campesinos pobres hasta el nivel de campesinos medios. Esto es magnífico. Pero no basta. Ahora tenemos que dar un paso más y ayudar a todos los koljósianos, tanto a los antiguos campesinos pobres como a los antiguos campesinos medios, a elevarse hasta el nivel de campesinos acomodados. Esto puede conseguirse y debemos conseguirlo, cueste lo que cueste. (Prolongados aplausos.) Hoy contamos con todo lo necesario para alcanzar este fin. Nuestras máquinas y tractores se utilizan mal actualmente. Nuestra tierra no se trabaja como es debido. Sólo con emplear mejor las máquinas y los tractores, sólo con mejorar el cultivo de la tierra, conseguiremos duplicar o triplicar la cantidad de
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nuestros productos. Y esto bastará por entero para hacer de todos los koljósianos trabajadores acomodados de los campos koljósianos. ¿Qué había que hacer antes para ser un campesino acomodado? Para ser un campesino acomodado había que obrar perjudicando a los vecinos, había que explotarlos, venderles caro y comprarles barato, tener algún que otro bracero, explotados a conciencia, acumular un capitalito y, bien asentado ya, hacerse kulak. A esto se debe, en rigor, que antes, en la época de la hacienda individual, los campesinos acomodados se ganasen la desconfianza y el odio de los campesinos pobres y de los campesinos medios. Ahora, las cosas son distintas. Ahora han cambiado completamente las condiciones. Para ser un koljósiano acomodado, ahora ya no es necesario, ni mucho menos, perjudicar ni explotar a los vecinos. Aparte de que hoy no es fácil tampoco explotar a nadie, puesto que no existe ya la propiedad privada sobre la tierra, ni existen los arriendos, las máquinas y los tractores pertenecen al Estado y, en nuestros koljóses, las gentes que poseen un capital no están ahora de moda. Existió esta moda, pero ha desaparecido para siempre. Hoy, para ser koljósianos acomodados, sólo se requiere una cosa: trabajar honradamente en el koljós, aprovechar bien los tractores y las máquinas, saber utilizar bien el ganado de labor, trabajar bien la tierra y cuidar la propiedad koljósiana. A veces, se dice: si tenemos el socialismo, ¿para qué trabajar ya? Trabajábamos antes, trabajamos ahora. ¿No ha llegado ya la hora de dejar de trabajar? Tales opiniones son totalmente falsas, camaradas. Esa es la filosofía del haragán, pero no la de los trabajadores honrados. El socialismo no niega, ni mucho menos, el trabajo. Por el contrario, el socialismo se basa en el trabajo. El socialismo y el trabajo son inseparables. Lenin, nuestro gran maestro, decía: “Quien no trabaja, no come”. ¿Qué quiere decir esto? ¿Contra quién van dirigidas las palabras de Lenin? Contra los explotadores, contra todos los que no trabajan ellos mismos, sino que obligan a trabajar a los demás y se enriquecen a costa suya. ¿Y contra quién, además? Contra los que viven en la ociosidad y quieren medrar a costa del prójimo. El socialismo no necesita haraganes, sino que todos los hombres trabajen honradamente, no al servicio de otro, no para los ricos ni los explotadores, sino para ellos mismos, para la sociedad. Y si trabajamos honradamente, para nosotros mismos, para nuestros koljóses, conseguiremos, en el término de unos dos o tres años, elevar a todos los koljósianos, tanto a los antiguos campesinos pobres como a los antiguos campesinos medios, al nivel de campesinos acomodados, al nivel de hombres que dispongan de abundancia de productos y cuya vida sea por entero culta. Tal es ahora nuestro objetivo inmediato. Podemos lograrlo y hemos de lograrlo, cueste lo que cueste. (Prolongados aplausos.)
III. Algunas observaciones. Y ahora permitidme que pase a hacer algunas observaciones. Ante todo, voy a referirme a los miembros de nuestro Partido en el campo. Entre vosotros hay miembros del Partido, pero predominan los sin- partido. Y está muy bien que en este Congreso se haya reunido un número mayor de koljósianos sin- partido que de miembros del Partido, ya que es precisamente a los sin-partido a los que, ante todo, debemos atraer a nuestra obra. Hay comunistas que saben tratar con los koljósianos sin-partido de un modo verdaderamente bolchevique. Pero hay otros que se jactan de ser miembros del Partido y que mantienen a distancia a los sin-partido. Esto está mal y es nocivo. La fuerza de los bolcheviques, la fuerza de los comunistas, consiste en que saben rodear a nuestro Partido de millones de activistas sin-partido. Nosotros, los bolcheviques, no habríamos logrado los éxitos que hemos conseguido si no hubiéramos sabido ganar para el Partido la confianza de millones de obreros y campesinos sin-partido. ¿Qué hace falta para esto? Para esto hace falta que los miembros del Partido no se aíslen de los sin-partido, no se encierren en la cáscara de miembros del Partido, no se jacten de ser miembros del Partido, sino que escuchen la voz de los sin-partido, para poder, no sólo enseñarles, sino también aprender de ellos. No hay que olvidar que los miembros del Partido no caen del cielo. Hay que tener presente que todos los que hoy están afiliados al Partido fueron también sin-partido en otro tiempo. El sin-partido de hoy puede ser mañana miembro del Partido. ¿Hay, pues, algún motivo para engreírse? Entre nosotros, los viejos bolcheviques, hay un buen número que llevan ya veinte o treinta años de trabajo en el Partido. Pero nosotros mismos fuimos sin-partido en otro tiempo. ¿Qué hubiera sido de nosotros sí, hace veinte o treinta años, los que entonces pertenecían al Partido nos hubieran mirado por encima del hombro y no nos hubieran permitido acercarnos a él? Tal vez, de haber ocurrido eso, hubiéramos permanecido lejos del Partido durante una serie de años. Y eso que nosotros, los viejos bolcheviques, no somos de los últimos. (Animación, prolongados aplausos.) Por eso, los miembros del Partido, los jóvenes afiliados al Partido de hoy, que a veces se dan aires de importancia ante los sin-partido, deben tener presente todo esto, deben tener presente que no es la jactancia, sino la modestia lo que adorna al bolchevique. Ahora, diré algunas palabras acerca de las mujeres, de las koljósianas. El problema femenino en los koljóses es un problema muy importante,
camaradas. Yo sé que muchos de vosotros desdeñáis el papel de la mujer e incluso bromeáis a cuenta de ellas. Pero eso es un error, camaradas, un grave error. No sólo porque las mujeres constituyen la mitad de la población, sino, ante todo, porque el movimiento koljósiano ha destacado a puestos dirigentes a infinidad de mujeres magníficas y capaces. Mirad este Congreso, su composición, y veréis que la mujer hace ya mucho que ha pasado de los sectores atrasados a los avanzados. La mujer es, en los koljóses, una gran fuerza. Mantener inutilizada esta fuerza sería cometer un crimen. Nuestro deber es promover a las mujeres en los koljóses y poner esta fuerza en marcha. Es cierto que el poder Soviético tuvo, no hace mucho, un pequeño malentendido con las koljósianas. Se trataba del problema de la vaca. Pero hoy, este problema está resuelto, y el malentendido se ha disipado. (Prolongados aplausos.) Hoy hemos conseguido ya que la mayoría de los koljósianos tengan una vaca por familia. Y a la vuelta de uno o dos años, no encontraréis ni un solo koljósiano que no tenga su vaca. Nosotros, los bolcheviques, ya procuraremos que cada koljósiano tenga su vaca. (Prolongados aplausos.) En cuanto a las koljósianas, deben tener en cuenta la fuerza y el significado de los koljóses para las mujeres; deben tener en cuenta que sólo en el koljós pueden llegar a estar en pie de igualdad con el hombre. Sin los koljóses, desigualdad; en los koljóses, igualdad de derechos. Que las camaradas koljósianas tengan esto presente y que cuiden del sistema koljósiano como de las niñas de sus ojos. (Prolongados aplausos.) Dos palabras acerca de los komsomoles en los koljóses. La juventud es nuestro porvenir, nuestra esperanza, camaradas. La juventud es la que ha de sustituirnos a nosotros, a los viejos. Es ella la que ha de llevar nuestra bandera hasta el triunfo final. Entre los campesinos hay muchos viejos agobiados por la carga de los antiguos tiempos, agobiados por las costumbres y los recuerdos de la vieja vida. Es lógico que no logren siempre adaptarse al ritmo del Partido, del Poder Soviético. No ocurre así con nuestra juventud. La juventud está libre de la carga del pasado y hace suyos con más facilidad que nadie los preceptos leninistas. Y precisamente porque hace suyos con más facilidad que nadie los preceptos leninistas, precisamente por eso la juventud está llamada a llevar hacia adelante a los rezagados y a los vacilantes. Cierto, los jóvenes no poseen los conocimientos necesarios. Pero los conocimientos se adquieren. Si hoy no se tienen, se tendrán mañana. Por eso, la tarea estriba en estudiar y estudiar el leninismo. Camaradas komsomoles: ¡Estudiad el bolchevismo y conducid hacia adelante a los vacilantes! ¡Charlad menos y trabajad más, y veréis como las cosas marchan a pedir de boca! (Aplausos.) Unas cuantas palabras acerca de los campesinos individuales. Aquí se ha hablado poco de los campesinos individuales. Pero esto no quiere decir que no existan ya. No; los campesinos individuales existen, y no se los puede borrar de la cuenta, puesto que son nuestros koljósianos del mañana. Yo sé que una parte de los campesinos individuales se ha corrompido definitivamente y se ha dedicado a la especulación. A esto obedece, tal vez, que nuestros koljósianos sometan a los campesinos individuales que desean entrar en los koljóses a una rigurosa selección, y a veces les nieguen la entrada en absoluto. Esto es, naturalmente, acertado y a ello no hay nada que objetar. Pero hay otra parte, la mayor parte de los campesinos individuales, que no se ha entregado a la especulación y que se gana su pan trabajando honradamente. Estos campesinos individuales tal vez no se mostrarían reacios a entrar en los koljóses. Pero se lo impiden, de una parte, sus dudas acerca de que el camino koljósiano sea acertado y, de otra parte, el resentimiento que existe entre los koljósianos hoy contra los campesinos individuales. Claro está que se debe comprender a los koljósianos y ponerse en su caso. Durante estos años, los campesinos individuales les han hecho objeto de no pocas ofensas y burlas. Pero las ofensas y las burlas no deben tener, en este caso, una importancia decisiva. Sería un mal dirigente quien no supiese olvidar las ofensas y antepusiese sus sentimientos a los intereses de la causa koljósiana. Si queréis ser dirigentes, tenéis que saber olvidar las ofensas que os hayan inferido unos u otros campesinos individuales. Hace dos años recibí una carta de una campesina viuda, del Volga. Se quejaba de que no querían admitirla en el koljós y recababa mi ayuda. Pregunté al koljós, y de allí me dijeron que no podían admitirla, porque había insultado a la asamblea koljósiana. ¿Qué había sucedido? Que en la asamblea de campesinos, en la que los koljósianos habían invitado a los campesinos individuales a ingresar en el koljós, la viuda, por toda contestación, resulta que se dio una palmada en las nalgas exclamando: “¡Ahí tenéis vuestro koljós!”. (Animación, risas.) Es indudable que, al obrar así, procedió mar y ofendió a la asamblea. Pero ¿se le puede negar el ingreso en el koljós, si al cabo de un año se arrepiente sinceramente del hecho y reconoce su error? Yo entiendo que no se le puede negar el ingreso, y así se lo escribí al koljós. La viuda fue admitida. ¿Y qué resultó? Pues resultó que hoy esta campesina trabaja en el koljós, no en las últimas filas, sino en las primeras. (Aplausos.) Ahí tenéis un ejemplo más que os indica cómo los dirigentes, si quieren ser verdaderos dirigentes, tienen que saber olvidar las ofensas, cuando el interés de la causa lo exige. Otro tanto hay que decir de los campesinos
Discurso pronunciado en el primer congreso de los koljósianos de choque de la U.R.S.S.
individuales en general. Yo no soy contrario a que se les admita en los koljóses con discernimiento. Pero sí soy contrario a que se cierren las puertas de los koljóses a todos los campesinos individuales, sin discernimiento. Esta no es una política nuestra, una política bolchevique. Los koljósianos no deben olvidar que ellos mismos eran hasta hace poco campesinos individuales. Para terminar, algunas palabras acerca de la carta de los koljósianos de Bezenchuk66. Esta carta se ha publicado en la prensa, y seguramente la habréis leído. La carta es, sin duda alguna, buena. Es una prueba de que entre nuestros koljósianos hay no pocos expertos y conscientes organizadores y propagandistas de la causa koljósiana, que son el orgullo de nuestro país. Pero hay, en esta carta, un pasaje equivocado, con el cual no es posible estar de acuerdo. Es el pasaje en el que estos camaradas presentan su trabajo en el koljós como un trabajo modesto y casi insignificante, y el de los oradores y jefes, que pronuncian a veces discursos interminables, como un trabajo grandioso y creador. ¿Podemos estar de acuerdo con esto? No, camaradas, de ningún modo. Los camaradas de Bezenchuk han cometido, al escribir esto, un error. Puede que lo hayan cometido por modestia. Pero no por ello deja de ser un error. Han pasado los tiempos en que los jefes se consideraban los únicos creadores de la historia, mientras que los obreros y los campesinos no contaban para nada. Hoy, la suerte de los pueblos y de los Estados no la deciden solamente los jefes, sino, sobre todo y fundamentalmente, las masas de millones de trabajadores. Los obreros y los campesinos, que sin ruido ni estrépito construyen las fábricas, las minas y los ferrocarriles, los koljóses y los sovjóses, que crean todos los bienes de la vida, que alimentan y visten a todo el mundo, son los verdaderos héroes y creadores de la nueva vida. Nuestros camaradas de Bezenchuk se han olvidado, al parecer, de esto. No está bien que haya gente que exagere la importancia de sus fuerzas y se jacte de sus méritos; esto conduce a la fanfarronería, y la fanfarronería es una mala cosa. Pero aun es peor que la gente se ponga a desdeñar sus fuerzas y no vea que su “modesto” e “insignificante” trabajo es, en realidad, un trabajo grandioso y creador, que decide la suerte de la historia. Desearía que los camaradas de Bezenchuk aprobasen esta pequeña enmienda mía a su carta. Y con esto pongamos punto final, camaradas. (Prolongados aplausos que se transforman en ovación. Todos se ponen en pie y aclaman al camarada Stalin. Se oyen “hurras” y voces de: “¡Viva el camarada Stalin! ¡Viva el koljósiano de vanguardia! ¡Viva nuestro jefe, el camarada Stalin!”.)
Publicado el 23 de febrero de 1933 en el núm. 63 de “Pravda”.